Eduardo Casanova tiene VIH desde los 17 años. Lo ha cargado en silencio mucho tiempo, y ha decidido que ya no. «Sidosa» es un documental sobre el VIH. Pero también es la historia de alguien que decide contarle la verdad a las personas que quiere. Y eso, que debería ser lo más natural del mundo, se convierte aquí en un acto casi revolucionario. Porque el estigma no ha desaparecido.
Jordi Évole camina a su lado en este viaje. Y lo primero que hay que decir es que la pareja funciona de una manera que no esperas. Évole escucha. Hay momentos en que su silencio dice más que cualquier pregunta, y eso en televisión, en cine, en cualquier formato, es un don. Juntos construyen algo que parece fácil y no lo es: una conversación de verdad.
Pero «Sidosa» no se queda en el retrato personal. Casanova ha rodado también un cortometraje, La peste rosa, que aparece intercalado a lo largo del documental como si fuera la otra cara del mismo espejo. Y en ese corto aparece Lucía Díez con una interpretación que te deja sin palabras. En el coloquio posterior al estreno, tanto Évole como Casanova mencionaron que merecería una nominación al Goya. Y yo, no puedo estar más de acuerdo.
Lo que más sorprende —y lo que mejor define el pulso del film— es su capacidad para provocar la carcajada. En un tema que la sociedad ha aprendido a tratar con una solemnidad paralizante, «Sidosa» se permite el humor sin que ello trivialice nada. Al contrario: la risa aquí es un acto de normalización, y la normalización es exactamente lo que este documental persigue.
La recaudación en cines irá a Apoyo Positivo, CESIDA y SEISIDA. Ojalá las salas se llenen. Y ojalá alguien lo ponga en los institutos, donde el VIH sigue siendo esa palabra que nadie quiere pronunciar en voz alta. Este documental sabe pronunciarla. Con toda la dignidad del mundo.