Oleg Kricunova vuelve en la segunda temporada de «Punto Nemo» con un personaje construido desde el aislamiento, la contención y una fuerte carga psicológica, donde el trabajo del actor se apoya más en lo implícito que en el diálogo. Su incorporación a la serie nace de una relación previa con el equipo creativo y de un proceso que se fue desarrollando de forma natural hasta el casting final. En esta entrevista repasa su manera de abordar personajes complejos, el reto de interpretar desde el silencio y una trayectoria vital atravesada por los cambios de país, la adaptación constante y una visión del oficio forjada entre la ingeniería, el periodismo y la interpretación en distintos contextos internacionales.
En tu caso, la llegada a Punto Nemo no parece un casting aislado, sino algo que nace de una relación previa con el equipo. ¿Cómo se construye realmente esa oportunidad dentro de la industria?
Sí, en mi caso fue bastante natural. Yo ya había trabajado anteriormente con los productores en otro proyecto y había una relación muy buena, de confianza. Nos encontramos en un festival, empezamos a hablar de manera informal y surgió la posibilidad de un personaje con un perfil ruso que encajaba conmigo
A partir de ahí ya entramos en el proceso normal: pruebas, lecturas, casting… pero la puerta se abre antes, en ese tipo de conversaciones donde realmente se empieza a imaginar el personaje contigo dentro. No es algo forzado, sino que se va construyendo poco a poco.
Cuando te enfrentas al guion de una serie como Punto Nemo, donde el aislamiento y la tensión psicológica son clave, ¿qué es lo que realmente te engancha de un personaje así?
Lo que más me atrajo fue la complejidad interna. Es un personaje que puede parecer misterioso desde fuera, incluso opaco, pero en realidad tiene muchas capas. Ha vivido en un entorno extremo, aislado durante años, y eso le ha transformado completamente.
Me interesaba mucho esa ambigüedad: no sabes si es alguien roto o alguien extremadamente fuerte, casi blindado mentalmente. Y eso como actor es muy interesante, porque no tienes demasiadas muletas externas. Hay poco texto, así que todo se construye desde el comportamiento, desde la mirada, los silencios, la energía que transmites sin hablar. Es un trabajo muy interno.
El personaje está muy ligado al aislamiento prolongado y a un entorno casi militar. ¿Cómo se prepara un actor para habitar psicológicamente un espacio así?
No hay una única forma de prepararlo. En mi caso, intento entender primero el contexto: qué le ha pasado a esa persona para llegar ahí, cómo afecta el aislamiento prolongado a nivel mental, cómo cambia la percepción del tiempo, de los otros, incluso de uno mismo.
A partir de ahí, no se trata de “interpretar locura” o “interpretar dureza”, sino de encontrar una lógica interna. Todo personaje, por muy extremo que sea, tiene su coherencia. Si encuentras esa lógica, todo lo demás empieza a encajar de forma natural.
Vienes de Siberia, una región muy alejada de los grandes centros culturales. ¿De qué manera ese origen ha influido en tu manera de observar el mundo o de trabajar como actor?
Creo que influye más de lo que uno piensa al principio. Es una región muy extensa, con distancias enormes y un ritmo de vida muy distinto al de una gran capital europea. No estás constantemente expuesto a todo, sino que hay más silencio, más espacio para observar.
Eso te da una forma distinta de mirar las cosas. Y cuando sales de ahí, empiezas a vivir en otros países, con otros idiomas y otras culturas, esa capacidad de adaptación se vuelve fundamental. En mi caso ha sido constante: cambiar de entorno, aprender a leer nuevas dinámicas, entender otras formas de trabajo. Todo eso acaba entrando en la interpretación.
Tu trayectoria no es convencional: pasas por la ingeniería, el periodismo, la televisión, distintos países… ¿En qué momento decides realmente que la interpretación es tu camino principal?
No hubo un momento concreto de decisión. Ha sido más bien un proceso largo. Yo quería ser actor desde muy joven, pero en Rusia era muy difícil entrar en las escuelas de interpretación. Lo intenté varias veces y no lo conseguí, así que estudié ingeniería por una cuestión práctica, por no quedarme parado.
Pero el teatro siempre estuvo ahí, dentro de la universidad. Luego trabajé en televisión como periodista, y después surgieron otras oportunidades, como ir a Colombia a trabajar en casinos. Todo eso no era un plan estructurado, sino diferentes etapas que me fueron llevando hacia distintos lugares hasta que acabé centrándome de forma más clara en la interpretación.
Después de tantos cambios de país y de profesión, llegas a España y empiezas a formarte en Barcelona. ¿Qué supone ese momento en tu carrera?
Supone una especie de reinicio, pero con experiencia previa. Yo ya venía con formación teatral de Rusia, así que no partía de cero, pero sí era un contexto completamente distinto.
En Barcelona empiezo a entender cómo funciona la industria aquí, cómo se trabaja, qué se espera de un actor. Es una etapa de adaptación, pero también de descubrimiento. Y sobre todo de empezar a poner orden a todo lo que había vivido antes para aplicarlo de una forma más profesional.
En esos primeros años en España empiezas con pequeños papeles y televisión. ¿Cómo recuerdas esa etapa inicial en la industria?
Con muchos nervios, pero también con mucha ilusión. Estás entrando en un mundo que llevas mucho tiempo persiguiendo, así que todo se vive con mucha intensidad.
Había inseguridad, claro, porque era un país nuevo, otro idioma, otra forma de trabajar. Pero al mismo tiempo había una sensación muy fuerte de estar en el sitio correcto. Con el tiempo, esa mezcla de nervios e ilusión se va transformando en experiencia y tranquilidad.
Tras años en televisión das el salto al cine con Solo quiero caminar. ¿Qué cambia realmente en tu forma de trabajar?
Cambia sobre todo el ritmo. La televisión es mucho más rápida, muy orientada a la producción, con poco tiempo para detenerse. En el cine, en cambio, hay más espacio para pensar, para construir, para repetir una escena desde otros ángulos. Eso te permite trabajar de una forma más profunda el personaje. No significa que uno sea mejor que otro, pero el cine te da más tiempo para explorar matices, y eso como actor es muy valioso.

También has explorado la dirección con Vodka and chips. ¿Qué te lleva a ponerte detrás de la cámara?
Surge de mi trabajo en televisión en Inglaterra. Allí tenía contacto con cámaras, edición, producción… y empecé a interesarme no solo por actuar, sino por entender cómo se construye una historia desde fuera.
Rodé un pequeño proyecto y descubrí que me apasiona dirigir. Hay algo muy interesante en enfrentarte a una escena que no funciona y tener que encontrar la solución. Es un proceso muy creativo, muy de resolución constante de problemas, y eso me engancha mucho.
¿Qué directores te han influido o te siguen influyendo hoy en día?
Me gusta mucho Paco Cabezas, con quien he tenido la suerte de coincidir. También Clint Eastwood y Scorsese, por cómo entienden el cine desde la narración y la puesta en escena.
Y luego directores como Tarkovski o Zvyagintsev, que trabajan mucho desde lo interior, desde lo atmosférico. También David Lynch, por su capacidad de generar tensión sin necesidad de explicarlo todo. Son referentes muy distintos, pero todos aportan algo.
Has trabajado en Rusia, España, Inglaterra e incluso en producciones internacionales. ¿Qué diferencias destacarías entre esas cinematografías?
El cine español es más introspectivo, más centrado en el personaje y en lo emocional.
El estadounidense es más directo, más estructurado, muy eficiente a nivel industrial.
Y el ruso tiene ahora un carácter más estatal y más marcado por lo bélico o lo dramático, con una estética muy concreta. Son tres formas distintas de entender el cine, pero cada una tiene su identidad y su valor.
Para terminar, si alguien quiere acercarse al cine ruso, ¿qué películas recomendarías como punto de entrada?
Diría que Tarkovski es fundamental: La infancia de Iván, El espejo o Nostalgia. Son películas que te introducen en una forma muy particular de entender el cine. Y también añadiría No amarás de Zvyagintsev, que es más contemporánea, pero mantiene esa mirada muy profunda y muy humana.