Corea del Sur lleva años demostrando que sabe cómo enganchar al público con sus series y películas. Da igual el género: romance, thriller, fantasía o terror, siempre hay algún título que acaba colándose en las listas de lo más visto. En ese contexto, los K-Dramas han dejado de ser una moda para convertirse en un valor seguro. Por eso, cuando llega una nueva propuesta de terror como «Si los deseos mataran», lo normal era esperar algo que, como mínimo, dejase huella. El problema es que, en este caso, la idea prometía mucho más de lo que ha terminado ofreciendo.
Si los deseos mataran, que llegó a Netflix el pasado 24 de abril, tiene un planteamiento directo y a priori muy atractivo: una app que concede deseos… y que mata 24 horas después. Con esa premisa, la serie contaba con todos los ingredientes para funcionar, pero poco a poco nos va quedando claro que no va exactamente por donde podíamos esperar. Más que apostar por el terror puro y sin concesiones, prefiere moverse hacia el drama juvenil, centrado en sus personajes y en sus traumas.
El arranque funciona muy bien. Esta primera escena, con una estudiante grabando su deseo antes de suicidarse, marca un tono incómodo que invita a seguir. Parecía presagiar que la serie no pretendía esquivar temas incómodos: maldiciones, posesiones, suicidios rituales y violencia psicológica. Pero pronto nos damos cuenta de que la potente premisa inicial se va diluyendo poco a poco. Sus tres primeros episodios funcionan y consiguen atraparnos, más allá del terror fácil, ya que utiliza la propia psicología de los protagonistas para que el espectador se vea inmerso en la historia. En este primer tercio de la serie hay tensión, inquietud y momentos realmente perturbadores. A medida que avanza, la historia deja el terror en segundo plano y se centra cada vez más en las relaciones entre los protagonistas. Y ahí es donde empieza a perder fuerza. Lo que podría haber sido una serie incómoda y oscura acaba convirtiéndose en un drama adolescente bastante convencional, con celos, inseguridades y conflictos que resultan demasiado familiares.
La aplicación Girigo actúa como detonante para poner a prueba a un grupo de amigos que ya estaban al borde del precipicio antes de que lo sobrenatural entre en juego. La serie parece más interesada en explorar esas dinámicas personales que en desarrollar su propia premisa.
Si los deseos mataran no es tanto una serie de terror como un drama juvenil con elementos sobrenaturales. Quienes esperen un festival de sangre, muertes y sustos a tutiplén verán frustradas sus expectativas. Aquí el miedo es más psicológico que explícito, más cercano a la incomodidad que al sobresalto. Todo gira en torno a un grupo de amigos que, con el tiempo, se han ido distanciando. Ahí es donde en gran medida encontramos el verdadero terror, el miedo al cambio, a crecer, a cumplir ciertas expectativas, o al amor no correspondido. Temas universales que se mezclan en una coctelera en la que también hay posesiones, maldiciones y sueños que matan.
Hay referencias evidentes en la serie a otras producciones del género. El concepto del objeto maldito recuerda a Llamada perdida o Ringu, mientras que su retrato oscuro del entorno escolar conecta con títulos como la serie tailandesa La chica nueva. Sin embargo, el ritmo es más pausado y menos centrado en el mecanismo del terror, lo que termina jugando en su contra.
Otro punto débil está en los personajes. La serie necesita que conectes con ellos para que la amenaza funcione, pero no siempre lo consigue. Hay tensión sobre quién puede morir, sí, pero cuesta implicarse emocionalmente en su destino, y eso le resta impacto a la historia.

Donde sí resulta interesante para nuestra mirada occidental es la introducción de elementos más tradicionales del folclore coreano, como la figura de la chamana, algo que ya pudimos ver en Exhuma (2024) de Jang Jae-hyun. Su presencia convierte un concepto tecnológico en algo con raíces espirituales que ofrece una perspectiva más sólida y menos simplista.
Si los deseos mataran tiene momentos en los que funciona, especialmente cuando se pone más incómoda y cruel, pero nunca termina de explotar todo lo que plantea. Se queda a medio camino, sin terminar de satisfacer ni como serie de terror ni como drama adolescente.
Lo más interesante no está en la app ni en lo sobrenatural, sino en la idea de hasta dónde estaríamos dispuestos a llegar por cumplir un deseo. Porque más allá de apps malditas y espíritus malignos, Si los deseos mataran nos recuerda que el peor monstruo es el propio ser humano.


Los deseos no tienen que matar,lo que mata y destruye por dentro (física y emocionalmente) es no poder hacerlos realidad