A estas alturas, seguramente todo el mundo ha visto el clásico «El Padrino», o ha oído hablar de «El Padrino», o alguien le ha contado «El Padrino». Y cualquiera que haya tenido conocimiento de la existencia de esta película, seguro que sin ser un entendido es capaz de citar alguno de los míticos nombres asociados a ella: Marlon Brando, Al Pacino, Francis Ford Coppola, Mario Puzo… El nombre que seguro nadie diría nunca, asociado a esta obra maestra, es el de Albert S. Ruddy ¿Albert S. Ruddy? Si, su productor.
Ruddy fue uno de los productores de El Padrino tal y como cuenta la serie The Offer, disponible en SkyShowtime. Esta serie está basada en un libro del propio Ruddy en el que cuenta cómo produjo la película desde el inicio del proyecto hasta el montaje final y las dificultades que encontró para ello. Está claro que, como libro para mitómanos del séptimo arte podría hasta estar bien, pero Ruddy quiso ir más allá. Por entonces debió de conocer a Leslie Greif. ¿Leslie Greif? Si, otro productor. Greif es alguien muy parecido a Albert S. Ruddy, tan parecido, que su trayectoria televisiva se une en productos tan mediocres como Walker Texas Ranger, esa cosa interminable llena de testosterona protagonizada por Chuck Norris (186 episodios).
El tercer creador de The Offer es Michael Tolkin; éste sí es escritor y guionista, autor del libro y el guion de una joya sobre las bambalinas de Hollywood titulada The Player (en España El Juego de Hollywood), una descarnada película sobre la fábrica de sueños y sus miserias estupendamente dirigida por Robert Altman.
Probablemente lo único de lo que no se había hecho una película, serie, cómic o cualquier otra variante dramática relacionada con ese mito del séptimo arte titulado El Padrino, es la intrahistoria de cómo se produjo la película. Igual había buenas razones para ello, para que a lo largo de los años no se haya abordado la creación de una película como argumento para una serie, especialmente porque a la gente le suelen interesar poco los problemas que sufren los productores para rodar tal o cual escena, lo difícil que fue contratar a este o aquel actor, las veces que el productor ejecutivo negó el dinero suficiente o cuánto de más duraba el primer montaje.
Todo esto suele alimentar los libros sobre cine pero raramente da como para que surja el tema de una película y ni mucho menos de una serie. Pero nunca subestimes el ego de un productor que quiera hablar de su pasado.
La mala fama del gremio de productores cinematográficos está extendida por toda la historia del cine. Es famosa la anécdota del mítico director John Ford que, cuando fue preguntado por la carrera profesional de uno de sus sobrinos contestó que recogía monedas en un prostíbulo. Ante la mirada atónita de los que le preguntaban, Ford espetó “no querrás que reconozca que se ha hecho productor”.
Si no eres fan de El Padrino, si no te has leído alguno de los libros sobre la película, no te has visto todos los extras del Blu-ray edición especial 50 aniversario o no has leído la extraordinaria novela de Mario Puzo, probablemente esta serie para ti carezca del más mínimo interés.
Gracias a esa aura mítica de una película como El Padrino tal vez tuviera sentido contar cómo se eligió el reparto, el director, cómo se adaptó el guion, se eligieron las localizaciones, la música, la portada, la fotografía, etc., y los fans absolutos se relamerían en sus asientos disfrutando cada momento. Daría para un buen documental (seguro que ya existe). Pero no da, ni de lejos, para una serie.
Y eso que esta serie es casi una experiencia mitómana que ahonda en la relación entre la historia del cine y la leyenda sobre la realización de una película como ésta. Todas las figuras que aparecen (Francis Ford Coppola, Al Pacino, Marlon Brando, Gordon Willis… ) son iconos del séptimo arte, interpretados, dirigidos, iluminados y vestidos a la perfección. Y el reparto es estupendo. Miles Teller, Matthew Goode, Dan Fogler, Giovanni Ribisi, Juno Temple… todos excelentes actrices y actores con una trayectoria profesional solvente.
Desde los créditos iniciales, que juegan con la nostalgia visual de un símbolo cinematográfico como Paramount Pictures, con su logo azul y su icónica puerta de entrada en sus estudios de Hollywood, hasta las reminiscencias de su banda sonora que recuerdan a los compases de la banda sonora original de Nino Rota para la película, si hubiera que juzgarla solamente como homenaje, puntuaría con nota. El problema es que hay que verla, entera, capítulo a capítulo, y cuando entramos en ella desde un punto de vista dramático, cuando intentamos que la historia nos conmueva, nos emocione, no conseguimos más que continuar con el auto homenaje a Ruddy y a Robert Evans. ¿Robert Evans? Si, otro productor.
Robert Evans sí que merecería una serie. No sólo produjo El Padrino y El Padrino II, sino que años más tarde las volvió a montar en orden cronológico y las reestrenó para televisión, llamándolas El Padrino Épico. Si hablamos de productores y ego, Robert Evans es el paradigma absoluto. Su trayectoria incluye algunas de la obras maestras más fascinantes de los años 70 como Chinatown, La Conversación, Marathon Man o Cowboy de Medianoche, aparte de un verdadero fenómeno en taquilla cómo fue Love Story. Era el showrunner de cada película que producía, la figura que controlaba todo el proceso hasta el final e intervenía en cada decisión, dándole unidad al conjunto, y todo esto sin acreditarse en cada película, como si no fuera cosa suya.
Como contrató a Ruddy para producir El Padrino, aparece en la serie al igual que en el libro con un protagonismo parecido al de Coppola o Pacino, y a decir verdad, lo tuvo.
Hay una relación de amor-odio para los fans de la película con esta serie; por un lado la fascinación de ver como se rodó El Padrino, algo que te hace terminar de ver los 10 episodios; por otro, el hastío de comprobar que las tramas evolucionan hacia la nada. Porque además, ya sabes el final. La película no sólo se rodó, ganó el Oscar a mejor película y es un clásico del cine. Entonces, ¿qué dificultades puede encontrar el productor protagonista que no sepamos que vaya a superar?
Esta claro que las escenas de la película son míticas pero, ¿hasta el punto de sabértelas de memoria? Y luego está lo de la Mafia. La novela El Padrino fue el primer best seller sobre la Mafia, y la película sufrió muchas presiones en su rodaje tanto en Nueva York como en Sicilia.
Las pinceladas de violencia real en una serie sobre el rodaje de una película que destila violencia igual no están a la altura; no necesito que me cuentes la violencia que rodeaba a El Padrino, esa violencia ya me la contaba la película. Hasta en eso es redundante la historia. Pero es que las escenas violentas supuestamente reales palidecen ante cualquier comparación con la ficción, mucho más violenta. Debería de ser al revés, la realidad debería irrumpir en la historia como una apisonadora, cuando aquí es casi cómica en comparación a cómo nos levantó de las butacas el montaje final en paralelo de la película.
Como es una serie sobre productores, al final acaban por tener protagonismo hasta dos ejecutivos de la Gulf and Western, la compañía que era dueña de Paramount cuando se hizo la película (como si eso le interesara a alguien). La primera vez que la secretaria de Albert S. Ruddy tiene una cita con el dueño de Gulf and Western le hace probar un caviar de 200 dólares. Ella, un personaje que dice siempre lo que piensa aunque esté hablando con un ejecutivo millonario, tras una pausa en la que intenta saborear esos 200 dólares, le dice con su vena natural y auténtica que no puede disimular que no le gusta lo que está probando, a pesar de su precio. Le dice que sabe a carnaza pero demasiado pequeña como para ponerla en un anzuelo.
Igualito que esta serie.