Todo el mundo conoce a Sam Raimi. Director reputado, tremendamente versátil (ha hecho cosas que van desde la prodigiosa saga de «Evil Dead» a su aclamadísima trilogía de Spiderman) y que se maneja con un sello autoral tremendamente marcado donde suele manejar maravillosamente bien el entretenimiento, la violencia y el desbarre en todas sus historias. Un icono dentro del cine de serie B de los ochenta y noventa que supo adaptarse a los grandes presupuestos de los estudios y entregar productos aclamados entre los fans de Marvel.
Después de un tiempo alejado de lo que le catapultó a la fama, Raimi vuelve con esta Send Help que se estrenó el pasado viernes 30 de enero en España, y cuyos resultados me han dejado ligeramente frío.
En esta ocasión, Raimi vuelve a apostar por mezclar el terror con la comedia y lo hace partiendo de una premisa que recuerda a la segunda mitad de “el triángulo de la tristeza”; es decir, plantea el aislamiento de sus personajes en una isla desierta en la que se van a ver obligados a cooperar y trabajar de forma conjunta. Por un lado nos presenta a un rico que no sabe hacer absolutamente nada y que es odiable desde el segundo uno y lo emparenta con una friki de la supervivencia, trabajadora de la empresa, y cuya cabeza vive completamente desconectada de la realidad.
Esta ambivalencia entre el rico odiable, pero cuerdo y la persona con la que a priori, al inicio, es más fácil empatizar pero que se nota desde el inicio que su cabeza está cerca de estallar es la base desde la que el director recrea toda su historia y con la que juega a revertir las expectativas del espectador y estrujarlas buscando la sorpresa.

La cinta está plagada de momentos escatológicos, surrealistas y, por qué no decirlo, tremendamente entretenidos. No se le puede negar que funciona en los parámetros que se marca y que es tremendamente autoconsciente con lo que quiere ser. Pero, en mi opinión, Raimi -y los guionistas- se equivocan en una cosa: alejarse del fantástico.
Aunque hay un par de momentos en que coquetea con jugar con él, la historia está bañada bajo tintes bastante realistas y esto provoca que, aunque sea paródica y consciente de sí misma, yo como espectador me vea alejado con los giros que riega la cinta su segunda mitad y que, al menos en mi caso, no me puedo creer. Esa tendencia a rizar el rizo, a buscar el homenaje sacrificando la coherencia del texto -esa mano-, me alejan de una cinta que funciona mucho mejor en su primera mitad que en su segunda.
Al final, por mucho que yo entienda que Raimi suele priorizar las formas al fondo, no acabo de disfrutar de todo el tercio final porque, sencillamente, no me lo puedo creer.
Probablemente sea problema mío, que suelo preferir guiones más sólidos, pero creo que, si la película no forzase tanto los giros buscando “lo imposible”, la sorpresa y el impacto en el espectador, estaríamos ante una película muchísimo mejor.
Huelga decir, eso sí, que, si vais al cine buscando entreteneros y pasar un buen rato, la cinta cumple, y con creces, con esto. Soltaréis algunas carcajadas con las burradas que es capaz de poner en pantalla el director norteamericano.