Un verano no es tal sin blockbusters. Desde el descomunal éxito de Tiburón en 1975, la temporada estival es un espacio de confort para las grandes producciones cinematográficas anuales. ¿Será el ambiente festivo? ¿El tiempo libre? ¿El cobijo de las grandes salas de cine? Pocos momentos son más atractivos para el gran público que el verano para acudir en masa a las salas de cine. Generalmente, los blockbusters son películas de acción y aventuras que desconectan rápidamente la ubiquidad geográfica de la sala de cine para teletransportarse a mundos ficticios y, en ocasiones, fantásticos. Cada año tenemos unos cuantos ejemplos, pero en esta ocasión vamos a centrarnos en un potencial blockbuster que, a su vez, debe su naturaleza a otros blockbusters.
El final de Oak Street nos traslada al clásico vecindario suburbano yanqui de 1982; las barbacoas, las bicicletas, los calcetines hasta las rodillas, el verano… el cine de Spielberg y la fiebre Stranger Things están aquí. Los protagonistas de la función son la familia Platt, cuya fachada está a punto de desmoronarse a raíz de los problemas conyugales del matrimonio conformado por Denise y Greg. En medio de este contexto con aroma a telenovela, la ciencia ficción hace acto de presencia y traslada el entrañable vecindario a la era de los dinosaurios.

La premisa de El final de Oak Street, brillantemente condensada en su póster (arte en decadencia por culpa de espantos como el póster de La constelación del perro), la desmarca rápidamente de cualquier ambigüedad: es una película familiar con el objetivo inequívoco de convertirse en uno de los grandes éxitos del verano. Hasta ahora, su desempeño en la taquilla no llega a ser un éxito, por lo que difícilmente se podrá hablar de ella como uno de los blockbusters del verano. En contraposición, podemos hablar de una de las grandes sorpresas de la temporada gracias a su gran sentido del espectáculo y su carácter autoconsciente. El final de Oak Street es aquello que debería haber sido la saga Jurassic World: un espectáculo jurásico en medio de la civilización. Además, es de admirar su capacidad de reinventar los mecanismos del género con una facilidad pasmosa, consiguiendo diseñar escenas que innovan y referencian a partes iguales.
Tras varios años sin cosechar nada similar a un gran éxito, Anne Hathaway ha vuelto a lo grande gracias a sus papeles en La Odisea, la secuela de El diablo viste de Prada, Verity y Mother Mary (además de anunciar que protagonizará junto a Tom Cruise la secuela de Días de trueno). En El final de Oak Street, Hathaway hace dúo con Ewan McGregor, con quien transmite una gran química y consigue convertirse en el alma de la película. En gran parte por esa química, el film funciona tan bien a nivel emocional y consigue conectar con un espectador que presencia atónito el sueño de una noche de verano en forma de película de dinosaurios.
Sorprendentemente, El final de Oak Street está dirigida por David Robert Mitchell, director de It Follows y Lo que esconde Silver Lake. Tras ocho años de parón (el film protagonizado por Andrew Garfield se remonta a 2018), el realizador norteamericano ha vuelto con una propuesta diametralmente opuesta a sus anteriores trabajos. Por ello, es todavía más meritorio su desempeño a la hora de confeccionar una obra tan accesible y luminosa para el gran público. No olvidemos que tanto It Follows como Lo que esconde Silver Lake son dos películas opacas, de nicho y festivaleras cuyo público poco tiene que ver con el potencial target de El final de Oak Street. Gran noticia para Hollywood sumar un realizador de estas características al terreno de un cine comercial tan espeso para realizadores con mirada autoral.
La soberbia de un amplio sector del movimiento cinéfilo desprecia películas como El final de Oak Street. Títulos como este son considerados menores y diseñados al milímetro para convertirse en productos de consumo rápido y desenfadado. Nada más lejos de la realidad. El final de Oak Street es cine palomitero, divertido y estimulante que justifica el precio de una entrada de cine y consigue convertir el calor del verano en dos horas de desconexión con la realidad.


