La ligereza de la comedia romántica siempre ha resultado ideal para elaborar films apolíticos o, en cualquier caso, alejados de un comentario social con fundamento. Por supuesto, siempre han existido excepciones que conforman una colección de películas interesantes que mezclan el entretenimiento casual con un mensaje más allá del idealismo romántico hollywoodiense. Desde las afiladas comedias de Billy Wilder o Woody Allen, hasta el mensaje de clase escondido tras varias de las cintas del inglés Richard Curtis; la comedia romántica se ha probado, a lo largo de la historia, capaz de tratar temas de actualidad y realidad político-social.
Este mismo año hemos visto cómo Kristoffer Borgli en El drama disfrazaba de comedia negra con tintes románticos una crítica a la posesión de armas en Estados Unidos y al belicismo de ambas administraciones Trump. En Una noche al año, el cineasta Will Gluck -conocido por comedias ligeras como Rumores y mentiras (2010) o Cualquiera menos tú (2023)- parte de una premisa distópica para alertar sobre la privación de libertades y el puritanismo extremo que van de la mano de la derecha estadounidense.
La película sigue a Allie (Monica Barbaro) y a Owen (Callum Turner) en la única noche del año en que el gobierno estadounidense permite las relaciones sexuales prematrimoniales. El guion acierta en la concepción de esta premisa y dibuja bien la forma en que la sociedad se adaptaría a esta limitación radical de la libertad individual que defiende la Constitución. Por lo tanto, desde los primeros minutos vemos cómo, a pesar de hablar de una norma que busca erradicar el sexo de la sociedad, se comercializa con todo lo relacionado con ello: subiendo los precios de las flores, abarrotando los restaurantes elegantes o agotando las reservas de preservativos de la ciudad de Nueva York.

El hecho de tener a dos protagonistas que, por distintas circunstancias, se ven ajenos a la celebración que inunda el país como si se tratara de Navidad, pone al espectador frontalmente en contra de esta ley puritana que condensa la ideología del movimiento trumpista. Sin embargo, Gluck se ancla demasiado al género de la comedia romántica y, a medida que los protagonistas se acercan al ideal romántico, la crítica a la propia premisa se desvanece hasta terminar romantizando en cierto modo una ley que en el inicio se había dibujado como fascista.
En lo relativo a la eficiencia de la película como comedia romántica, funciona perfectamente. Gluck ha demostrado en más de una ocasión saber dirigir actores y la química entre Barbaro y Turner resulta creíble, tierna y entretenida. El uso constante de la música pop y la geografía de la ciudad de Nueva York recuerdan al cine de Norah Ephron y refuerzan el contraste entre relato romántico desenfadado y distopía política.
Una noche al año logra con éxito no decepcionar como comedia romántica aprovechando los códigos de un género tan asentado en la industria estadounidense y subvirtiéndolo por momentos para construir una personalidad propia. Es una lástima que no se atreva a incidir algo más en el trasfondo político por miedo a alejarse de lo que se espera de una película así.
