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«La constelación del perro»: Sobrevivir cuando ya no queda nada

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El cine posapocalíptico suele plantear una pregunta sencilla: ¿qué ocurre con la humanidad cuando prácticamente deja de existir? «La constelación del perro», dirigida por Ridley Scott, parte de esa premisa para construir un relato que, más que centrarse en explicar el desastre, observa cómo sus consecuencias transforman a quienes han conseguido sobrevivir. En un mundo devastado por un virus, Hig, interpretado por Jacob Elordi, permanece aislado junto a su perro y Bangley, un antiguo militar interpretado por Josh Brolin. Una transmisión de radio altera esa rutina y abre la posibilidad de que exista algo más allá del pequeño refugio que han construido.

La película se mueve desde el principio en un territorio reconocible para el género. El mundo ha quedado prácticamente vacío, los supervivientes viven con miedo y los desplazamientos están condicionados por la presencia de grupos violentos. Sin embargo, uno de los elementos que más llama la atención es que el origen de la catástrofe queda en un segundo plano. El virus es la causa de todo, pero la película no dedica demasiado tiempo a explicar qué ocurrió, cómo comenzó o hasta dónde llegó la epidemia. La información aparece de manera fragmentada, algo que permite mantener cierto misterio, aunque también puede generar la sensación de que falta contexto para comprender completamente el escenario.

Esa decisión conecta con una de las principales características de la película: su interés está mucho más puesto en los personajes que en el mundo que los rodea. Hig es un superviviente, pero también es alguien profundamente marcado por la pérdida. Su aislamiento no responde únicamente a las circunstancias del apocalipsis, sino a un trauma personal que condiciona su manera de relacionarse con el futuro. El personaje vive prácticamente encerrado en una rutina construida para evitar enfrentarse a aquello que ha perdido.

En ese sentido, la relación con su perro adquiere una importancia fundamental. La película encuentra en esa compañía uno de sus recursos emocionales más efectivos. La presencia del animal funciona como vínculo con una vida anterior y como única forma de compañía afectiva para un hombre que prácticamente ha dejado de relacionarse con otros seres humanos. Es inevitable que surjan comparaciones con Soy leyenda, especialmente por la imagen del superviviente recorriendo espacios vacíos acompañado únicamente por su perro, aunque aquí la relación se utiliza desde una perspectiva más íntima y menos orientada al espectáculo.

La llegada de la señal de radio introduce entonces un cambio fundamental. Lo que inicialmente parece una simple interferencia se convierte en una posibilidad: quizá Hig no esté tan solo como pensaba. La película utiliza esa búsqueda para plantear una cuestión más interesante que la propia supervivencia: qué sentido tiene seguir viviendo cuando ya no queda prácticamente nada por lo que hacerlo.

Ridley Scott construye el relato con un ritmo contenido. La acción existe, pero no domina la película. Hay enfrentamientos y situaciones de peligro, pero no se suceden constantemente. La tensión procede muchas veces de la espera, de la incertidumbre y de la sensación de que cualquier desplazamiento puede terminar convirtiéndose en una amenaza. Esta decisión puede resultar atractiva para quienes busquen un relato posapocalíptico más atmosférico, aunque también puede generar cierta sensación de lentitud en algunos momentos.

Jacob Elordi y Margaret Qualley «La constelación del perro». Photo by Fabio Lovino. © 2026 20th Century Studios. All Rights Reserved.

La película encuentra además un punto de interés en la relación entre Hig y Bangley. Ambos representan dos formas muy diferentes de enfrentarse al nuevo mundo. Mientras Hig conserva cierta necesidad de conectar con los demás, Bangley adopta una postura mucho más pragmática y desconfiada. La convivencia entre ambos permite introducir una tensión constante que va más allá de los peligros externos.

Jacob Elordi sostiene la película desde una interpretación contenida, alejada del héroe de acción tradicional. Hig no destaca por su fortaleza física, sino por la vulnerabilidad que arrastra. Josh Brolin, por su parte, aporta un contrapunto más áspero y experimentado, convirtiendo a Bangley en una presencia fundamental dentro del pequeño universo que plantea la historia.

En conjunto, La constelación del perro utiliza el apocalipsis como escenario para hablar de soledad, pérdida y esperanza. Puede resultar irregular por su ritmo y por la escasa información que ofrece sobre el origen del desastre, pero encuentra sus mejores momentos cuando deja de mirar hacia el fin del mundo y observa a quienes deben aprender a vivir después de él. Ridley Scott no convierte el apocalipsis en una excusa para acumular acción, sino en el contexto de una historia mucho más humana: la de alguien que, después de perderlo casi todo, necesita encontrar un motivo para volver a conectar con el mundo.

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Pablo Arroyo
Pablo Arroyo
Apasionado del fútbol y del cine, me considero un periodista que combina su amor por el deporte con el arte de contar historias. Con un especial interés por las obras de Quentin Tarantino. Intento explorar la intersección entre el cine y el deporte, analizando cómo las narrativas del fútbol pueden ser tan cautivadoras como las mejores películas. Siempre en búsqueda de la próxima gran historia.

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