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«Rooster»: Nadie como Steve

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Carlos Muñiz Vidal
Carlos Muñiz Vidal
Intento huir de las películas y las series, pero ellas me persiguen. Desde mis estudios de audiovisuales a mi trayectoria profesional en canales temáticos, puede que sea yo el que las persiga a ellas. Fascinado por las historias desde siempre, sean éstas a través del cine, la literatura, el teatro o la televisión, en esta época de plataformas intento buscar esa fascinación oculta en el algoritmo que nos impide descubrirlas.
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Comedias sobre la vida universitaria, sus campus, sus fiestas, hasta sobre su elitismo, como «Rooster», disponible en HBO Max, han existido, existen y con toda probabilidad existirán audiovisualmente siempre; es el eterno tema que, especialmente en EEUU, protagoniza la vida de las personas en una determinada etapa de su existencia, definiendo su personalidad y en bastantes ocasiones incluso su futuro profesional o sus relaciones afectivas; y es un punto de partida perfecto para burlarse de uno mismo, de tus fobias a esa edad, tus recuerdos en la mayoría de las ocasiones magnificados por el tiempo, tus logros y fracasos, etc.

Da para todo tipo de productos algo así, no solo comedias, pero está claro que cuando uno se pone a recordar aquella época, el tono de autoconocimiento y complacencia que tiende a disculpar determinados comportamientos y decisiones le acerca más a lo cómico que a lo dramático.

La mayor parte de este tipo de historias están protagonizadas por los estudiantes, naturalmente, y el desarrollo de las tramas incluye al profesorado de una manera indirecta, especialmente como fuente de confidencias, de odios, de motivo de inspiración, digamos que de contrapunto a lo que le sucede a los jóvenes protagonistas. Es por ello que el enfoque de Rooster sea bastante original, ya que en realidad de lo que va es de los profesores, los decanos, los directores de departamento, etc, y que los alumnos aquí sean el contrapunto de todo eso, es una aproximación a este tipo de historias bastante original, y que da como resultado un tono de comedia, digamos, más adulto, pero sin alejarse demasiado de las claves adolescentes que maneja este tipo de género.

La trama de la serie cuenta la historia de un escritor de novelas de muy baja calidad (Steve Carrell) que es contratado debido a una serie de circunstancias como profesor de literatura en una prestigiosa Universidad de nombre inventado, pero que recuerda a muchas otras de sobra conocidas. En ella se integra como un guante precisamente por su pragmático conocimiento del oficio de escribir (aunque sus novelas sean malas, vive de ello), de la vida (es un hombre que ya ha pasado la mediana edad), y de su propios demonios (acaba de divorciarse, y está intentando salir de una depresión).

Para representar todas estas características probablemente no exista ningún actor mejor que Steve Carell. Desde su aparición fuera del ámbito televisivo en Pequeña Miss Sunshine, esa modesta pero estupenda película llena de actorazos en la que Carell encarnaba como nadie, con su dosis justa de comedia y drama, a una persona inmersa en una fuerte depresión a la que sólo le salvaba el consuelo y en ocasiones la presión a la que le somete la familia protagonista de la película, Carell ha transitado por el mundo del cine con gran éxito, lleno de altibajos interpretativos, pero siempre ha resultado una cara reconocida para el gran público.

Era imposible no sentir ternura por él en The Office, la serie que le lanzó a la fama, interpretando a un jefe que siente a sus empleados como su familia, y para el que la propia oficina es en realidad su hogar. Cada episodio de la serie nos acercaba a sus fobias, algunas bastante estúpidas, pero también a una cercanía de la que bebía mucho su manera de acercarse al personaje, al que no le distinguías ni un sólo gramo de maldad.

Esa ingenuidad era fundamental para su personaje de Virgen a los 40, al que no te creerías sin ella, y en definitiva para varias interpretaciones memorables de alguien al que, probablemente, nunca le premien con un Oscar o un Emmy (ha estado nominado, eso sí) primero porque es cómico, y segundo porque parece que no actúa, que lo que hace es algo natural.

Hasta en La Gran Apuesta, donde su personaje, depresivo, ácido, que cuestionaba el mundo de las inversiones desde un momento vital delicado que le hacía todavía más ácido y más amargado, tenía momentos desternillantes cuando criticaba a determinados gurús financieros o en su visita a la sede de los reguladores bancarios.

Photograph by Katrina Marcinowski/HBO. Danielle Deadwyler y Steve Carell en «Rooster»

En esta serie nos gana casi de inmediato porque no es alguien pretencioso, en un universo universitario lleno de pretenciosidad, y se mueve como pez en el agua entorno a sus estudiantes de literatura creativa sin ningún tipo de pedantería ni lección impartida desde una atalaya de sabiduría, tan sólo utilizando su sentido común. La posterior inmersión en las actividades no formativas del campus, cae por su propio peso, y es casi lo peor de la serie, así como sus prescindibles momentos excéntricos junto al personal administrativo (lo de la sauna es bastante cargante), aunque tanto la relación con su hija, profesora en la misma Universidad, como con su directora de departamento o su yerno necesitan de esas excentricidades para tener una trama alternativa a la del personaje protagonista.

Los momentos más hilarantes de Rooster tienen que ver con todo aquello relacionado con el universo «woke» (concienciado, comprometido) a excepción de las veces que Rooster incumple alguna norma, cosa que sucede casi siempre porque no deja de ser una persona bastante normal, y se enfrenta a una especie de tribunal moral que le amonesta verbalmente sobre lo que se debe o no se debe decir dando clase.

Las réplicas entre éste personaje y su visión del oficio de escritor, y el conjunto de mentes que idealizan el hecho de escribir, solamente porque están en un momento de sus vidas en el que no parecen tener límites, también da mucho juego para que la conversación no decaiga y el sentido del humor basado en el concepto de “pez fuera del agua” funcione estupendamente.

La ligereza de esta serie de comedia (ya han confirmado una segunda temporada), el ir pasando los episodios casi sin darte cuenta, y la poca importancia que se dan este tipo de productos hace que tal vez no aguanten un visionado de sus primeros episodios. Pero lo cierto es que, en estas noches tórridas de verano, consigue su propósito. Que te rías.

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