InicioBlog"Los destellos": el final también es un principio

«Los destellos»: el final también es un principio

Tienes que leer

Olga Magistris
Olga Magistris
Periodista vampirizada por las historias -leídas, vistas, escuchadas-, y admiradora incondicional de quienes consiguen hacer reír, llorar, pensar y erizar la piel con ellas. Realidad y ficción son yin y yan. Nuestro cine es mucho cine.
Publicidad
Publicidad

Imagen y luz más que palabras -aunque también-, son las herramientas que maneja la directora zaragozana Pilar Palomero de la mano de la excelente dirección fotográfica de Daniela Cajías (Premio Goya 2021 a la mejor dirección de fotografía por Las niñas), para, sin mucho diálogo, permitir que los personajes de «Los destellos» se enfrenten a la muerte con la vida; al perdón, con hechos, y a la celebración de las pequeñas cosas con silencio.

Rodeados de un paisaje de contrastes y destellos de otoño, de forma muy íntima, pausada y reflexiva, la historia nos sitúa en cómo afrontamos el final de la vida y la pérdida de otro.

Isabel (Patricia López Arnáiz) se ve expuesta a una situación que la revuelve por dentro, pero de la que no puede zafarse: visitar a su ex pareja enferma, Ramón (Antonio de la Latorre), cuando su hija Madalen (Marina Guerola) se lo pide.

De a poquitos, Isabel supera los quince años de distancia que le separan de Ramón desde que decidieron romper con su vida en común, y va reviviendo con el moribundo sentimientos, complicidades anteriores y recuerdos compartidos. Entre objetos, paseos por el campo y reuniones de viejos amigos, encuentra la paz en el proceso, y eso le permite acabarlo sin cuentas pendientes y sin dar opciones al arrepentimiento. Lo que empezó por su hija, lo acaba por ella misma.

Esa paz es lo que transmite la amplia sonrisa final de Isabel, quizá una de las pocas suyas en toda la película, cuando Madalen le da las gracias por haber atendido a Ramón en los últimos días de su vida.

Con Isabel siempre en el centro -a veces en exceso-, Palomero coloca a los personajes a su alrededor en forma de aros concéntricos, unidos entre sí a partir del cuidado mutuo: el de Madalen hacia su padre; el de Isabel hacia Madalen, a través del tiempo que le dispensa a Ramón; y el cuidado silencioso de Nacho (Julián López), la pareja de Isabel, hacia la madre y la hija. Así es como se sostienen y se acompañan todos mientras Ramón se aleja.

Sin esa cadena de cuidados, la historia, en lugar de destellos, estaría cubierta de sombras; la perspectiva de la muerte y la pérdida de un ser querido se verían como algo exclusivamente luctuoso en lugar de como la ganancia de algo bueno; y la vida, a partir de entonces, como un camino sin sentido en vez de como una nueva oportunidad.

Y aquí, toca hablar del reparto.

Comienzo por la gigante Patricia López Arnáiz, ganadora de la Concha de Plata a la mejor interpretación protagonista en esta última edición –la 72- del Festival Internacional de Cine de San Sebastián, por su papel de Isabel. Lógico y merecido.

Cuando ves mirar a Patricia en la película –a una estancia, a una piedra, a una prenda, a su hija o a un libro-, puedes leer en su rostro los pensamientos de Isabel sin esfuerzo, porque ella te cuenta desde ahí lo que va experimentando su personaje por dentro.

A su lado, una desconocida pero deslumbrante Marina Guerola en el papel de Madalen. Una actriz que no parece debutante, a la que habrá que seguir a partir de ya y a la que, creo, no le va a tardar en llegar el reconocimiento por esta interpretación.

Turno para Julián López, Nacho, porque siendo el suyo un papel dramático, totalmente alejado de lo que en él es habitual, está espléndido haciendo destacar su personaje con sutileza desde el lado más alejado del círculo, y acertando con el lugar que ocupa dentro de la historia.

Y, por último, Antonio de la Torre, finísimo, bárbaro y profundamente natural, en su interpretación de un hombre tranquilo a las puertas de la muerte, que encara su final sin dramatismos, agradecido y disfrutando en paz de los buenos momentos que le regalan los suyos.

En resumen

Los destellos es una película que remueve en bonito; es especialmente íntima e invita a revisar el pasado para limpiar el presente, para perdonarnos. Es bella y es reconocible por cada uno de nosotros y está repleta de opuestos –vida y muerte, piedra y bosque, aire y asfixia, luz y sombra, paz y alteración-, de la misma manera que está repleta de ellos la propia existencia.

Un dato más y final. Los destellos está basada en el relato breve, Un corazón demasiado grande, de la autora vasca Eider Rodríguez.

Publicidad
Contenido patrocinado

Últimas entradas

«33 días»: La ficción de la mano con la realidad

Carles Porta salta a la ficción con 33 días, serie de 6 episodios inspirada en la historia real de...

DEJA UNA RESPUESTA

¡Escribe tu comentario!
Por favor introduce aquí tu nombre

Publicidad

Más artículos como este