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«Las Cuatro Estaciones»: La comedia como terapia

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Carlos Muñiz Vidal
Carlos Muñiz Vidal
Intento huir de las películas y las series, pero ellas me persiguen. Desde mis estudios de audiovisuales a mi trayectoria profesional en canales temáticos, puede que sea yo el que las persiga a ellas. Fascinado por las historias desde siempre, sean éstas a través del cine, la literatura, el teatro o la televisión, en esta época de plataformas intento buscar esa fascinación oculta en el algoritmo que nos impide descubrirlas.
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Tres matrimonios de amigos llevan años yendo de vacaciones juntos, haciéndose entre ellos inseparables. Paradójicamente, uno de los matrimonios decide separarse y deben de afrontar esa traumática situación que afecta a todo el grupo y a su relación con cada uno de ellos.
Porque cuando llevas más de veinte años casado con alguien, y de repente te das cuenta que sientes más cariño por los amigos que esa relación ha forjado, que por la persona con la que has pasado casi toda tu vida, lo que sigue siempre es algo realmente traumático. Es un poco elegir entre tus amigos o tu matrimonio.

No parece una buen argumento para una comedia, desde luego, pero el caso es que Las Cuatro Estaciones lo es, y bastante buena. Porque no hay argumentos de comedia y argumentos de drama. Es un poco como la vida, hay de las dos cosas, dependiendo del punto de vista. Lo que tiene mérito en esta serie es mostrar, en clave de comedia, los avatares en la vida de los personajes sin que nos parezca en ningún momento que tienen la obligación de hacernos reír bien a través de chistes constantes, de caídas, o de situaciones rocambolescas, pero dándonos cuenta de que, en ocasiones, nos estamos riendo. Y eso es una buena serie de comedia. Cuando Woody Allen nos habla de sus fobias, no está intentando ser gracioso, es que te lo dice de verdad. Y por eso es gracioso.

Cr. Francisco Roman/Netflix © 2024 Erica Henningsen, Steve Carell, Tina Fey, Colman Domingo, Will Forte, y Marco Calvani en «Las cuatro estaciones»

Qué difícil es escribir buena comedia. Cuántos productos sin gancho, tontos o directamente infantiles disfrazan sus intenciones entre los pliegues de este género, por incapacidad o muchas veces porque es más fácil de producir que, por ejemplo, una tragedia histórica. En este país sabemos mucho de esto, somos el campeón de la producción de comedias. Hablamos de algo ligero, banal, que puedes ver sin demasiado análisis ni esperas una gran reflexión al final. El mantra de la comedia. Y yo digo: si es tan sencillo, ¿por qué es tan difícil encontrar una buena serie de comedia?
Los últimos Emmys a serie de comedia son dos productos basados exclusivamente en un personaje que nos resulta cómico, aunque no lo sea (Hacks y Ted Lasso), y en un producto audiovisual estupendo, pero que no es ni de lejos una comedia (The Bear).

Tina Fey y Steve Carrell son los principales protagonistas de Las Cuatro Estaciones, un producto de Netflix que homenajea a una olvidable película escrita, dirigida y protagonizada por Alan Alda en los años 80. La adaptación, o más bien actualización porque los temas no son los mismos y los personajes, pues tampoco, desde el matrimonio gay, pasando por la relación con sus hijos, o el perfil del personaje de la chica que hace que uno de los matrimonios fracase (en realidad no es culpa suya) la escriben entre otros guionistas la genial Tina Fey. Y lleva el sello de Tina Fey por todos lados; una guionista, productora y finalmente actriz que es todo un icono del humor televisivo norteamericano desde su debut en Saturday Night Live, el mítico programa norteamericano donde empezó su carrera, o como creadora de la comedia Rockefeller Plaza. Ese humor gamberro pero adulto, con gags que tratan sobre la confrontación entre sexos, las relaciones adultas consentidas y el deterioro de esas relaciones por algo tan absurdo y a la vez tan real como el hacerse mayor. Es casi el mismo argumento que tiene esta serie.

Cr. Jon Pack/Netflix © 2024. Tina Fey en «Las cuatro estaciones»

Porque hablar sobre separaciones, amistades prolongadas traicionadas y los demás temas de los que se habla aquí, en la que no hay caídas, nadie se disfraza de ninguna cosa que le pone en ridículo, no hay chistes soeces, e incluso algún personaje muere, y hacerlo en clave de comedia no es nada fácil, ni para Tina Fey, ni para nadie. ¿Qué serían las comedias sin algo de drama? Pues una nadería. El drama es lo que sitúa la comedia, le da su verdadera dimensión y hace que se desinfle el globo dramático con alivio para el espectador. Y no hace falta que sea todo un drama, ni que la historia esté ambientada en un funeral (aunque haya uno). Hay drama en una separación, en un viaje, en las pastillas que te has olvidado tomar para la tensión, en el día a día de un matrimonio que ha perdido la chispa pero al que le cuesta reconocerlo. Hay drama, y también hay comedia, afortunadamente. Y eso es exactamente lo que hace esta serie, traernos la comedia a ese día a día de tantas parejas, de tantos amigos, de todos nosotros, la comedia que necesitamos para no tirarnos por un puente o pasarnos toda la vida en terapia para no hacerlo. La comedia de algo cercano, banal si lo comparamos con otro tipo de historias, pero con el objetivo final de la risa, del desahogo. Para poder seguir adelante, que ya es difícil sin ella.

En esta serie no te tronchas de risa (aunque hay situaciones tronchantes). Desde el punto de vista del espectador la vida de estos personajes que se entienden y se critican casi a partes iguales, pero que al mismo tiempo se ríen de sí mismos no es para nada cómica. Son ellos, son los personajes lo que se ríen, lo que se cuentan un chiste tan privado que tiene casi más gracia para ellos, que se ponen en ridículo ellos mismos y se ríen de lo que les ha hecho ponerse en ridículo. Y nosotros nos reímos con ellos, les comprendemos, sabemos lo suficiente de sus vidas para conocer de qué se ríen exactamente y reírnos. E incluso recordamos nuestras conversaciones con esos amigos de toda la vida que algunos de nosotros tenemos la gran suerte de tener, y encontramos un paralelismo entre nuestros chascarrillos, nuestras pullas, nuestros chistes privados y los recuerdos de aquella vacaciones en algún lugar remoto como los que escuchamos en esta serie. Y eso es estupendo.

La comedia va de empatizar. Si empatizas demasiado, es un drama, y si no lo haces lo suficiente no te hace gracia. Tiene que ser la empatía justa para que un divorcio traumático te resulte cómico, aunque veas que el personaje está sufriendo pero al mismo tiempo se ríe del modo en que se lo está tomando.

¡Viva la comedia!

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