Alguien dijo una vez que no somos conscientes de lo que tenemos hasta que lo perdemos. No sé quién fue, pero qué sabio/a era. «La casa», el último largometraje de Álex Montoya, habla sobre esto. Sobre el tiempo que hemos perdido con las personas que nos rodean. La podéis ver en los cines españoles desde el pasado miércoles, 1 de mayo.
Tras la muerte de su padre, tres hermanos se reúnen para poner en venta la casa de campo familiar. De pequeños pasaban los veranos allí, pero hace años que apenas la pisan. Enfrentándose a los problemas latentes, entre ellos y con su padre ya ausente, se dan cuenta de que quizá no son tan ajenos a esa casa y lo que representa.
Esta película retrata una familia marcada por el rencor y la falta de comunicación. También por el duelo, claro, pero este va floreciendo a medida que los anteriores problemas encuentran solución. Es decir, a medida que esos hermanos van siendo capaces de comunicarse entre ellos.
Los problemas de esta familia vienen dados, en gran medida, por el tiempo que cada uno ha dedicado a los demás. Sobre todo a su padre, que puso todo su esfuerzo y su cariño en esa casa, con la esperanza de que sus hijos la disfrutaran con él.
Para hablar de ese pasado, determinante para el presente de la historia, la película utiliza flashbacks casi fugaces. Estos se introducen directamente como recuerdos de uno de los personajes, una relación que, aunque se percibe al principio algo tosca, se va naturalizando como parte del propio lenguaje del filme.
Con cada cachito de pasado, esos hermanos se enfrentan a todo lo que podrían haber hecho mejor. Todo lo que podrían no haber hecho. Todo lo que podrían haber dicho o haber dejado de decir. Se enfrentan a ello y lo abrazan, durante 7 segundos.
En resumen
La película retrata una familia con la que cualquiera de nosotros nos podríamos sentir identificados. Una familia con sus distancias, sus deudas pendientes, sus reproches y sus cariños. Todo ello desde el duelo, para reflexionar sobre la importancia de estar presentes.

