Hace unos 9 años se estrenaba en Francia una serie sobre espionaje creada por Eric Rochant llamada «Le Boureau des Legendes». La serie hablaba de las actividades de la Dirección General de Seguridad Exterior francesa (DSGE) y empezó a emitirse en Movistar Plus+ con el título de «Oficina de Infiltrados». Nunca una adaptación de un título al castellano tuvo un mejor acomodo en lo que supone de significado el título de una serie. Porque efectivamente, los personajes protagonistas no son espías, como podría parecer: son infiltrados.
La serie La Agencia, disponible en SkyShowtime, es una nueva versión de la original francesa, sorprendentemente adaptada a los estándares norteamericanos por un profesional del guión como Jez Butterworth, responsable de Caza a la Espía o el guión del 007 Spectre, lo cual explica muchas cosas en cuanto al enfoque de la serie. Lo curioso es que la trama, casi en su totalidad, es la misma, lo cual no deja de ser algo extraño en las adaptaciones norteamericanas recientes. Comienza exactamente igual, y cuenta más o menos lo mismo, el regreso de un infiltrado después de una larga misión en el extranjero. Pero el tono de lo que cuenta, pertenece más al género del espionaje internacional que al inadvertido mundo de los infiltrados.

¿Y cual es la diferencia?
Pues que un infiltrado no es alguien capaz de escalar un edificio o pilotar una moto, al estilo de Misión Imposible. No es atractivo, ni come en restaurantes caros, ni se viste con un smoking, ni utiliza equipos sofisticados de escucha. En definitiva, un infiltrado para hacer bien su trabajo ha de ser, más que nada, discreto. Su trabajo puede ser parecido al de un espía, conseguir información o alguna deserción de un agente extranjero, pero el método no tiene nada que ver. Por eso el personaje de Mathieu Kassovitz en la serie francesa ni era atractivo, ni corría entrenándose por las mañanas, ni se vestía espectacularmente bien, o conducía un Aston Martin. No. Kassovitz viajaba en bus, daba clases en una universidad extranjera, evaluaba a sus alumnos, iba a aburridas conferencias y se comportaba en todo momento como lo que decía ser en su tapadera: un profesor universitario.
Volviendo a La Agencia, el nivel de producción junto con el casting es uno de los grandes atractivos de la serie, con Michael Fassbender, Richard Gere, Jeffrey Wright, Katherine Waterston o Dominic West, ofreciéndonos un producto realmente solvente y de agradable consumo… especialmente si no has visto la original.
Si no sólo la has visto, sino que la admiras profundamente, el inicial rechazo va cediendo poco a poco y consigues ver los episodios con cierta sensación de producto bien acabado, excelentemente interpretado y escrito, y que da en el clavo en cada diálogo y en cada situación creada, lo cual tiene un mérito considerable ya que logra vencer el principal problema: que la serie no habla de los mismos agentes, no habla de infiltrados. Habla de espías.
Y esta diferencia es fundamental con respecto a su original, y la convierte en un producto más dentro de la oferta audiovisual, mejor hecho, pero muy parecido al resto.

Es tan diferente el enfoque que incluso en pequeños detalles como la relación con su hija, la decoración del apartamento (que no es suyo) en el que se aloja, la agente que le vigila cuando vuelve del extranjero, todo remite al espionaje. La candidez y la cotidianidad de la original francesa son sustituidas aquí por la frialdad incluso del apartamento en donde se aloja Fassbender.
Hay una escena bastante clarificadora. Ocurre en los primeros episodios. Malotru, el nombre del espía, tiene que adiestrar a una nueva recluta que ha de infiltrarse en un país extranjero. Para ello, su primera lección es quedar con ella en un restaurante, y, como tantas veces en otras tramas de espionaje en la que un espía veterano intenta adiestrar a uno nuevo, le pide que consiga los datos de dos clientes al azar del restaurante, al estilo de lo que le pedía el personaje de Robert Redford a Brad Pitt en Spy Game. Entonces, la novata se dirige a ellos y, haciendo gala de sus aptitudes y tirando de su encanto logra en pocos minutos que les den sus datos personales. Vuelve orgullosa a la mesa de Malotru, para encontrarse con su cara decepcionada. Le explica que un infiltrado tiene que intentar hacerse notar lo menos posible, y que en ese momento esas dos personas también saben cosas de ella y probablemente intentarán entablar amistad lo cual irá en contra del espíritu de una misión como la que va a llevar a cabo.
Esta escena, calcada, está en la nueva versión. Pero no funciona, es aséptica, directa, es una regañina que es recibida por la recluta sin una reflexión en el personaje que la recibe. En la original, Sara Giraudeau que interpretaba a la joven recluta, recibe esa lección con desconcierto, como el espectador. Y en la expresión de su cara compruebas que está empezando a entender qué es un infiltrado, y ese punto de partida la hace luego en sus misiones actuar de una manera mucho más parecida a Malotru de lo que un programa de entrenamiento de la CIA hubiera hecho en su lugar. Así de diferentes son las dos series.

Otra de las grandes diferencias es el protagonista
Michael Fassbender tiene la fisicidad, la definición en sus rasgos físicos y el porte de un agente de la CIA, o de uno de operaciones especiales. De hecho, en El Asesino, película de 2023 disponible en Netflix, Fassbender ya hacía el papel de un asesino a sueldo con la misma expresión en el rostro y disciplina profesional que por momentos vemos aquí. El tono evidentemente no es el mismo. Incluso los personajes que orbitan alrededor del infiltrado protagonista no tienen la misma relación con él, porque estos cambios en el casting, y esas miradas de Fassbender no pueden tener la misma respuesta ni siquiera aunque el diálogo sea el mismo.
La persona encargada de vigilarle, parece alguien normal en la francesa, aquí parece una agente de verdad. La sutileza de la francesa era precisamente eso, todo parece normal, te preguntas el por qué le sigue, el por qué hay que cambiar de coche en lo que la agencia llama la esclusa. Solo más adelante te das cuenta del juego que se propone, y de que, en efecto, estás viendo la vida de un espía.
Destilar la trama principal y extraer sólo lo relevante hace que sea más concreta la historia, más dinámica, pero es evidente que se pierde todo el aire de funcionariado de la original, todos esos vaivenes rellenando formularios y esas conversaciones sobre procedimientos que te acercaban de una manera muy indirecta al trabajo de los protagonistas. Tan indirecta era que no caías en la cuenta que lo que estabas viendo era una serie de espías.
Aquí es evidente lo que estás viendo desde el primer momento. No hay formularios, ni conversaciones banales, ni acercamientos sin estar calculados.
Kassovitz era un hombre enamorado; Fassbender nunca sabes si lo está o si continúa extrayendo información de su contacto. Y esa diferencia es clave.
