En un año marcado por dos fenómenos de crítica y público como «Los pecadores» y «Una batalla tras otra», parece complicado que algún título pueda dar la sorpresa en los Oscars del próximo 15 de marzo. «Valor sentimental» o «Marty Supreme» parecen dos alternativas más que interesantes, pero sus posibilidades no trascienden a su probable victoria en las categorías interpretativas; por otro lado, «Frankenstein» o «F1» parecen destinadas a ser claras candidatas en las categorías técnicas; «Train Dreams», «Bugonia» o «El agente secreto» completan la terna con escasas opciones de victoria. En este contexto, parece claro que la tercera en discordia ante la pugna PTA-Coogler es «Hamnet», la nueva película de Chloé Zhao.
Tras triunfar con Nomadland y patinar con Eternals, Zhao adapta la célebre novela de Maggie O’Farrell, Hamnet. Ubicada en el siglo XVI, Hamnet retrata la trágica vida familiar de William Shakespeare y Agnes Hathaway. A medio camino entre la fantasía y el drama humano, enlaza destellos de alegría y tristeza con sutiles elipsis que permiten condensar varios años en un metraje redondo de 125 minutos.

Hamnet se une a Priscilla de Sofia Coppola en el objetivo feminista de dar voz a aquellas mujeres silenciadas en la mitología creada alrededor de algunos de los hombres más memorables de la historia. Ubicando la acción principal en el punto de vista de Agnes Hathaway, interpretada magistralmente por Jessie Buckley (solo una debacle le arrebataría el Oscar), Hamnet reflexiona sobre el origen de la inspiración. Podría ser una película más sobre una musa, pero si una palabra define a Hamnet es aquella tan ligada a la obra de Shakespeare: tragedia. Agnes es el pilar fundamental de una familia que sufre y padece la tragedia más cruda posible. Shakespeare, por su parte, crea Hamlet, obra capital en la historia del arte, alimentado por la inspiración que le provoca su ausencia en la tragedia familiar.
En ese sentido, Shakespeare se revela como una especie de Ulises de la Edad de Oro del teatro inglés. A pesar de haber emprendido con éxito un viaje de ida y vuelta a la capital inglesa, el dramaturgo siente la necesidad imperiosa de regresar reiteradamente al lugar donde su inspiración e imaginación convergen con la realidad ficticia del teatro. Agnes, por su parte, debe convivir con la tragedia que ha pintado de negro las paredes de su hogar.

Lejos de demonizar la figura de Shakespeare, Hamnet contempla la tragedia, le da forma y fondo y la templa con el arte. Su clímax, uno de los más bellos del año, retrata la comunión obra-público con una delicadeza sobrecogedora. Chloé Zhao consigue trascender la pausa estéril de Nomadland y sublima su nueva película a la categoría de las mejores adaptaciones de los últimos años. Con Hamnet, Zhao inmortaliza la muerte, y, con ella, su cine.