El cineasta peruano Javier Corcuera presentó su documental «Uyariy» en el Festival de Málaga dentro de la sección Pases Especiales, una obra que parte de la matanza ocurrida el 9 de enero de 2023 en la ciudad de Juliaca para reflexionar sobre una historia mucho más larga de desigualdad, racismo estructural y violencia institucional en Perú. A través de testimonios de familiares de víctimas, activistas, músicos y habitantes de las regiones andinas, la película conecta aquel episodio reciente con más de un siglo de memoria colectiva en las comunidades quechuas y aymaras. El resultado es un documental que no solo reconstruye un acontecimiento trágico, sino que también plantea una reflexión universal sobre la dignidad, la justicia y el valor de las vidas que durante décadas han sido invisibilizadas en el relato oficial del país.
Tu documental Uyariy parte de la matanza del 9 de enero de 2023 en Juliaca, un episodio muy reciente en la historia de Perú, pero la película no se queda solo en ese momento concreto, sino que plantea un viaje de memoria que se remonta incluso cien años atrás para analizar la historia del país. ¿Por qué sentiste que era necesario conectar ese suceso actual con la historia más larga de la República y con la relación que el Estado ha mantenido con las comunidades quechuas y aymaras?
Sí, la película recoge la matanza del 9 de enero de 2023, pero también intenta hacer un viaje de memoria hacia cien años atrás. Lo que queríamos era reflexionar sobre la historia de la República del Perú en esos territorios donde viven comunidades quechuas y aymaras. Cuando empiezas a escuchar a la gente, a las familias, a los líderes comunitarios, te das cuenta de que lo que ocurrió ese día no se puede entender como un hecho aislado. Forma parte de una historia mucho más larga de discriminación y de desigualdad.
También creo que la película habla de algo que está pasando en el mundo hoy. Ese desprecio por el otro, esa impunidad con la que muchas veces se actúa desde el poder, no es algo exclusivo de Perú. Lo estamos viendo en distintos lugares del planeta. Hay gobiernos o estructuras de poder que pueden saltarse todas las reglas, actuar con violencia o incluso cometer atrocidades ante los ojos del mundo sin que pase nada. La película, aunque cuenta lo que ocurrió en una pequeña localidad de los Andes, intenta reflexionar también sobre ese contexto global.
En ese sentido, el viaje hacia el pasado no es solo un recurso narrativo, sino una forma de entender el presente. Cuando revisas la historia de la República del Perú ves que muchas comunidades han vivido durante décadas sin tener los mismos derechos que otros ciudadanos. Esa desigualdad estructural explica en parte por qué ciertas violencias siguen siendo posibles hoy.
El recorrido del documental en Perú no ha sido sencillo. Ha habido informaciones sobre intentos de censura, cancelaciones de proyecciones o incluso horarios muy restrictivos en algunas salas, especialmente en las regiones donde ocurrieron los hechos. ¿Cómo viviste ese proceso y qué significó para ti ver que, a pesar de esas dificultades, la película acabó encontrando al público?
Sí, la película tuvo un intento claro de invisibilización. Desde ciertos sectores hubo un esfuerzo por esconderla, por evitar que se viera, especialmente en el sur del país, que es precisamente donde ocurrieron los hechos que contamos en el documental. En algunos casos la sacaron directamente de las salas y en otros la programaron en horarios muy complicados, prácticamente imposibles para el público.
Pero ocurrió algo muy interesante, y es que la reacción de la gente y de los medios alternativos e independientes hizo imposible que esa censura se concretara. La gente empezó a hablar de la película, a pedir que se proyectara, a reclamar su derecho a verla. Y eso hizo que, a pesar de todo, el público fuera al cine incluso en esos horarios imposibles.
Finalmente, ante esa presión social, tuvieron que dar marcha atrás y permitir que la película se exhibiera en más ciudades. Gracias a eso, el documental ha podido verse en todo el Perú y ha tenido una vida en salas mucho más larga de lo habitual para una película documental.
Además ocurrió algo que nos sorprendió mucho. Por primera vez en los dieciocho años de historia del premio de la crítica cinematográfica peruana, se eligió como mejor película peruana del año a un documental. Siempre habían sido películas de ficción. Ese reconocimiento fue muy importante porque le dio un respaldo a la película y también demostró que había un interés real por este tipo de historias.
En el documental se aborda una violencia que, en este caso, no proviene de un enemigo externo, sino del propio Estado contra sus ciudadanos. Desde fuera puede resultar difícil entender cómo un gobierno puede llegar a ejercer ese nivel de violencia sobre su propia población. ¿Cómo explicas tú ese fenómeno y qué reflexión querías plantear sobre ello en la película?
En realidad el mecanismo es bastante simple, aunque sea muy duro de aceptar: hay vidas que valen menos. Desde el poder central en Perú, las vidas de las comunidades quechuas y aymaras en territorios como Puno han sido consideradas históricamente de menor valor. Cuando existe ese tipo de jerarquía implícita entre ciudadanos, entonces se vuelve posible ejercer violencia contra algunos sin que haya una reacción proporcional del resto de la sociedad.
Eso no es algo exclusivo del Perú. Lo vemos también en otros contextos del mundo. Hay poblaciones cuya vida parece tener menos valor dentro del relato dominante. Y cuando eso ocurre, se abre la puerta a situaciones de impunidad.Hay una frase de Eduardo Galeano que lo explica muy bien: decía que a veces se mata porque la vida de la persona vale menos que la bala que la mata. Es una frase muy dura, pero refleja muy bien lo que ocurre en estos contextos. Ese desprecio por la vida del otro tiene raíces históricas muy profundas.
Por eso en la película decidimos hablar también de los doscientos años de República. Porque durante todo ese tiempo ha existido una desigualdad estructural en el país. Muchos ciudadanos no han tenido plenos derechos ni las mismas oportunidades que otros. Sus vidas han sido consideradas de menor valor dentro del sistema político y social.
Desde una perspectiva europea, donde las divisiones políticas suelen explicarse sobre todo por diferencias ideológicas, puede resultar sorprendente que en Perú exista también una división tan marcada por el racismo hacia las comunidades indígenas de los Andes. En tu documental se percibe claramente esa fractura entre el poder central y regiones como Puno o Juliaca. ¿Era importante para ti mostrar esa dimensión histórica de la desigualdad?
Sí, absolutamente. Esa es en realidad una de las tesis centrales de la película. Hay un momento en el documental en el que uno de los personajes, el padre Ducho, dice una frase que resume muy bien esa idea: “Siempre ha sido así, pero no siempre tiene que ser así”.
Durante más de doscientos años de República, muchas de estas comunidades no han tenido los mismos derechos que otros ciudadanos. Han vivido en condiciones de marginación política, económica y social. Esa desigualdad no es algo reciente, es algo que viene de muy atrás.La película intenta mostrar esa realidad histórica, pero también intenta mostrar algo más: la dignidad de la gente. Porque a pesar de todas esas dificultades, las comunidades siguen luchando por sus derechos, siguen organizándose y siguen reclamando justicia.
Yo creo que es importante que el público vea esa dimensión de dignidad y de esperanza. No se trata solo de contar una tragedia, sino también de mostrar la fuerza de las personas que están intentando cambiar esa situación.

Uno de los elementos más llamativos del documental es la presencia constante de la música. Las canciones, los músicos populares y las expresiones culturales aparecen de forma muy natural en distintos momentos de la película, incluso en contextos de protesta o de duelo. ¿Cómo surgió la idea de que la música funcionara como un hilo conductor del relato?
En realidad no fue una decisión que tomara desde el principio. La música estaba allí, formaba parte de la realidad que estábamos filmando. En las comunidades de esa zona del lago Titicaca la música popular está presente en la vida cotidiana, en las celebraciones, en los conflictos, en los funerales.
Cuando salíamos a rodar a la calle siempre había música. Había grupos de músicos tocando en las manifestaciones, había mujeres cantando en los entierros, había gente que utilizaba la música como una forma de expresar lo que estaba ocurriendo.Al principio fue algo casi accidental. Estábamos filmando lo que ocurría y de repente aparecía la música como parte de la escena. Pero poco a poco empezamos a darnos cuenta de que tenía un papel muy importante dentro de la narrativa.
Además, la música popular en esas comunidades funciona también como una forma de memoria. Muchas canciones hablan de acontecimientos del pasado, de conflictos anteriores, de historias que han marcado a la comunidad. De alguna manera los músicos se convierten en cronistas de la historia.Por eso la música terminó teniendo un papel muy relevante en la película. No porque lo hubiéramos decidido de antemano, sino porque era una parte fundamental de la realidad que estábamos retratando.
En Uyariy los protagonistas son las propias personas que vivieron los hechos: familiares de las víctimas, manifestantes, músicos, vecinos de la región. El documental evita imponer una voz externa y deja que sean ellos quienes cuenten su historia. ¿Desde el principio tenías claro que la película debía construirse desde la mirada de las víctimas?
Sí, esa fue siempre la intención. Desde el momento en que conseguimos entrar a rodar en la zona, pocas semanas después de que ocurrieran los hechos, tenía claro que la película debía contarse desde la perspectiva de quienes estaban viviendo esa realidad. La cámara tenía que colocarse donde miraban ellos. Teníamos que escuchar sus testimonios, sus recuerdos, su forma de entender lo que había ocurrido. Era importante que la película no hablara por ellos, sino que les permitiera hablar directamente.
Además, las propias comunidades se implicaron mucho en el proceso. Los familiares de las víctimas, las personas que habían perdido a sus seres queridos, las comunidades que habían vivido la represión… todos ellos entendieron muy bien lo que queríamos hacer y nos ayudaron mucho durante el rodaje. Eso hizo que la película se construyera de una manera muy colectiva. No fue solo un proyecto del equipo de filmación, sino también un proyecto en el que participaron muchas de las personas que aparecen en pantalla.
El documental también muestra la presencia de muchos jóvenes en las movilizaciones y en las discusiones sobre el futuro del país. En medio de una situación política tan compleja, ellos parecen representar una cierta esperanza de cambio. ¿Crees que las nuevas generaciones pueden impulsar una transformación en Perú?
Sí, yo creo que sí. Lo que ocurrió en 2023 fue un estallido social que refleja una situación que el Perú arrastra desde hace muchos años. Hemos tenido ocho presidentes en diez años, lo que muestra una crisis institucional muy profunda.
Hay niveles muy altos de corrupción, hay desigualdades enormes y hay muchas regiones del país que se sienten completamente marginadas por el poder central. Pero en esos momentos de crisis también aparecen nuevas voces. Aparecen jóvenes, aparecen comunidades indígenas organizadas, aparecen movimientos sociales que están planteando la necesidad de una refundación del país. El Perú tiene que repensarse completamente. Por ejemplo, la Constitución actual ni siquiera reconoce que el país es multinacional, cuando en realidad conviven muchas naciones y culturas distintas dentro del mismo territorio.Creo que ese es uno de los grandes debates que el país tiene por delante.
Como director peruano, imagino que rodar una película sobre un conflicto tan cercano también tiene una dimensión emocional muy fuerte. ¿Te resultó difícil separar tu implicación personal de la mirada profesional durante el rodaje?
La implicación personal siempre está presente, incluso cuando ruedas en lugares que no son tu país. Yo he hecho películas en Kurdistán o en Palestina, por ejemplo, y también allí te conectas con la realidad que estás filmando. En este caso, evidentemente, es una historia que forma parte de mi propio país, pero también hay que entender que Perú es un país muy diverso. Las regiones donde rodamos tienen culturas y realidades distintas a las que yo conocía de forma más directa.
Lo importante es intentar conectar con la realidad de las personas que están viviendo esa situación y colocar la mirada desde su perspectiva. El cine documental tiene mucho que ver con eso: con escuchar, con observar y con intentar comprender lo que ocurre.
Para terminar, cuando el público vea la película en Málaga y posteriormente en salas de cine, ¿qué reflexión te gustaría que se llevara al salir del cine?
Creo que la película invita a reflexionar sobre la época que estamos viviendo. Cuenta una historia local, situada en una provincia del Perú a más de 4.000 metros de altura, pero lo que ocurre allí no es tan distinto de lo que ocurre en muchos otros lugares del mundo. Hay conflictos, desigualdades, luchas por la dignidad y por los derechos en muchos países. A veces pensamos que esas historias están muy lejos, pero en realidad hablan de problemas que son universales.
Si el público sale del cine pensando en eso, en cómo una historia pequeña puede reflejar dinámicas globales, entonces creo que la película habrá cumplido su función.