Joaquín del Paso, director mexicano, presentó en el Festival de Málaga su último largometraje, «El jardín que soñamos», dentro de la sección oficial. Tras un estreno internacional en Berlín, Del Paso trae a España una historia que combina migración, memoria y medio ambiente, abordando la travesía de una familia haitiana en México mientras entrelaza el destino de las mariposas monarca y el impacto de la tala ilegal. Con una fotografía cuidada y un enfoque profundamente sensorial, el filme invita a los espectadores a reflexionar sobre la condición migratoria del ser humano y la relación con la naturaleza. En una conversación con el director, exploramos cómo surgió la película, sus desafíos creativos y técnicos, y la reflexión que pretende dejar en el público.
Joaquín, primero de todo, muchísimas gracias por tu tiempo. Estamos muy contentos de poder hablar contigo aquí en Málaga, donde presentas El jardín que soñamos. Sabemos que vienes de Berlín, donde tuvo lugar el estreno internacional, pero ahora es vuestro estreno en España. ¿Qué se siente estar en Málaga y qué importancia tiene este festival para ti y para tu película?
Muchas gracias a ustedes por la oportunidad. La experiencia en Berlín fue muy buena, pero también intensa y un poco fría, porque los festivales grandes tienen una energía particular: todo es muy acelerado, mucha gente, mucha prensa, muchas proyecciones simultáneas y un ritmo que a veces te absorbe. Llegar a Málaga se siente como un respiro; aquí se percibe una calidez que permite realmente conectar con el público, escuchar sus reacciones, sentir sus emociones y tener un diálogo más cercano. Para mí, es un honor estar en Málaga porque es un espacio que apoya un cine diferente al habitual en España, un cine que nos permite mostrar historias desde Latinoamérica con miradas únicas y personales. Además, es mi primera vez en este festival, y me emociona poder presentar El jardín que soñamos en un lugar donde sé que habrá interés por la narrativa humana y la reflexión que propone la película.
Hablando de la película, El jardín que soñamos cuenta la historia de una familia haitiana en su travesía por México hacia el “sueño americano”. ¿Cómo surgió la idea de contar esta historia y por qué decidiste centrarte en la migración haitiana y no en otros colectivos migrantes que también cruzan México?
La idea surgió durante la pandemia, cuando se cerraron las fronteras entre México y Estados Unidos durante más de un año. Fue un momento en el que los flujos migratorios desde Sudamérica, Centroamérica y el Caribe se hicieron más visibles y también más urgentes. En México, la narrativa habitual se centra en migrantes mexicanos o centroamericanos, pero muy pocas historias mostraban la travesía de personas de Haití, que cruzaban el país en condiciones similares o incluso peores. Me interesó mostrar esta experiencia y, al mismo tiempo, establecer un diálogo simbólico con la migración de las mariposas monarca, una especie que también enfrenta su propia travesía peligrosa debido a la tala ilegal. Pensé en un universo donde estas dos migraciones —la de los haitianos hacia el norte y la de las mariposas hacia México— se entrelazaran de manera metafórica, mostrando la vulnerabilidad y la resistencia tanto de los humanos como de la naturaleza.
La fotografía en la película es realmente impresionante, y supongo que filmar en medio de un bosque con tanta vegetación debió suponer un gran desafío. ¿Cómo lograste ese equilibrio entre la belleza visual y la narrativa íntima de la familia?
La película la trabajé de manera muy intuitiva. La preparación inicial fue práctica: organizar locaciones, coordinar al equipo, tener todo listo para filmar. Pero durante el rodaje, cada día era una exploración; íbamos inventando la película sobre la marcha, tratando de capturar lo que el bosque y la naturaleza nos ofrecían. Con mi director de fotografía, Gökhan Tiryaki, que tiene un ojo increíble, buscamos una aproximación sensorial. La cámara flota, se mueve, respira con los personajes y con el entorno. No queríamos imponer un estilo rígido, sino dejar que la película surgiera del contacto directo con la naturaleza y la familia, que se volvieron coautores de la historia al mostrarnos su vida y su realidad. El montaje también fue un proceso clave: durante meses trabajamos para equilibrar las múltiples narrativas —la migración, la supervivencia, la relación con la naturaleza— y darles un sentido poético, emocional y fluido.
Me llamó mucho la atención el personaje de Junior y la escena en la que está a punto de talar un árbol, y la cámara se centra únicamente en el árbol durante un momento. Parece casi que haya un diálogo con la naturaleza. ¿Era algo que buscabas desde el guion o surgió durante el rodaje?
Esa escena es muy importante para mí. Quise mostrarla desde la perspectiva del bosque, como si el árbol fuera un testigo silencioso y milenario de nuestras acciones. La cámara deja de enfocarse en los humanos y se centra en el árbol, no para dar un discurso moralista, sino para invitar al espectador a sentir la presencia de otros seres vivos que también experimentan el paso del tiempo, la destrucción y la fragilidad de la vida. Es un recordatorio de que nuestras decisiones, por banales que parezcan, impactan en todo a nuestro alrededor. Esa filosofía permea toda la película: la naturaleza es un protagonista más, y entenderla nos permite empatizar con el mundo que compartimos.

La película también aborda temas de tráfico y explotación de recursos naturales, como la tala ilegal. ¿Qué relación encontraste entre estos negocios y otros ilícitos más visibles, como la droga o la trata de personas?
La tala ilegal es un ejemplo de cómo las actividades aparentemente secundarias pueden tener un impacto global y destructivo. En México, se ha documentado que la madera ilegal a menudo se intercambia por insumos para la producción de drogas. Esto demuestra que todo está interconectado: lo que parece un problema ambiental local tiene ramificaciones sociales, económicas y hasta criminales. La película busca mostrar que muchas veces no valoramos la importancia de estos ecosistemas y recursos, y que la explotación indiscriminada tiene consecuencias inmediatas y simbólicas.
Joaquín, como director, ¿qué reflexión o sensación te gustaría que el espectador se llevase tras ver El jardín que soñamos?
Para mí, el cine es un vehículo de empatía. Con esta película, mi invitación es a vivir, durante un momento, la vida de esta familia y su relación con el bosque y la naturaleza. Quiero que el público sienta lo que ellos sienten, que se conmueva con la fragilidad de la vida y la resistencia de quienes atraviesan situaciones difíciles, y también con la majestuosidad y vulnerabilidad de la naturaleza. No es un mensaje moralista, sino una invitación a abrir la mirada, a comprender la interconexión entre los humanos y el entorno que nos rodea, y a reflexionar sobre nuestra propia vida y las decisiones que tomamos.
Y para terminar, aprovechando que estamos en un festival donde se estrenan nuevos proyectos, ¿puedes adelantar algo sobre tus próximos trabajos?
Sí, justamente después de esta serie de festivales regresaré a casa en México y comenzaré a escribir una nueva película. Por ahora, solo puedo decir que será un proyecto histórico ambientado en México. Estoy en la etapa de conceptualización y muy entusiasmado por explorar nuevos temas y nuevas narrativas que conecten nuevamente con la gente y con la historia de nuestro país.