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«El escritor y el asesino»: Intentar comprender

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Carlos Muñiz Vidal
Carlos Muñiz Vidal
Intento huir de las películas y las series, pero ellas me persiguen. Desde mis estudios de audiovisuales a mi trayectoria profesional en canales temáticos, puede que sea yo el que las persiga a ellas. Fascinado por las historias desde siempre, sean éstas a través del cine, la literatura, el teatro o la televisión, en esta época de plataformas intento buscar esa fascinación oculta en el algoritmo que nos impide descubrirlas.
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Emmanuel Carrére, el autor de la obra maestra «El adversario», cuyo argumento es el tema de este documental disponible en Filmin, empezó a escribirle al asesino Jean Claude Romand una carta. Romand acababa de ser condenado por asesinar a su mujer, sus dos hijos de corta edad, sus padres y hasta a su perro, en una serie de acontecimientos violentos que culminaron una vida llena de mentiras.

Carrére empezó esa carta con el encabezamiento «Querido señor Romand…» En este documental se muestra arrepentido de esto, y de hacer que la compasión por los terribles hechos sucedidos en los que Romand fue el gran responsable, parecieran una justificación a la que el asesino pudiera agarrarse como si en realidad fuera víctima de los hechos.

Este documental, tan de actualidad a raíz de la polémica sobre la no publicación por parte de la editorial Anagrama del libro «El Odio», de Luisgé Martín, ahonda en el conflicto personal que todo autor afronta cuando tiene que aproximarse al mal absoluto para intentar crear una obra literaria.
En Francia sería inaudito que una editorial no publicara «El Adversario», la obra maestra de Carrére basada en los crímenes de Romand, y si eso hubiera sucedido tampoco existiría esta reveladora reflexión sobre alguien que intenta lo imposible: comprender a un asesino.

Ese pacto con el diablo del que habla Carrére, es el mismo del que también hablan Javier Cercas en El Impostor, sobre Enric Marco, el pretendido superviviente del Holocausto, o Truman Capote en A Sangre Fría, posiblemente el mejor libro de este estilo que se haya escrito, sobre el asesinato de la familia Clutter y la posterior persecución y ejecución de sus asesinos.
Qué tres obras maestras nos hubiéramos perdido si primaran como en el caso del libro de Luisgé Martín las opiniones ajenas al creador de la obra, y los discutibles juicios morales que acompañan cualquier polémica, escudándose en este caso incluso en el dolor de una madre.

Es conmovedor cómo Carrére intenta trasmitir tantos años después su primer deseo, aquél que le seducía para empezar a contar la historia de este hombre y sus crímenes; cómo intentó que le ayudara a comprender lo que hizo, cómo se da cuenta de que Romand solo le contesta a sus cartas cuando tiene éxito con su novela anterior (la magnífica «Una semana en la nieve»), dándose cuenta de que puede lograr la trascendencia a través de Carrére, utilizándolo como hacen todos los asesinos narcisistas del mundo.

Y al igual que en el libro de Martín, Carrére también transcribe el relato del Romand sobre cómo mató a su familia, en las propias palabras del asesino, casi cómo si planeara en todo momento ser el encargado de que sus propias palabras fueran las que el público recibiera, y en ambos casos son dos descripciones desgarradoras por lo que cuenta y por incluso el modo en qué lo cuenta, pero al mismo tiempo el escritor se hace a un lado y logra con ello que resulten todo lo espeluznantes que el libro necesita.

Esa eterna seducción del mal, primero en el escritor y luego en los futuros lectores. La misma seducción que en Capote, que no podía dejar de pensar en esa familia asesinada en el lejano para él Holcomb, Kansas, después de leer la noticia en el periódico; a Carrére también había algo en esta historia que le atraía. Ni siquiera había empezado a escribir este libro pero ya seguía las instrucciones que le dictaba su instinto de creador e iba a los sitios en donde Romand había estado, los parques y áreas de servicio en donde esperaba en el coche sentado durante los años que fingió ir a trabajar a la OMS. El mismo confiesa que una vez que comenzó a escribirlo, el libro se escribió prácticamente solo, hasta tal punto había interiorizado la historia durante todo ese tiempo.

A Carrére le fascina el vértigo de la historia y no puede evitar dejarse seducir por él, al igual que nosotros no podemos dejar de leer su libro. Pretender que el autor de los crímenes pueda explicar lo inexplicable, el asesinato a sangre fría de inocentes con lucidez es algo que a todos estos escritores les atrae. El ataque que sufre (también en el documental) en las entrevistas que concedió tras la publicación del libro y su defensa sobre lo que había escrito, es analizado de forma muy crítica por el propio Carrére y los estudiosos de su obra en este documental de tal manera que la voz del autor se funde con la de sus críticos para censurar ese acercamiento a una de sus obras más reconocidas.
Llega a manifestar qué pensarán sobre lo que acababa de escribir sus hijos, lo cual muestra un reverso de un autor de esta magnitud pocas veces visto en una pantalla.

El propio fiscal del caso, ya que otra brillante idea es fundir ambos aspectos, el real y el del libro, intenta comprender sus actos, sus reacciones, intentando acercarse a él como ser racional, para darse cuenta él y todos los demás, que lo que perseguía el asesino Romand era el amor y la admiración de su familia, de su pareja desde el instituto, algo verdadero cuando todo lo demás era falso. No había nada detrás de todas sus mentiras, todo era pura invención: su trabajo en la OMS, su carrera de médico, en definitiva, su vida, no ocultaba nada más terrible, algún secreto inconfesable. Simplemente no era verdad. Y sin escapatoria, todo se sabría en algún momento.
De ahí esa resolución definitiva, ese querer acabar con todo y con todos los que le rodeaban. Un punto final absoluto, la única salida para una mente narcisista y llena de necesidad de atención como la suya.

Carrére se pregunta si Romand en algún momento, en alguna de esas horas interminables sentado en su coche fingiendo que estaba en su oficina trabajando se mentía también a sí mismo, o si por el contrario era en esos momentos cuando era él mismo de verdad, sin fingir ante nadie.

“He matado a todos los que amaba y por fin soy yo mismo.”

Esa era la razón última del libro, el verdadero motivo para dedicar ese tiempo y ese esfuerzo a hablar de Romand. Carrére, al igual que Capote o Cercas, llega hasta el final en su libro y en este documental.

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