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«El clan de hierro»: Garras humanas

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Sergio Román
Sergio Román
Cinéfilo empedernido y cineasta de vocación. He desarrollado mi trayectoria delante y detrás de la cámara, dentro (haciendo cine) y fuera (escribiendo sobre él). Me gusta Alex Cox y me gusta Michael Bay. Nada humano me es ajeno, y si es de cine menos.
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Los primeros avances de El clan de hierro hacían presagiar una nueva incursión en el territorio de las películas con ambientación retro. Siendo los ochenta la década que más ha sido objeto de recreación en los últimos tiempos, con series como Stranger Things (Matt y Ross Duffer, 2016) o GLOW (Liz Flahive, Carly Mensch, 2017) como certeros ejemplos, los setenta también han viajado al presente a través de largometrajes que trataban de emular su estética con experimentos tales como Grindhouse (Robert Rodriguez, Quentin Tarantino, 2007) y la más reciente X (Ti West, 2022). La cinta que nos ocupa transcurre entre esas dos décadas y, si bien guarda paralelismos con la serie de lucha libre femenina liderada por Alison Brie y el american gothic protagonizado por Mia Goth, la obra de Sean Durkin va un paso más y, bordeando con cautela lo que bien podría haber acabado siendo un biopic con olor a  telefilm, consigue llevar a cabo la proeza de obsequiarnos con una conmovedora historia sobre la familia, los lazos fraternales y el daño que puede infligir una figura paterna represora.

La historia real en la que se basa la película tiene como eje central la relación entre los hermanos Von Erich y la de éstos con un rígido y disciplinado progenitor, que parece empeñado en que todos y cada uno de ellos lleven a cabo el sueño que él no pudo cumplir: ser campeón de lucha libe. Las férreas directrices bajo las que gobierna el hogar familiar y las vidas de sus vástagos acabarán teniendo consecuencias desastrosas para todos.

A medida que avanza la película de Durkin, descubrimos que no es precisamente un retrato más sobre lucha libre. Las películas de wrestling o boxeo parecen ser marcos perfectos para hacer duras radiografías del alma humana, y ésta lo hace sin anestesia. Zac Efron ha llevado a cabo una de esas transformaciones que tanto gustan a la Academia, aunque sorprendentemente no ha sido recompensado por ello. La suya es sin lugar a dudas una actuación muy contenida que tiene la responsabilidad de sostener la trágica historia de esta familia.  El personaje vivirá un infierno personal con la muerte de todos sus hermanos, uno tras otro, atravesando el dolor hasta encontrarse con la comprensión de lo que los llevó a todos hasta ese lugar tan oscuro. Pronto entendemos que los combates son lo de menos y que no estamos ante otra historia más de superación en la línea del sueño americano. Aquí se trata de otra superación, de transcender heridas muy profundas, y el cineasta nos guía por otros derroteros. Esto queda patente cuando asistimos a unas escenas de lucha rodadas de forma austera, sin ningún tipo de grandilocuencia, en ocasiones ejecutadas en toma única, e incluso mostradas en off mientras el cineasta coloca el foco en el drama familiar. A este respecto podríamos situar la cinta en las antípodas de un Toro salvaje (Martin Scorsese, 1980) y, de forma inevitable, un poco más en la línea de El luchador (Darren Aronofsky, 2008). Desgarradora es la escena en la que la  madre interpretada por Maura Tierney observa el combate de Kevin con la mente puesta en la pérdida de su hijo David, y el director lo muestra de manera soberbia mediante el uso del espacio y a través de una multiescala en la que atisbamos, de forma fugaz y a lo lejos, a su hijo fallecido, desenfocado, remarcando con ello el vacío que ha dejado. Los espacios desangelados que rodean la casa familiar adquieren progresivamente más protagonismo y Durkin, maestro de la sutileza, consigue expresar visualmente la pérdida sirviéndose de escasos recursos.

La importancia de Texas como escenario apela también a una cierta mentalidad,  más conservadora, que late especialmente a través del personaje del patriarca, encarnado aquí por un Holt McCallany en estado de gracia. La llave que enseña a sus hijos para reducir a sus adversarios en el ring parece aludir a la opresión que él ejerce sobre ellos, en lo que supone una muestra descarnada de los efectos que tiene la masculinidad tóxica. A este respecto cabría mencionar los diferentes matices que encontramos entre el título original de la cinta, La garra de hierro,  y el que han elegido nuestros distribuidores patrios, El clan de hierro, que tiene una connotación más positiva y parece apelar a la encomiable relación entre los hermanos, seres luminosos que se apoyan incondicionalmente y que, a pesar de los intentos de su padre, no ceden a la competitividad que éste trata de inocularles. La madre, por su parte, vivirá también a la sombra de esta figura, conteniendo las lágrimas en los sucesivos funerales y haciendo comentarios desubicados y frívolos sobre su vestido, para tratar de no enfrentarse a una tristeza que la consume cada vez más. El viaje de esta mujer que, como todo en la película, está enmarcado dentro de la más absoluta sutileza, concluirá con un acto revolucionario al retomar una pasión artística que tanto ella como su marido dejaron atrás con su juventud.

En los apartados técnicos resulta encomiable el trabajo fotográfico de Mátyás Erdéli, responsable de títulos tan importantes como El hijo de Saul (László Nemes, 2015) o la anterior obra del director, The Nest (Sean Durkin, 2020), cuya carrera comercial fue eclipsada por la pandemia. Los cineastas parecen dialogar con la obra seminal de Tobe Hooper subrayando ciertos momentos de la historia con un enfoque que entronca con el cine de terror. No por casualidad, Durkin dice que hay algo de terror gótico en su historia. Y bien es cierto que el imaginario texano y, por extensión, de la América profunda, parece estar algo contaminado por ese american gothic que tan buenos títulos nos ha dado. Aquí, sin duda, se envía un mensaje sobre los peligros de esa opresión y la postal que se dibuja es desoladora. La música de Richard Reed Parry, líder de Arcade Fire, remata la jugada con un trabajo opresivo que apunta en la misma dirección y que contiene ecos de algunas colaboraciones de Howard Shore con David Fincher, en especial Seven (David Fincher, 1995).

En resumen

Buenas noticias con la vuelta tras las cámaras de un cineasta que se ha prodigado poco pero que parece tener mucho que decir. Sin duda, aquí sale victorioso al manejar el delicado equilibrio entre una nueva historia «basada en hechos reales» y una película expresiva con entidad propia. Cine de machos que en realidad no lo es, cargado de sensibilidad y que se antoja muy necesario para sacar a la luz patrones nocivos y para dejar atrás, de una vez por todas, una masculinidad obsoleta.

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