Desde su secuencia inicial ya queda claro que nos esperan emociones fuertes. La tienda en la que se encuentran los personajes interpretados por Charlize Theron y Eric Bana cuelga, literalmente, de una pared vertical de 90 grados de una montaña rocosa que están escalando. Porque hay películas que no engañan desde el primer minuto. «Depredador dominante» es una de ellas. Un relato que apuesta por lo físico, por un ritmo constante y por ese tipo de tensión que no necesita demasiadas explicaciones para funcionar. Y, en el centro de todo, una presencia que lo sostiene prácticamente todo: Charlize Theron.
La actriz, ganadora del Oscar por Monster, lleva años demostrando que su carrera nunca ha dependido únicamente de su imagen. Estamos ante una actriz que puede con todo. Theron ha sabido moverse entre registros con una naturalidad envidiable: de la comedia incómoda de Tully o Young Adult, al thriller más retorcido como Lugares oscuros, sin olvidar su icónica reina malvada en el terreno fantástico en Blancanieves y la leyenda del cazador. Pero si hay un terreno donde la actriz sudafricana ha terminado sintiéndose como pez en el agua, ese es el cine de acción.
Desde que se transformó en Imperator Furiosa en Mad Max: Fury Road, su relación con el género ha ido mucho más allá del simple lucimiento físico. Lo confirmó en Atómica, lo consolidó en la saga Fast & Furious y lo reafirmó en las dos entregas de La vieja guardia, también estrenadas en Netflix. En todas ellas hay algo en común: una forma de habitar la acción que mezcla dureza, vulnerabilidad y una fisicidad creíble que pocas intérpretes —y actores en general— consiguen transmitir.
En la película, dirigida por Baltasar Kormákur y estrenada en Netflix el pasado 24 de abril, esa evolución encuentra un nuevo terreno de juego. Aquí, Charlize Theron encarna a una mujer marcada por la tragedia, alguien que intenta reconciliarse con la naturaleza… y consigo misma. Pero lo que empieza como un viaje de autoconocimiento acaba convirtiéndose en una lucha por la supervivencia.

Escrita por Jeremy Robbins en su debut narrativo, que demuestra un profundo amor y respeto por la naturaleza, y dirigida con inteligencia por Kormákur en Blue Mountains de Nueva Gales del Sur, el filme nos da lo que promete desde el primer momento. Una experiencia repleta de tensión y ritmo, que no da tregua al espectador y que no hace concesiones a la galería. Una propuesta que recupera la mejor tradición cinematográfica de aventuras que abrazan los espacios abiertos. Cuando llega la tragedia que en parte esperábamos, el arranque recuerda a Máximo riesgo o Límite vertical, mientras que a lo largo del resto de la película encontramos guiños a Río Salvaje (Meryl Streep también fue heroína de acción) o Free Solo. Apasionada de las escenas de riesgo, capaz de competir mano a mano Tom Cruise, veremos a Charlize Theron colgando de afiladas rocas o precipitándose por peligrosas cascadas.
La película funciona mejor una vez superado el momento de duelo y deja de lado cualquier intento de profundidad psicológica excesiva y se entrega al puro disfrute. En Depredador dominante no hay espacio para conocer el pasado de los personajes, ni para conocer en exceso las motivaciones de Ben (Taron Egerton), porque en el fondo tampoco nos interesan demasiado. Aquí lo importante es la persecución, es recorrer junto a los protagonistas los bellos y peligrosos paisajes australianos, que se convierten en un enemigo más al que derrotar. La historia es bastante sencilla: resistir o morir.
En esa sencillez es donde Charlize Theron brilla con más fuerza. Su presencia física no es un adorno, contribuye a la narración y a construir un personaje que arriesga, pero que también sufre. No es una heroína invulnerable, sino que es alguien que lucha por sobrevivir, que se cae y vuelve a levantarse. Por eso, hay momentos en los que la película se sostiene sobre su capacidad para transmitir agotamiento físico y mental, en una persecución mortal que la lleva al límite en cada escena.
Depredador dominante no reinventa el género, ni falta que le hace, solo busca ofrecer entretenimiento puro y duro. Es una película directa, física y consciente de hasta dónde puede llegar. Una historia en la que el clásico juego del gato y el ratón nos recuerda que incluso en los entornos más salvajes, el ser humano sigue siendo el depredador más peligroso.