Presentado en la sección oficial de documentales a competición del Festival de Málaga, «Blackwater» se adentra en uno de los escenarios donde el cambio climático ya es una realidad cotidiana. El director Natxo Leuza y el productor y director de fotografía Jokin Pascual firman un documental que sigue a varias personas obligadas a abandonar sus hogares en Bangladesh por la subida del nivel del mar, las tormentas y la degradación ambiental. La película no solo muestra el impacto humano de esta crisis, sino que plantea preguntas sobre el futuro de millones de desplazados climáticos.
El cambio climático suele abordarse desde cifras, informes científicos o cumbres internacionales, pero Blackwater propone una mirada distinta: poner rostro a las personas que ya viven sus consecuencias. El documental dirigido por Natxo Leuza y producido por Jokin Pascual se presenta en la sección oficial de documentales a competición del Festival de Málaga con una propuesta que combina una potente dimensión visual con un enfoque profundamente humano. La película llega al certamen después de iniciar su recorrido internacional en CPH:DOX, uno de los festivales de documental más importantes del mundo. Para sus creadores, presentar la obra en España supone un paso significativo en su recorrido. “Competimos en sección oficial y estamos muy felices”, explica Leuza. “Estrenamos el año pasado a nivel internacional en CPH Docs, en Copenhague, que es un festival importante para el documental, y no vemos mejor manera de presentarla en España que a través del Festival de Málaga”. El vínculo de los autores con el certamen también ha influido en esta decisión. “Tanto para Joaquín como para mí tenemos una relación muy especial con el festival, donde casi siempre apoya nuestros trabajos, entonces estrenar Blackwater ahí es algo que deseábamos y es una suerte poder empezar así”.
El origen del documental se encuentra en una noticia que llamó poderosamente la atención del director. Una cifra concreta que revelaba la magnitud de un problema que apenas ocupa titulares. “Leí que para el año 2050 entre 20 y 30 millones de personas en Bangladesh van a tener que dejar sus casas para desplazarse internamente a la gran ciudad de Dhaka”, recuerda Leuza. “El titular hablaba de que nos enfrentamos a la mayor migración humana de la historia”. Aquella información despertó su curiosidad y le llevó a investigar con mayor profundidad la situación del país. Bangladesh es uno de los territorios más densamente poblados del planeta y se encuentra especialmente expuesto al impacto del cambio climático. Gran parte de su territorio está formado por deltas fluviales muy vulnerables a las inundaciones, mientras que el aumento del nivel del mar amenaza con anegar extensas zonas costeras. “El 17% del litoral sur, donde están los manglares que son considerados los pulmones de Bangladesh, va a ser inundado por el agua”, explica el cineasta. “Eso significa que millones de personas van a tener que desplazarse primero dentro del propio país”.
Ese desplazamiento ya está ocurriendo. No se trata de una previsión lejana sino de un proceso que se desarrolla de forma constante. “Hay una especie de goteo donde millones de personas llegan cada día desde las zonas rurales a la gran ciudad por consecuencias del cambio climático”, señala Leuza. “Inundaciones, tormentas, erosión de la tierra o la salinización del agua están obligando a mucha gente a abandonar sus hogares”. El destino habitual de estas personas es Dhaka, una megaciudad que crece sin descanso y que cada vez encuentra mayores dificultades para absorber ese flujo de población. Muchos de los recién llegados terminan instalándose en barrios marginales donde la precariedad laboral y la contaminación son la norma. “Son personas que lo han perdido todo y que se instalan en slums donde el único acceso a trabajo son empleos muy precarios y altamente contaminantes”, afirma el director. “Eso los atrapa en una espiral de pobreza y devastación ambiental”.
Para Leuza, Bangladesh funciona hoy como un aviso de lo que podría ocurrir en otras partes del mundo en las próximas décadas. “Ahora mismo actúa como un faro para otros países”, sostiene. “Lo que pasa en Bangladesh va a pasar en otros lugares”. El cineasta menciona ciudades como Tokio, Estambul o Ámsterdam entre las que podrían verse afectadas por el aumento del nivel del mar. Pero más allá del impacto geográfico, el documental también plantea una reflexión sobre la desigualdad climática. “Estas personas solo aportan una fracción de las emisiones globales y sin embargo sufren las máximas consecuencias”, explica. “Creo que nos enfrentamos a una especie de apartheid climático donde los países ricos podrán pagar para solventar los problemas del calentamiento, mientras el resto de la población tendrá que sufrirlos”.
El proyecto también surge de la colaboración entre sus responsables. Jokin Pascual y su socia, la directora de arte Lucía Benito, conocían el trabajo de Natxo Leuza desde hacía tiempo. “Nos gustó mucho uno de sus cortometrajes y queríamos trabajar con él”, recuerda Pascual. La oportunidad apareció en 2022, cuando produjeron un documental anterior del director centrado en la guerra de Ucrania. Durante ese proceso, Leuza empezó a hablarles de Blackwater. “Cuando vimos el dosier y él nos explicó el proyecto nos encajó a la primera”, explica el productor. “Nos entusiasmó por la temática, pero sobre todo por la mirada que tiene Natxo”. Además, el proyecto ofrecía un espacio donde el equipo podía aportar su experiencia técnica. “Tanto Lucía como yo venimos del mundo técnico. Yo soy director de fotografía y ella es directora de arte, y Blackwater tenía una carga estética muy importante”, señala Pascual. “Eso fue lo que terminó de convencernos”.
El rodaje se desarrolló en dos viajes a Bangladesh. El primero tuvo lugar en 2023 y sirvió para realizar un proceso de exploración, localizar personajes y preparar la película. “Hicimos un primer viaje para hacer scouting y también un casting sobre personajes que Natxo ya había localizado previamente”, explica Pascual. Entre ellos se encontraba Loqui, una de las protagonistas del documental, cuya historia aparece reflejada en vídeos de la ONG BRAC. “Fuimos a buscarla porque sabíamos que su historia era representativa de lo que estaba pasando”, añade. Tras ese primer contacto, el equipo regresó en junio de 2024 para rodar el grueso del documental.
Trabajar en ese entorno supuso enfrentarse a numerosos desafíos. En las zonas rurales, el principal obstáculo eran las mareas que inundaban periódicamente los pueblos. “Había momentos del día en los que el río inundaba la mayor parte del lugar y otras horas en las que lo dejaba todo convertido en un barrizal”, explica Leuza. Estas condiciones hacían extremadamente difícil moverse con el equipo de rodaje. “Preparar las secuencias era complicado porque teníamos que planificar todo muy bien dependiendo de las mareas”. A ese escenario se sumaban otros riesgos naturales. “También existe el problema de las serpientes, cocodrilos o tigres de Bengala que viven en la zona”, cuenta el director. “Nos encontramos con personas que tenían heridas provocadas por tigres o por mordeduras de serpiente”. Aunque el equipo logró evitar incidentes graves, el entorno recordaba constantemente la fragilidad de las condiciones de vida en esa región.
El rodaje en la gran ciudad presentaba otro tipo de dificultades. “Moverse con tanta cantidad de gente es muy complicado”, explica Leuza. La presencia de cámaras despertaba inmediatamente la curiosidad de los habitantes. “Son muy respetuosos y muy amables, pero también muy curiosos. En cuanto sacas la cámara tienes a treinta personas detrás preguntando”. Esto hacía difícil captar momentos espontáneos sin alterar la escena. Además, el equipo tuvo que enfrentarse a las lluvias torrenciales propias del monzón. “El cielo podía estar despejado y de repente aparecer una nube que descargaba una cantidad de agua brutal”, recuerda el director.

Para Jokin Pascual, responsable de la fotografía, uno de los mayores retos fue mantener una coherencia visual a lo largo de todo el documental. Antes del rodaje mantuvo varias conversaciones con Leuza para definir el estilo visual de la película. “Le pregunté si quería separar la zona rural de la ciudad desde el punto de vista visual, pero él tenía claro que no”, explica. El director quería que toda la película compartiera una misma atmósfera. “La palabra que teníamos muy presente era ‘apocalíptica’”, recuerda Pascual. Para lograr esa sensación, decidieron aprovechar los elementos naturales del paisaje, especialmente el cielo. “Las nubes eran nuestro aliado y nuestro enemigo al mismo tiempo”, afirma. Su presencia constante ayudaba a crear la atmósfera dramática que buscaban, pero también obligaba a trabajar con rapidez. “Podías tener una luz perfecta y en cuestión de segundos el cielo se volvía completamente negro y empezaba a llover”. En ocasiones, rodar era como trabajar bajo una cascada de agua. “Había momentos en los que parecía que alguien estuviera echando cubos de agua encima del equipo”, dice el director de fotografía. A pesar de las dificultades, el resultado ha sido satisfactorio. “La cámara respondió increíblemente bien y conseguimos imágenes muy potentes rodando bajo la lluvia”.
La narración de Blackwater se construye a través de varios personajes que representan diferentes formas de enfrentarse a la crisis climática. Uno de ellos es Loqui, una mujer que se ve obligada a abandonar su hogar para intentar encontrar trabajo en la ciudad y ayudar a su familia. Otro es Shakila, una joven activista que dirige un programa de radio y reclama justicia climática para las generaciones futuras. Pero hay un tercer personaje que ocupa un lugar central en la estructura narrativa: Roy. “Es un agricultor que pierde sus cultivos por la salinización del agua”, explica Leuza. Como tantos otros, se ve obligado a abandonar su hogar y trasladarse a la ciudad. Ese cambio transforma profundamente su manera de ver el mundo. “En la segunda parte de la película se convierte en una especie de profeta”, señala el director. Roy comienza a pronunciar discursos en los que advierte sobre el futuro que se avecina, aunque la mayoría de quienes lo escuchan reaccionan con incredulidad. “Encarnaba muy bien la figura de Casandra”, afirma Leuza. “Tiene el poder de ver lo que viene, pero también la maldición de que nadie le crea”.
Con esta historia, Blackwater busca ir más allá del simple retrato documental. Sus autores pretenden invitar al espectador a reflexionar sobre las consecuencias humanas del cambio climático y sobre la responsabilidad colectiva frente a este fenómeno. En palabras de Natxo Leuza, la historia que se muestra en la película no es un problema lejano ni ajeno. “Estas personas están sufriendo las consecuencias de un problema que no han provocado”, afirma. Y concluye con una advertencia que resume el espíritu del documental: “Lo que está pasando ahora en Bangladesh puede suceder mañana en muchos otros lugares del mundo”.