Stéphane Demoustier, director francés con una trayectoria marcada por el interés en los dilemas morales y la complejidad de sus personajes, presenta «El Arquitecto», su último trabajo cinematográfico que adapta la novela «El Gran Arco de Laurence» Cosé. La película narra la construcción del Arco de la Defensa en París, combinando historia, arte y poder, y refleja la pasión de Demoustier por la arquitectura, que ha sido un hilo conductor en su carrera. «El Arquitecto» ha sido reconocida por la crítica y por la industria, obteniendo ocho nominaciones a los prestigiosos premios César, lo que consolida a Demoustier como uno de los cineastas franceses contemporáneos más destacados. En esta entrevista, el director explica cómo su formación y experiencia previa en arquitectura y cine se entrelazan para crear una narrativa visual potente, mientras reflexiona sobre la relación entre la creación artística, los valores personales y las tensiones que surgen entre ambos.
Stéphane, antes de hablar de El Arquitecto, me gustaría que nos cuentes un poco sobre tus inicios: ¿cómo fue que, viniendo de un bagaje académico en ciencias políticas, terminaste involucrándote en el cine y la producción audiovisual?
Bueno, al principio fue todo cuestión de casualidad. Acabé trabajando en el Ministerio de Cultura, en el departamento de arquitectura, a pesar de haber estudiado ciencias políticas. Allí, principalmente redactaba notas técnicas y administrativas, pero siempre he sido un apasionado del cine. Entonces buscaba la forma de conectar mi trabajo con mi verdadera pasión.
Se me ocurrió aprovechar mi formación en arquitectura: propuse proyectos de documentación y firma de edificios a distintas instituciones. Empecé con uno, luego dos, y acabé firmando muchísimos. Todo esto fue paralelo a mi interés por el cine. Aunque mi objetivo siempre fue dedicarme a la cinematografía, tuve que encontrar un puente entre lo que hacía y lo que quería hacer. Fue ahí donde empecé a trabajar con la luz, la estética, los espacios, y trasladé todo eso también a un plano político. Así fue como comencé a acercarme al cine.
En alguna entrevista has mencionado que ves ciertas similitudes entre la arquitectura y el cine. ¿Podrías explicarnos qué aspectos consideras que comparten estas dos disciplinas?
Bueno, hay varios puntos en común, desde luego, no. Me parece que ambos son, digamos, artes del prototipo del colectivo. Está claro que nunca ni la arquitectura ni el cine se hace solo. Necesitas a todo un colectivo a tu alrededor o de clase o contigo, ¿no? Hay una dimensión también técnico, industrial en ambos, ¿no? Luego está la dicotomía en ambos también, tienes una idea. Pero ¿cómo llevar esa idea a la práctica, a la realidad? ¿Cómo acomodar tu idea antes? digamos, todas las dificultades financieras, materiales, etc. Tienes que inculcar un camino siempre, ¿no? Entonces siempre en estos dos artes, tanto en la arquitectura como en el cine, tienes que encontrar un camino para poder plasmar tu idea en la realidad del mundo.

Hablando de El Arquitecto, la película está basada en la construcción del Arco de la Defensa y en la novela El Gran Arco de Laurence Cossé, además de inspirarse en el trabajo del arquitecto, Johan Otto von Spreckelsen. ¿Dirías que tu amor por la arquitectura fue lo que te impulsó a llevar esta historia al cine?
Bueno, desde luego. O sea, por eso mismo leí la novela. En ningún momento pensaba en adaptarla cuando la compré para leerla, ¿sabes? La leí por mi interés, por interés personal, ¿no? Además cuando la leí, pensé que era una novela totalmente inadaptable. ¿Por qué? Pues porque ocurría eran los años 80 de época. Y luego poner en digamos, a pasar en el cine esta obra, esa construcción, también suponía muchas dificultades, ¿no? Pero luego con el tiempo me di cuenta de que lo bueno es que la novela ofrecía, digamos, la culpa de entrada, o sea siempre hay que en el cine si quieres contar una historia, debes tener a un personaje algo que te permite o sea construir esa historia. Y eso es lo que hace exactamente Johan ¿no? Me permitió encarnar la historia, poco a poco descubrir que ofrecía un hilo narrativo gracias a su personaje Entonces, además, me permitió encarnar la historia y explorar cuestiones que me interesaban profundamente, combinando mi pasión por la arquitectura con el cine.
Me gustaría destacar que la película me pareció fascinante, porque muestra un monumento icónico de París, pero también explora una tensión entre el arte y el poder, un tema que aparece en otras de tus obras, como en «La chica del brazalete» o «Borgo» ¿Cómo logras equilibrar la dimensión histórica con estos dilemas morales?
A ver, te reconozco que yo cuando hago una película no me doy cuenta de los puntos de lo que puede tener en común con los precedentes. ¿no? O sea, no lo veo, sinceramente, ¿no? Pero sí que puedo decir es que me gusta, o sea, que mi idea, mi objetivo, cuando hago una película son personajes complejos, ¿no? Y ver que todos no es que tengan razón, pero tienen una razón por hacer lo que hacen. Lo hacen por algo. No por eso tienen razón. Despertar también que los debates morales me apasionan. Y eso es lo que quiero usar en el cine. ¿Cómo puede uno seguir adelante con sus valores, con los valores que uno tiene, no? Porque claro, muchas veces, o sea, nuestros valores, o sea podemos tener sentimientos contradictorios totalmente, no creer en algo y sin embargo, ellos por otro camino, esa tensión la que quiero mostrar, ¿no? en las películas. Mi intención es reflejar sentimientos complejos y contradictorios que todos tenemos, sin imponer juicios morales, para que la audiencia pueda identificarse con los dilemas de los personajes.