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«Yellowstone»: Adiós Montana

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Carlos Muñiz Vidal
Carlos Muñiz Vidal
Intento huir de las películas y las series, pero ellas me persiguen. Desde mis estudios de audiovisuales a mi trayectoria profesional en canales temáticos, puede que sea yo el que las persiga a ellas. Fascinado por las historias desde siempre, sean éstas a través del cine, la literatura, el teatro o la televisión, en esta época de plataformas intento buscar esa fascinación oculta en el algoritmo que nos impide descubrirlas.
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Acaba de finalizar en SkyShowtime la serie «Yellowstone». Es la crónica de un final anunciado tras el abandono de su máximo protagonista, Kevin Costner, embarcado en una epopeya personal llamada «Horizon» por la que, no sólo ha dejado el papel que le ha devuelto el protagonismo perdido tras años apostando por proyectos mediocres (Emboscada Final, Criminal, McFarland), sino que incluso ha hipotecado parte de su fortuna y la de sus hijos, o al menos eso ha pregonado como para que la gente tengo un motivo para ir al cine.

Al ver el final, recordaba la película La caza del Octubre Rojo dónde Sam Neill es un capitán de submarino ruso que intenta desertar a bordo del navío que da nombre a la historia. Lamentablemente, las cosas no salen bien y (spoiler) sus últimas palabras antes de morir son “…ya no veré Montana”, paisajes que ha evocado en una conversación anterior como el principal motivo de su deserción.

Ahora mismo todos los seguidores de la serie Yellowstone nos sentimos un poco así, como Sam Neill. Y no sólo porque Yellowstone esté ambientada en Montana, sino por la manera en la que está ambientada en una Montana de la que casi deseas formar parte en cada episodio, un sitio que se huele, se siente, se percibe.

Han sido cinco inolvidables temporadas llenas de caballos, ganado, paisajes, nieve, bosques, fogatas, pero también abogados, militares, especuladores y ametralladoras. Como un buen western, pero a lo bestia. Así es la serie emblema de Taylor Sheridan quién se unió hace tiempo al reparto con un personaje tejano escrito a su medida (por él mismo, imagino). No ha sido un final épico; tampoco decepcionante. Monótono tal vez. Había que ir finalizando las tramas pendientes, situar a los personajes rumbo a sus nuevos destinos, liquidar, vender, ajustar para que la mayoría de las historias quedaran más o menos finalizadas, una vez que a mitad de esta última temporada ya se supo que Costner no continuaba, y la serie se daba por terminada dado el absoluto protagonismo de su estrella. Y eso que acababan de elegirle gobernador…

Como se echa de menos a Costner; su abandono del proyecto provoca un vacío enorme y su ausencia unida a un detonante argumental que no convence, es algo casi abstracto; el modo en cómo se cuentan las cosas sin poder ni nombrarlo, no hay ni un retrato suyo en alguna parte. Menudo ejercicio narrativo han tenido que hacer los guionistas y cuánta imaginación han tenido que utilizar los actores. Imaginen que en la última temporada de Los Soprano no saliera James Gandolfini, y que ninguno de los personajes lo mencionara en los últimos episodios. Pues así…

Uno puede llegar a cansarse viendo las 5 temporadas de Yellowstone de ver a los caballos haciendo siempre las mismas maniobras para guiar al ganado, de las poses de los vaqueros, de sus partidas de cartas, sus peleas y sus borracheras; puede cansarse también de la mirada hacia el horizonte de Costner y su familia, de las tazas de café humeante en el porche, o de atrapar terneros con un lazo, porque nunca deja de ocurrir algo de esto en cada episodio de Yellowstone. Pero también uno puede incorporarlo a su imaginario audiovisual, que forme parte de tu rutina y no solo esperes a que suceda, sino que agradezcas que ocurra y sientas que formas parte de ello viéndolo. Hasta ahora. Ya no más cabalgadas hacia el horizonte, no más cabreos de Beth Dutton, no más especuladores californianos intentando quedarse con tus tierras, ni rebeliones indias con armas de hoy en día y métodos ancestrales. Se acabó dormir bajo las estrellas, esa mitificación del vaquero y su trabajo que va mucho más allá de la figura clásica del trabajo de un ganadero y que no se nos mostraba en toda su dimensión en los westerns, algo que se adentra en más recovecos y acaba por oler a hierba, a estiércol, a sudor; a darte el sol viendo esta serie. Te pones moreno viendo Yellowstone.

Hay precuelas (dos, ni más ni menos, y espérate que no haya secuelas también), pero ya no será lo mismo. Ningún spin off puede lograr el ecosistema que nos proporcionaba la serie (casi ninguno lo hace). Qué difícil es despedirse siempre de ese reparto al que le has cogido cariño. Cuando en este último capítulo de la serie los personajes se van del rancho, eres tú el que se va también. Y cuando ves lo que hacen los nuevos dueños sientes que te están arrancando una parte de ti, que tú también estás enterrado entre las lápidas del cementerio de los Dutton.

Esta elegía del oeste americano, este homenaje en el que el creador de la serie cabalga junto a los protagonistas, literalmente, en el que el rancho real, donde se encuentran físicamente las localizaciones es comprado para conservarlo, implicando un alegato que va mucho más allá de producir una serie; en el que la música country es algo más que una seña de identidad, como los sombreros (el que no lo lleva, parece que esta calvo).

Esta serie no sería lo que es sin esa otra parte, la parte urbana, llena de abogados, millonarios, especuladores y políticos en donde los personajes de Beth Dutton (Kelly Reilly) y Jamie Dutton (Wes Bentley) se mueven como pez en el agua. Es casi un binomio perfecto esta narrativa a la par que clásica y moderna, que comienza con un accidente de coche con caballos de por medio, y que se va desarrollando incluyendo desde el inicio a los nativos americanos que evolucionan de antagonistas con razón a enemigos despiadados sin ella, pasando por comprensivos dueños originales de la tierra. Y está Beth Dutton, la implacable ejecutiva que a pesar de su carácter no puede con su padre, y que acaba por arrastrar todos sus traumas pasados al presente, dando en cada episodio una muestra de contestaciones que uno querría incorporar a su vocabulario. Wes Bentley borda su personaje, el hermano díscolo que va descubriendo su auténtica personalidad pivotando siempre hacia los deberes familiares que cree representar. Y esta Kayce Dutton (Luke Grimes). Kayce es el Michael Corleone de esta serie, el renegado de las tradiciones que acaba por seguirlas, convirtiéndose su personaje en algo casi shakesperiano, como lo era el de Pacino. Que experimente la mutación de convertirse en el sanguinario ángel de la venganza aquél que se avergonzaba de la violencia de su familia y que sea quién perpetúe la tradición es el definitivo giro de la historia.

En él, un caso como el de esta serie lo difícil siempre es continuar sin el principal protagonista de una serie, lo difícil es que la historia busque otro camino. Y no ha sido posible. Falta ese último plano de John Dutton hacia las montañas, tal vez girándose hacia nosotros y despidiéndose. Le perdonaríamos hasta que nos hubiera dejado sin serie.

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