Todos necesitamos parar. Hay momentos en los que nos abruman la rutina, el estrés y las responsabilidades y nos da por pensar en lo bien que viviríamos en el campo, lejos de todo. Por supuesto, todo aquello que nos ocupa la cabeza sigue esperándonos en la ciudad, pero el pueblo tiene otro ritmo. Esta etapa vital es la que vive la protagonista de «Tierra Baja», Carmen (Aitana Sánchez-Gijón), una guionista de cine que deja Madrid para encargarse de la masía de su abuela en el Teruel rural.
El planteamiento de la película es de drama rural costumbrista de corte clásico. Los primeros minutos muestran poco más que el día a día de Carmen: interactuando con los vecinos, arreglando desperfectos de la casa y matando el tiempo; ese que ahora le sobra. El director, Miguel Santesmases, consigue plasmar el ritmo pausado de la naturaleza aragonesa con su puesta en escena. Los planos son, casi en su totalidad, estáticos y muy abiertos, los personajes entran y salen del encuadre como pidiendo permiso al paisaje. Santesmases llega a negar contraplanos y a sostener las imágenes hasta segundos después de que los personajes abandonen el plano, dando a entender que el paisaje prima sobre la acción.
En lo que a la trama se refiere, la película se apoya en un juego metanarrativo que busca mezclar la imaginación de Carmen, que parece recuperar la motivación por escribir, y su vida en el pueblo. En muchos momentos la película navega el tono del realismo mágico, sin querer ser demasiado explicativa sobre qué es real para Carmen y qué es lo que está escribiendo. Todo el plano narrativo está sostenido por unos magníficos Pere Arquillué y Aitana Sánchez-Gijón que cargan con la responsabilidad de llenar la historia de pequeños momentos, conversaciones y comidas. Su química resulta creíble, como si fueran viejos conocidos reencontrados, y dan valor a las acciones cotidianas que conforman la trama.
Ante todo, Tierra Baja es una película sobre la ausencia y sobre los remordimientos de aquellas decisiones que ahora sabemos que fueron erróneas. Una mirada al pasado que toma lugar en la España rural, la vaciada y también anclada en su pasado, y dota de sentido sus imágenes con una puesta en escena sencilla, pero buscada. Tierra Baja no es austera por necesidad, sino que lo es por convicción y, a pesar de no resultar sorprendente o innovadora, conoce sus fortalezas y es capaz de sacarles todo el provecho posible.