En la era del cine actual, parece que el espectador está exhausto de un género como el biopic. La misma fórmula se usa para narrar la vida y obra de escritores, deportistas, músicos y estrellas de Hollywood. «The Smashing Machine», la nueva película de Benny Safdie (emancipado de su hermano), se anunció como un film sobre la vida del luchador de MMA Mark Kerr, interpretado por Dwayne ‘The Rock’ Johnson. A pesar de la interesante propuesta de Safdie en la realización, todo parecía indicar una historia construida con una fórmula clásica, para el lucimiento de ‘La Roca’, y su posicionamiento de cara a la temporada de premios, y una sensación de ser una película que el público ya ha visto antes.
A pesar de compartir muchos elementos con este formato de biopic convencional, Safdie sabe posicionarse con una película diferente, con mimo en la puesta en escena y más centrada en el estudio de un personaje humano y complejo que en avanzar por la biografía de una figura desconocida por el gran público. El cineasta busca una estética de vídeo casero, muy en sintonía con el momento histórico narrado (comprimido entre los años 1997 y 2000). La cámara en mano, los zooms bruscos y un grano en la imagen le valieron al pequeño de los Safdie el reconocimiento a la mejor dirección en la pasada edición del festival de Venecia.
Dwayne Johnson funciona perfectamente, ofreciendo la mejor interpretación de su carrera, dado su pasado como luchador y la personalidad afable por la que es conocido en Hollywood. Su actuación dota a Kerr de varias capas de complejidad y muestra a un hombre cariñoso y atento, pero incapaz de abandonar la violencia como forma de superar sus problemas. Emily Blunt interpreta a la mujer de Kerr, y su relación es el vehículo emocional del film. Por momentos, las escenas que involucran su relación se vuelven algo repetitivas, pero Safdie consigue hacer que la dinámica valga la pena por su escena climática a ritmo de Springsteen.
The Smashing Machine consigue ir más allá de la cinta biográfica y elabora una película empática sobre las adicciones de una figura real. El personaje central vive, a lo largo del metraje, un viacrucis personal que va más allá del juicio moralista. Después de 123 minutos, el espectador entiende por lo que pasa Mark Kerr y consigue, en todo momento, encontrar la humanidad del personaje a través del maquillaje prostético que oculta la verdadera cara de Dwayne Johnson. La narrativa clásica y poco arriesgada no limita la cinta, sino que permite espacio para que brillen los elementos más acertados de la película.