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«Real Time with Bill Maher»: La fórmula perfecta

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Carlos Muñiz Vidal
Carlos Muñiz Vidal
Intento huir de las películas y las series, pero ellas me persiguen. Desde mis estudios de audiovisuales a mi trayectoria profesional en canales temáticos, puede que sea yo el que las persiga a ellas. Fascinado por las historias desde siempre, sean éstas a través del cine, la literatura, el teatro o la televisión, en esta época de plataformas intento buscar esa fascinación oculta en el algoritmo que nos impide descubrirlas.
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Hay algo en la televisión norteamericana, desde siempre, que ha arrastrado las tendencias televisivas y especialmente los formatos televisivos (básicamente de qué va un programa) a lo largo de los años obligando a las televisiones de todo el mundo a imitar esas fórmulas, esos formatos, sin importar la transposición cultural, la distancia idiomática, y alguna que otra distancia más.

Dentro de la categoría de Late Show, el programa Real Time with Bill Maher se ha convertido con el paso de los más de veinte años que lleva en antena en algo tan rompedor en el panorama televisivo norteamericano que ni siquiera se han intentado hacer copias. Ha resultado tan imposible para sus competidores (Jay Leno, David Letterman, Conan O´Brien o recientemente Jimmy Fallon y Stephen Colbert) replicarlo que ninguna de estas figuras de la franja nocturna lo ha intentado.

Disponible en Max, un estreno de cada nuevo programa los viernes, además de no tener traducción del título ni doblaje. Por culpa de Max, a veces tampoco tiene subtítulos en castellano, pero esperemos que esto lo vayan solucionando (está claro que de un tiempo a esta parte alguien ha tocado algo).

Bill Maher, su conductor y exclusivo protagonista ya que el programa no tiene colaboradores fijos y las secciones llevan siendo las mismas desde su inicio, es un auténtico outsider dentro del panorama televisivo norteamericano no sólo por el estilo del programa, sino porque siempre ha nadado a contracorriente dentro de la industria audiovisual. Se declara demócrata pero lleva a su programa a republicanos realmente fervientes, y aunque puede mostrar un odio casi enfermizo por la figura de Donald Trump, ha llevado tanto en su primera etapa presidencial como en ésta a algunos de los más cercanos colaboradores del actual presidente. También ha entrevistado, entre otros, a Netanyahu o Elon Musk, en la antítesis ambos de sus ideas políticas y del tono general de la mayoría de su audiencia, y aunque algunas de esas entrevistas no son nada fáciles para el entrevistado, ya que es un conductor incisivo y nada complaciente, logra siempre arrancar una sonrisa a sus interlocutores y siendo políticos la mayoría de ellos, quitarles un poco la careta que se ponen para los medios mostrando aunque sea levemente lo que queda de su alma (un milagro).

Maher empezó su carrera con un late show muy parecido, Politically Incorrect en la cadena ABC, un poco más caótico y con un tono más desenfadado pero similar a éste. Tenía una gran audiencia y hablaba en él sin tapujos con sus invitados de todo tipo de cuestiones de actualidad… hasta que un avión se estrelló en Nueva York y todos recordamos el clima de patriótico fanatismo que se apoderó del país. En una especie de caza de brujas la administración Bush instauró una política que no admitía disidencias, todas y cada una de las decisiones que se tomaron ante ese ataque terrorista y todos los comentarios que podían salir de un programa como el de Maher debían de estar alineados con ese cometido. Maher, fiel a sí mismo, manifestó en su programa, y dentro de una reflexión sobre la naturaleza del enemigo a quién se enfrentaba su país, una sincera admiración a la valentía de los pilotos terroristas. Solamente a su valor, no a sus actos. Le costó el programa.

Fichó por HBO. El resto, como se suele decir, es historia.

Bill Maher ha seguido llevando a su programa hasta los límites de esa libertad de expresión, algo que no hace sino beneficiar al humor; porque esta es la gran fórmula del éxito, es un programa de humor que habla de cosas serias. Sus invitados suelen ser intelectuales, periodistas de diarios influyentes, escritores consagrados y, si, muchos políticos de ambos partidos y también actores y directores de Hollywood (el programa se graba en Los Ángeles), pero el calado de los temas de los que se habla siempre supera con creces las gracias y los chascarrillos que Maher introduce de forma tan certera en ellos.

Llevar siempre a personas con ideologías totalmente diferentes, sentarlas, separadas de muy poco espacio, y hacer que cada una exponga lo que tenga que decir, aunque sea una absoluta locura, es algo tan alejado de la actual visión censora de la política (si no piensas como yo, eres mi enemigo) que ver este programa se ha convertido en algo necesario para la salud de una democracia como la americana, añadiendo el mítico sentido del humor del conductor del programa que provoca a los invitados y les hace caer en que, en realidad, han de olvidarse de que están en un programa de debate político, están en uno de humor, donde prácticamente todo vale. Cuando caen en ello suelen tener dos tipos de reacciones: los inteligentes, y esto no tiene que ver con su ideología, se ríen. Los estúpidos, se indignan, lo cual provoca todavía una mayor serie de carcajadas.

La norma no escrita de todos los programas de humor de la historia de la televisión, no hacer humor sobre política, o con políticos de invitados, y nunca dar tu opinión, nunca manifestar tu opción política son dos de los mitos del humor y el late show que ha derribado Bill Maher con su programa. Otra norma podría ser el no declarar en tu programa que fumas hierba con regularidad (ha llegado a encender un porro en directo), que tienes aversión al matrimonio (es un soltero empedernido) o a los niños (son legendarios sus ataques a los adolescentes y sus móviles).

Las secciones del programa pasan por el monólogo inicial, una entrevista individual de la que se pasa al panel de debate con dos o tres invitados el cual debido a su duración suele ser interrumpido por alguna sección cómica y el bloque final, el favorito de cualquier seguidor del programa, que se compone de una sección llamada “New Rules”, totalmente cómica y finaliza con el editorial, una especie de último monólogo de Maher sobre un tema concreto, con un tono de crítica descarnada o de reflexión personal y sin una duración determinada.

La combinación del sentido del humor de un comediante, que hace que el público se ponga de su parte desde el inicio, para una vez metido en faena suelte sus opiniones sin tapujos sobre su visión del mundo y de la política de su país, te hace recibirle con la guardia baja. No es un presentador que solamente suelta un discurso como en la Fox, te está entreteniendo, y de repente te encuentras aplaudiendo una opinión política que no necesariamente concuerda con la tuya casi sin darte cuenta. Lo mismo ocurre con sus invitados. Los que son políticos, especialmente, y no han visto el programa siempre caen en una trampa de autocomplacencia de la que les cuesta mucho salir. Resulta que yo venía a un programa de humor inofensivo, y de repente tengo a mi equipo de comunicación gritándome por el pinganillo (por supuesto no llevan pinganillo ni saben qué les van a preguntar). Le encanta que el público, mayoritariamente demócrata, abuchee o no esté de acuerdo con las opiniones de un invitado, y éste se mantenga firme y no intente apaciguarles. Cada vez que un invitado hace eso, estás seguro de que volverá a ir al programa no importa cual sea su opinión.

Esa complicidad que tiene con su público, presente en el estudio llega incluso al extremo de que cuando le abuchean por alguno de los chistes subidos de tono, les abronca, les echa la lengua o afea su reacción sin ningún tipo de filtro. Hay dos tipos de programas. Los programas de entretenimiento y los de noticias. Este no es ni una cosa ni la otra. Y encima, te ríes.

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