Verano. Adolescentes. Casa sola. Alcohol. Un chimpancé suelto con rabia. ¿Qué puede salir mal. Con «Primate» (2025), Johannes Roberts nos devuelve al terror primitivo: aquel que no necesita artificios constantes para incomodar, sino paciencia, observación y una amenaza que piensa.
Johannes Roberts no solo dirige Primate, también vuelve a sentarse frente al guion, esta vez acompañado por Ernest Riera, colaborador habitual con quien ya había trabajado en El otro lado de la puerta (2016) y en las dos entregas de A 47 metros (2017 y 2019). El resultado se apoya en una violencia física heredera del cine animalista clásico, combinada con un tempo preciso, efectos prácticos de corte artesanal y una clara mirada al terror comercial de los años noventa. En pantalla, el peso recae en Johnny Sequoyah, Troy Kotsur —premiado con el Óscar— y Jessica Alexander, dentro de una producción encabezada por Walter Hamada (The Conjuring), mientras que la música de Adrian Johnston refuerza la atmósfera con ecos evidentes de John Carpenter.
Que yo recuerde, es el simio más sangriento que he visto en una sala de cine. Antes del visionado esperaba una película de terror clásica: violencia, supervivencia y ataques constantes —que los hay—, pero Primate se desplaza hacia un terreno más inquietante. Puede inscribirse en la tradición del cine de terror con animales, junto a títulos como Tiburón (1975), Cujo (1983), Anaconda (1997) o la propia Crawl (2019), pero va un paso más allá.
Aquí el animal no es simplemente salvaje. Es racional, consciente de su entorno y capaz de utilizarlo a su favor. Ese es el verdadero núcleo del terror: no la fuerza bruta, sino la inteligencia aplicada a la violencia. El primate observa, escucha, aprende y espera. No mata por instinto, sino por adaptación.
Con una duración ajustada de 89 minutos, la película nos sitúa en una isla de Hawái completamente aislada de la civilización, donde un primate altamente inteligente comienza a mostrar comportamientos violentos. Cada estallido de violencia parece responder a estímulos humanos previos: aprendizaje, repetición, abuso. El monstruo no nace, se fabrica. Por eso Primate no funciona como un slasher tradicional; el simio no está constantemente en pantalla provocando muertes, sino que actúa cuando el contexto lo permite.
Roberts juega deliberadamente con esta idea: cuando la inteligencia animal se humaniza, pierde la inocencia. De ahí que muchos de los momentos más perturbadores no residan en el ataque, sino en los silencios, en la sensación persistente de estar siendo observado.

La dirección es sobria y atmosférica. El montaje evita el frenesí, apostando por una puesta en escena contenida, con planos largos, cámara a la altura de los personajes y encuadres que refuerzan la incomodidad. La película no habla de animales peligrosos, sino de explotación, experimentación y arrogancia humana.
Especial mención merecen los efectos especiales. En una industria dominada por el CGI, Primate recupera técnicas clásicas del terror: efectos prácticos, animatrónicos y actuaciones físicas que generan una experiencia tangible y angustiante. No hay gore gratuito; la tensión se construye a través de la espera, la anticipación y la incomodidad. Incluso cuando “no pasa nada”, el espectador sabe que el entorno ya no es seguro.
Entre sus virtudes destacan el buen manejo del terror psicológico, una figura antagonista sólidamente construida y un discurso moral claro que termina resultando incómodo. Entre sus debilidades, un ritmo que en algunos tramos se resiente y unos personajes humanos poco desarrollados, lo que limita su peso dramático.
Conclusión
Primate hará las delicias de los amantes del terror que busquen una variante distinta dentro del género. No es una película para quien espera sustos fáciles, sino para quien acepta una idea profundamente perturbadora: el ser humano no es la cima de la pirámide. El simio no es el villano, sino el resultado inevitable de la arrogancia humana.