El diagnóstico de una enfermedad te cambia la vida. Una mala noticia es suficiente para poner patas arriba la concepción que tienes del mundo, de ti mismo y de aquellos que te rodean. Para Thibaut (Benjamin Lavernhe), un aclamado director de orquesta, la vida da un giro radical cuando le detectan leucemia y tiene que pedirle a su hermana que sea su donante de médula. Sin embargo, el destino le tiene preparada otra sorpresa cuando descubre que no es compatible con ella porque no es su hermana biológica. Thibaut fue adoptado y tiene un hermano biológico viviendo en una pequeña ciudad industrial del norte de Francia.
Por todo lo alto es una historia sobre segundas oportunidades. La situación vital tan compleja en la que se encuentra el protagonista lo mueve a querer conectar con su hermano biológico y, de paso, sumergirse en una comunidad que adora la música tanto como él. La música se convierte, pues, en un elemento universal; capaz de difuminar cualquier diferencia de clase, género o condición.

Lo mejor de la película es ver a los dos hermanos conectar gracias a su pasión compartida. A pesar de no tener nada que ver, Thibaut y Jimmy (Pierre Lottin) logran comunicarse a través de la música, como si el francés no fuera suficientemente rico para decirse todo lo que piensan y sienten tras descubrir de la existencia del otro.
El film equilibra con bastante atino la comedia con el drama, con un tono muy propio de la cinematografía francesa: capaz de arrancar una sonrisa con un momento de vitalidad en un melodrama lacrimógeno. Sin embargo, peca de querer abarcar demasiados asuntos sociales y avasallar a sus personajes con conflictos personales que se pierden al avanzar la trama. El segundo acto se nota bastante descentrado y da la sensación que le sobra metraje. Relaciones sentimentales, integración social, huelgas de trabajadores y la ambición profesional son algunos de los temas que se tratan de refilón, pero no terminan de desarrollarse lo suficiente para generar un interés genuino en el espectador. Lo que funciona es el corazón del argumento y, cuando el filme se aleja de él, se aleja también de su audiencia.
En resumen
Por todo lo alto pasa algo desapercibida por su parecido tonal y formal con muchas otras comedias dramáticas francesas que buscan conmover sin arriesgar demasiado. A pesar de funcionar en su esencia y contar con un par de secuencias emotivas, hace pensar que es una película que ya hemos visto todos. Un “déjà vu” cinéfilo que se hubiera beneficiado de algo más de riesgo o de forzar algo más la comedia negra que promete en sus primeros minutos.