Debo reconocer que cuando vi que Guillermo del Toro había decidido poner su propio nombre dentro del título de la película me asusté un poco. Pensé que podía haberle dado un ataque de ego de director y haber caído más en la autocomplacencia del que se sabe bueno y con talento que en la preocupación por hacer una muy buena película. Después de ver su Pinocho -y de haberme tragado previamente el horrible remake de Disney que tuvimos hace unos meses y del cual imagino que se querrá separar lo máximo posible-, no me queda más remedio que asumir mi error y seguir enamorado de su obra.
Pinocho, que llegó a Netflix el 9 de diciembre, no es un remake al uso. De hecho, aunque mantiene la esencia del personaje y algunos de los pasajes de la película de Disney, cambia y modifica tantas cosas en el trayecto que más que un remake del clásico de Walt Disney creo que está más cerca de ser una nueva reimaginación de la novela de Carlo Collodi. Con la particularidad, eso sí, de estar repleta de la personalidad de las historias de Guillermo del Toro, algo que es marca de la casa y que yo celebro profundamente.
Rodada en stop motion y con un estilo artístico super característico y elegante, la cinta nos cuenta la historia de Pinocho, un muñeco de madera creado y construido por Gepetto a raíz de la pérdida de un hijo Carlo y que, un buen día, gracias a ciertas situaciones que no mencionaré, cobra vida.
La película como ya digo está mucho más en el territorio de Guillermo Del Toro que en cualquier otro y se introducen elementos interesantísimos como el fascismo italiano de las décadas treinta y cuarenta -algo que ya hizo en la maravillosa El laberinto del fauno, mezclando Guerra Civil española y fascismo con fantasía- o la historia previa de Geppeto y su hijo -con la que abre la cinta-, dándonos mucho más contexto y permitiéndonos empatizar muchísimo más con el carpintero italiano. Esos primeros diez minutos de la historia del padre y el hijo me han recordado, salvando mucho las distancias, a los primeros minutos de Up, ya que al igual que lo hizo Pixar en su día, Del Toro me ha estrujado el corazón con fuerza.
Huelga decir que la cinta se construye poniendo su mirada en los ojos de Pinocho y haciéndonos ver, a través de su mirada, como el pequeño va viendo el mundo que le rodea e interactuando con él. Esto le permite a la cinta explorar no solo el fascismo imperante en esa pequeña aldea italiana, sino hablarnos de aspectos tan grandes y complejos como la religión, la guerra, los conflictos entre personas y las relaciones familiares. Todo ello lo va tocando con una sutileza excelsa y con un mimo digno de admirar. El director mexicano es un maestro en este tipo de historias y aquí lo demuestra una vez más haciendo que nosotros paseemos por esos caminos de la misma forma que Pinocho y suframos con él.
En resumen
Debo decir, eso sí, que quizá no es una película tan apta para toda la familia como era su predecesora. En esta se nota un claro intento del realizador mexicano por acercarnos a otras realidades mediante esta historia y en el camino, probablemente, se deja a los más pequeños de la casa. Quizá sea una película más adecuada para los niños de 10-12 años que para los de 5-7 años. En cualquier caso, creo que es una película suficientemente buena e interesante como para que, si la veis acompañados/as de vuestros hijos e hijas podáis comentarles aspectos que suceden en pantalla y algunas preguntas que, casi seguro, les surgirán. Creo que habla de temas suficientemente importantes como para generar un bueno y sano debate. Recomendable.