La séptima entrega del universo Gru llega este miércoles 1 de julio con «Minions & Monsters» Lo normal en franquicias que van por su séptima entrega es el desgaste. Esa sensación de que ya hemos visto esto mil veces. Pero aquí pasa algo curioso: los Minions siguen funcionando en cuanto encuentran un hilo nuevo del que tirar, y esta vez ese hilo es el propio cine.
La trama empieza con los Minions buscando un amo al que servir. Porque amo al que sirven, amo con el que la lían, y terminan, sin quererlo, montando una de sus gamberradas de turno. Total, que acaban en Los Ángeles y ahí descubren el mundo del cine. A partir de ese momento se ponen a trabajar con un director que los lleva a lo más alto… hasta que irrumpe el cine sonoro, y ahí empieza su declive.
La película se divide en dos partes. En la primera, los Minions llegan a Hollywood y se cuelan en el cine mudo. Hay guiños a Chaplin, a Buster Keaton, a Méliès. Tiene sentido porque los Minions hablan su propio idioma, así que un mundo sin diálogos les viene que ni pintado.
El problema llega con el cine sonoro. De golpe el mundo cambia y ellos ya no encajan: no se adaptan, y el sistema los escupe casi de la noche a la mañana.
A partir de ahí la cosa se desmadra, como es ley en esta saga: los Minions se lanzan a hacer su propia película y terminan invocando monstruos que quieren acabar con el mundo. Aquí aparecen los guiños al terror clásico, a los monstruos de Universal, al cine negro… aunque todo pasado, otra vez, por el filtro de siempre: ruido, caos y chiste constante.
Y ahí, creo, está el desequilibrio de la película. Funciona mejor cuando se toma en serio su homenaje al cine que cuando vuelve a la fórmula de toda la vida. En la primera mitad hay intención, hay ritmo, hay incluso algo de sensibilidad cinéfila. En la segunda, sinceramente, vuelve el piloto automático.
Aun con eso, Minions & Monsters tiene su gracia en el intento de mirar atrás, jugar con la historia del cine y no limitarse a repetir la jugada de siempre. La recomiendo, es de esas películas que funcionan en familia. Los niños se van a reír con el caos de siempre, y los adultos van a pillar el guiño cinéfilo de la primera mitad, que está hecho con más mimo del que esperaba. Pocas veces una séptima entrega consigue que te apetezca ver la siguiente, y esta lo consigue.
