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«Mi nombre es Alfred Hitchcock»: Muestra, no cuentes

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Alex López-Reina
Alex López-Reina
Guionista con la curiosidad de un niño. Cine, ficción y entretenimiento en vena. Filosofía de vida de Rocky Balboa.
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Desde tiempos inmemoriales el hombre ha anhelado la fórmula de la eternidad en el espacio-tiempo. Ser recordados por nuestras generaciones y las venideras por ser o hacer algo que pueda perdurar y sea para siempre. En plena disputa generacional a nivel social, si encerrásemos en una sala de cine a cien personas de distintas edades, una tercera parte desconocería la obra -y la identidad- de uno de los mayores genios del séptimo arte. Si, el cine es arte, y el arte pertenece a los artistas. Y pocos tan grandes como Alfred Hitchcock.

Mi nombre es Alfred Hitchcock es un documental que encarna parte de la personalidad y el legado que nos dejó el cineasta conocido llanamente por crear conceptos como su famoso Macguffin. Mark Cousins se mete de lleno en la psiquis del afamado director para dar con una narración y un estilo propio, para que llegue tanto al que nunca vio la escena de la ducha de Psicosis como al que se sabe la obra del cineasta ordenada cronológicamente. En este filme tenemos un estilo narrativo que contrapone voz, imagen y biografía propia de Hitch, mientras intercala conceptos como el tiempo o el deseo a través de secuencias de cada una de sus películas. Todo ello hilvanado con su trayectoria desde sus inicios en Alemania, pasando por su etapa británica, para desembocar en Hollywood y sus últimos trazos cinematográficos realizados en Inglaterra, más concretamente en Londres, donde los homenajes a su persona y su cine están latentes en cada Fish and Chips.

Hace poco se hicieron famosas unas declaraciones de otro de los grandes maestros del celuloide: Martin Scorsese. En sus palabras argumentaba algo que a todos nos llegará en su momento: «Quiero contar historias, pero ya no queda tiempo». Una frase universal que de boca de genios como Scorsese o antes por Kurosawa, nos hace estremecernos en nuestra butaca. Porque a todo cineasta llega un momento en el que se le acaba el rollo de película hasta llegar a los títulos de crédito. Hitchcock fue consciente de ello y en filmes como Frenesí‘ o La trama se notó que podía llegar pronto su final, pero dejaría su cine para la posteridad. Curioso que el último plano que rodaría en su longeva trayectoria fuese ese guiño de ojo de Barbara Harris en unas escaleras en La trama, en lo que supuso su cómplice despedida hacia el espectador. Algo similar a como si el día que se retirase Rafa Nadal, en su último partido se ajustase los calzoncillos y se hiciese con el Roland Garros tras un resto ganador.

Y es que si algo bueno tiene el cine de Hichcock no es solo el apartado técnico y visual, con movimientos de cámara imposibles para la época o aquello que todos los que soñamos con hacer cine nos dicen desde siempre: «Muestra, no cuentes». Sus temáticas humanas como la evasión, el deseo o la culpa son los mayores estandartes de su cine filmando historias narradas de una forma única, con la que pudiésemos sentirnos identificados sin importar nuestra procedencia, edad o clase social. Él nunca quiso contar la historia como harían los demás, sino que partiendo de conceptos como estos, es capaz de relatarte una historia que te mantenga pegado a la pantalla sin necesidad de mirar el móvil (tal y como se cuenta en el documental). Mi nombre es Alfred Hitchcock no trata de ser un proyecto más, que narre toda la vida del cineasta como hacen en el inicio de cada película de Spiderman o Batman, ya que el no tuvo necesidad de que le picase una araña o matasen a sus padres para ser un superhéroe, Hitchcock sabía desde niño que lo que quería era contar historias y de ahí su mayor superpoder.

En resumen

Cualquiera que conozca medianamente su obra, visualiza su afamada silueta de medio lado en blanco y negro, algo contradictorio, porque Hitchcock siempre se expuso como un cineasta que nunca se puso de perfil ante ninguna corriente, época o temática. Todos trataron de imitarle, pero solo el paso del tiempo demostró que estábamos ante un maestro del cine, y si algo tiene el cine, es que expone la realidad a la perfección, tal y como se cuenta en esta obra de Mark Cousins. Viendo las secuencias de películas como Vértigo, Los Pájaros o Con la muerte en los talones el espectador aprecia que era un cineasta al que le importaba tanto la forma como el fondo; hecho que dista de la experiencia cinematográfica -y de plataformas- que consumimos como palomitas.

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