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«Los colores del tiempo»: mirando hacia el pasado para comprender el presente

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Fernando L. Simó
Fernando L. Simó
Miembro fundador de mundoplus.tv, seriefilo, cinefilo, devorador de libros y en pleno redescubrimiento de los cómics. Amante de la cultura (pop) y de la Historia, y ministérico de corazón.
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Tras su paso por la Sección Oficial del Festival de Cine Europeo de Sevilla, «Los colores del tiempo» ha llegado a los cines españoles (desde el 14 de noviembre) envuelta en una promesa explícita: la reivindicación del pasado como espejo para comprender el presente. Cédric Klapisch, cineasta siempre atento a las dinámicas generacionales y a las tensiones entre tradición y modernidad (Un paso adelante, Nuestra vida en la Borgoña), firma aquí una obra que aspira a conectar 1895 y 2025 a través de un viaje emocional, que sirve de homenaje al pasado artístico francés y que se apoya en un vínculo familiar inesperado. Una ambición atractiva que solo logra desarrollar parcialmente.

La película nos plantea una pregunta clave ¿funciona realmente este juego temporal o queda atrapado en su propia idealización? Las intenciones de Klapisch son evidentes desde el principio, pero no deja de estar presente una idealización del pasado, casi de postal, que condiciona la eficacia del conjunto.

Klapisch defiende que su película “trata frontalmente sobre la importancia del pasado”, una tesis que verbaliza con claridad el personaje de Seb (Abraham Wapler): «Siempre miraba hacia delante y ahora… me ha sentado bien mirar atrás». Con la colaboración del guionista argentino Santiago Amigorena, Klapisch adopta esta idea como columna vertebral y construye su narrativa sobre un diálogo constante entre dos épocas: en 2025, cuatro primos — Seb, Abdel, Céline y Guy inventariando una vieja casa familiar; en 1895, Adèle (Suzanne Lindon), una joven normanda, que llega a un París en plena ebullición cultural, justo cuando la fotografía se consolida y el impresionismo redefine la mirada.

Sin duda, Los colores del tiempo propone un planteamiento atractivo, mezclando la herencia de la tradición artística francesa, el mito impresionista y un relato introspectivo sobre identidad y linaje. Sin embargo, la ambición del concepto no siempre encuentra un equivalente en su ejecución, que revela un desequilibrio entre ambas líneas temporales. A lo largo de sus casi dos horas de duración, la película sufre algunos altibajos que afectan al conjunto de la historia, alternando momentos inspirados con otros menos sólidos, y ciertas decisiones narrativas —como la romantización de la prostitución o del deseo en contraposición al amor— restan complejidad al relato.

La historia de Adèle nos traslada con entusiasmo al Paris de 1895 en viaje que parece sacado de un libro ilustrado. La recreación de la época es luminosa, limpia, casi decorativa; la Ciudad de la Luz aparece reducida a una colección de estampas idealizadas donde la Bohemia y la Belle Époque parecen artificiales. Esa insistencia en la belleza acaba por suavizar los conflictos dramáticos, resolviendo la aventura de Adèle con excesiva sencillez, mostrando un edulcorado pasado de amor, vino y arte.

En cambio, la trama contemporánea fluye de forma más natural y realista. La relación de los cuatro primos, desconocidos hasta entonces, evoluciona y se transforma de una manera más orgánica y con sentido. Aunque el personaje de Céline (Julia Piaton) cae en el cliché de la mujer ejecutiva absorbida por el trabajo, su encuentro con esta inesperada familia aporta calidez al conjunto. El personaje mejor representado es Seb (Abraham Wapler), un creador de contenidos en crisis, cuya evolución resulta creíble y emotiva: alguien atrapado en un presente frío que descubre en el pasado una forma de avanzar.

El reparto es el verdadero corazón de la película. Suzanne Lindon aporta una mezcla convincente de fragilidad y curiosidad a Adèle; Abraham Wapler ofrece una interpretación que dota de vulnerabilidad a Seb; y la química entre Julia Piaton y Vincent Macaigne aporta humor y ligereza. Por su parte, Zinedine Soualem otorga solemnidad y presencia en cada aparición.

Gracias a ellos, y pese a sus lagunas, el relato cobra sentido a través de la historia personal de cada uno de ellos. Hay, por tanto, un claro mensaje de honestidad en ese intento por reconciliarse con quienes fuimos para entender quiénes somos, implicándonos y haciéndonos participes de una idea de comunidad, de familia y de cómo surgen vínculos inesperados.

En definitiva

Los colores del tiempo abraza sin pudor la belleza del recuerdo, rindiendo homenaje a la tradición artística francesa, y sin ningún miedo a pecar en exceso de nostálgica. Sobresaliente en su aspecto visual y descompensada en su fondo, la película plantea un concepto ambicioso que se resuelve de forma irregular. Sus dos líneas temporales no dialogan con la misma fuerza y la idealización del pasado no resulta creíble. Se podría decir por tanto, que la cinta huye de la realidad, algo que no es malo en sí mismo, para construir un relato de evasión que nos reconcilia con el ser humano y la belleza del arte. En ese sentido, podríamos tildar de ingenuo su planteamiento, o de claramente reaccionario en su desapego de la realidad. Ambas opciones pueden ser válidas, cuando el cinismo prevalece.

Aun así, Klapisch ofrece un relato coherente con su mirada: una apuesta por las relaciones humanas, el humor (dejando de lado el drama), y la firme convicción de que la memoria—propia y colectiva— puede ofrecer respuestas en estos tiempos de incertidumbre. Un escapismo perfecto para olvidar que nos invade el desapego emocional, nos absorben las redes sociales y la desinformación está a la orden del día.

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