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«Siempre es invierno»: Del relámpago al invierno eterno: la valentía de enamorarse a destiempo

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Manuel Cuesta
Manuel Cuesta
cinéfilo empedernido, amante del cine hollywoodiense, europeo y, por supuesto, nuestro gran cine español. Nostálgico de los 80', Goonie y fanático de todos los géneros, pero sobre todo los de aventuras, fantasía y ciencia ficción: Marvel, Star Wars, Tolkien. Spidermaniaco y podcaster fundador de Mucho Ruido y Podcast Nueces. Escribí opinión sobre cultura en el Diario de Almería durante varios años y he publicado siete discos como cantautor. Ya ves, un hombre tarado fenomenal.
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Desde que mi buena amiga Izaskum me regalase «Cuatro amigos» de David Trueba una noche de Año Nuevo (como presente de mi santo), no dejé de leer o devorar casi todas sus novelas, anteriores y posteriores. Puede decirse que me convertí en muy poco tiempo en uno de sus lectores más fieles. Siempre me ha gustado mucho su sentido del humor y su ironía. La novela «Blitz», en la que está basada la película con guion del propio Trueba, la leí hace cuatro años aproximadamente y me encontraba en pleno bache emocional. Aunque no como el protagonista de la novela; eso vino después.

En efecto, Blitz es una novela tragicómica, como así la define el propio Trueba. Así que tan pronto como me enteré de que ya estrenaban la adaptación al cine de Blitz, a la que Trueba ha titulado Siempre es invierno, no tardé en ir a verla, porque quería ver cómo iba a ser esa encarnación en la gran pantalla de esta historia de pérdida, desorientación y exploración personal, ese giro del timón que uno se da a sí mismo cuando ya no sabe hacia dónde va.

Y también por ver cómo se manejaba en el cine esta relación entre el protagonista, un joven arquitecto paisajista de 36 años que, de forma inesperada, mantiene con una mujer de 63 años. Aquí es donde reside la valentía de la narrativa, pues pocos autores se han atrevido a contar la relación entre un hombre más joven y una mujer madura sin caer en el cliché o en el chiste fácil, en lugar de tratarlo con la elegancia, la naturalidad y el respeto que merece. Este es, sin duda, el gran atractivo tanto de la novela como de la película. Tal vez por eso, apenas dos días después del estreno, me encontré con un público claramente adulto y me sorprendió (y alegró) ver a grupos de señoras visiblemente entusiasmadas, casi en procesión hacia la sala. ¿Casualidad? Puede. ¿O tal vez fueron atraídas por la rara y valiente promesa de ver en pantalla grande una historia de amor entre un hombre joven y una mujer madura tratada con naturalidad y sin burla? Yo apuesto por lo segundo.

Aquí el protagonista no se llama Beto como en Blitz, sino Miguel (mi muy querido David Verdaguer), que debe afrontar la repentina ruptura con Marta (Amaia Salamanca) bajo los cielos de Bruselas. Al cambiar el título Blitz (que en alemán significa relámpago), el autor se ha permitido reescribir la historia y transformarla un poco. La ciudad que originariamente era Múnich ahora es Bruselas, y la mujer madura a la que conoce, que en la novela se llamaba Helga, aquí se llama Olga. Puede que fuera para dulcificar un poco el contexto y el idioma… La película se maneja en tres idiomas: español, francés e inglés. Además, Trueba ha impregnado al protagonista de un estilo Woody Allen, repleto de intensidad, frases cómicas y reflexivas sobre la vida o las cosas mundanas. De hecho, Miguel transitará un viaje dando tumbos, empujones, tropiezos y accidentes, hasta que poco a poco vaya encontrando su lugar en el mundo, tanto en el aspecto profesional como en el emocional. El viaje incluye catastrofismo a raudales, imbecilidad de manual, situaciones delirantes, tormentas sentimentales, sequía afectiva y un peterpanismo crónico que roza lo clínico.

Aquí lo más importante es que Trueba derriba con suma delicadeza tabúes como el del sexo entre un hombre más joven y una mujer adulta; como ya digo, creo que esa exploración natural y abierta es el fundamental encanto de toda esta historia. Se mantiene la idea de conjugar el vodka como narcótico existencial para celebrar el amor o el desamor.

© Quim Vives

Solo por ponerle un pero a la película, el guion adolece de cambiar un poco la historia en la media hora final con la idea o el objetivo de acomodar al espectador a un formato más dinámico o comercial, como en las comedias románticas norteamericanas; y si bien la primera parte de la película funciona como excelente adaptación de la novela, para mí la segunda es un ejercicio de «autoboicot» (que quizá suena un poco fuerte) con el fin de que el espectador quede complacido con un final a la altura de las circunstancias… Y lo que es más importante, se pierde la explicación y un gran título como el de Blitz, pero siempre quedará la invitación para aquellos que vayan a ver la película y no hayan leído la novela: que después acudan al libro. Que siempre es un buen aliciente.

Pero, en definitiva, Siempre es invierno también es un gran título y es una película que me ha gustado mucho. Ahora aguardo impaciente a que David Trueba por fin se ponga manos a la obra con el guion de esa genuina road movie que será Cuatro amigos; incluso si no la quiere dirigir él, puede pasarle el testigo a Daniel Sánchez Arévalo, que tan bien se le dio esa otra road movie que es Primos. En cualquier caso, siempre es un soplo de aire fresco cuando llega una película de David Trueba a la cartelera española; yo la disfruto desde la butaca del cine como si disfrutara del vodka, los paseos gélidos en una ciudad remota o el sexo intenso y emocionante con una mujer madura.

Así que salgan del frío, entren en la sala y déjense abrazar por este invierno que, paradójicamente, calienta el alma. Porque Siempre es invierno es una de esas películas que te recuerdan que el amor no entiende de edades ni de mapas, solo de latidos que se encuentran cuando menos lo esperas. Vayan, siéntense, pidan un vodka imaginario y dejen que David Trueba les devuelva la fe en los tropiezos hermosos de la vida. Cuando salgan del cine, aunque afuera llueva o hiele, llevarán dentro un pequeño relámpago que ya nunca se apagará.

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