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«La tarta del presidente»: cuando la inocencia es puesta a prueba

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Fernando L. Simó
Fernando L. Simó
Miembro fundador de mundoplus.tv, seriefilo, cinefilo, devorador de libros y en pleno redescubrimiento de los cómics. Amante de la cultura (pop) y de la Historia, y ministérico de corazón.
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Hay películas que sabes desde el principio que van a doler, sobre todo cuando te enfrentas a una película sobre niños que no son, ni de lejos, películas para niños. En ese terreno incómodo —donde la inocencia se enfrenta a un mundo que no la protege— «La tarta del presidente» (en cines desde el 6 de febrero) es un baño de realidad demoledor para nuestro pensamiento occidental acomodado. Sin necesidad de recrearse en la miseria para provocar dolor, a la ópera prima de Hasan Hadi, solo le basta observarla desde los ojos inocentes de una niña de nueve años.

Puede que cinematográficamente esté a años luz de lo que estamos acostumbrados, pero La tarta del presidente nos muestra una realidad muy alejada de la nuestra. La película de Hasan Hadi nos traslada a los años 90, tras la invasión de Kuwait por parte de Iraq. La historia se sitúa durante el periodo de sanciones económicas a las que fue sometido el país gobernado por Sadam Hussein. Sin embargo, el director prefiere mostrar ese momento de crisis que afectó más que nada una población que sobrevivía a duras penas, a pesar de las graves carencias. Y, lo hace a través de la mirada de una niña huérfana que vive con su abuela. Una mirada inocente en un mundo cruel al que debe enfrentarse en una singular odisea para conseguir los ingredientes de una tarta para el presidente.

Aquí encontramos uno de los grandes aciertos del filme: convertir un encargo escolar en un viaje heroico. Porque a nuestra protagonista le toca en «suerte», llevar un pastel al colegio para celebrar el cumpleaños de Saddam Hussein. En un país sometido a sanciones, donde la comida escasea y los precios se disparan, la tarea se convierte en una odisea singular. A partir de este momento, el viaje importa más que el resultado final. Lamia no solo busca harina, azúcar o huevos, sino que intenta conservar una brújula moral en un entorno donde casi todos los adultos parecen haberla perdido. Ella quiere conseguir los ingredientes sin robar, aunque el mundo se empeñe en demostrarle que la honestidad es un lujo.

En lo cotidiano está lo aterrador de la mirada de la protagonista

Resulta aterrador recorrer las calles de la ciudad junto a Lamía y su gallo roba escenas, y ser testigos de una cotidianidad que esconde una realidad que asusta. Bajo su fachada de fábula costumbrista somos testigos, a través de los ojos de Lamia, de cómo funcionan los especuladores en un momento de carestía; de cómo el personal sanitario lucha sin medios para salvar a los enfermos; de cómo el fanatismo llena las calles; y de que lobos con piel de cordero siempre están presentes.

En su tono engañosamente ligero radica el punto fuerte de la película. Hadi dibuja un retrato de los años noventa en Irak que resulta asfixiante sin ser explícito. A lo largo del relato hay humor, juegos infantiles y ese gallo que acapara nuestra atención. Sin embargo, tras esa fachada inocente, lo que vemos es un país en el que la población debe hacer frente a las sanciones internacionales, mientras la burocracia se colapsa y el régimen exige desfiles y celebraciones. El contraste entre esa épica ridícula del poder y la supervivencia cotidiana de los ciudadanos resulta tan abrumador y absurdo como indignante. Sin embargo, la película no pretende ser un panfleto reivindicativo, sino que ofrece una mirada que busca nuestra empatía, alejándose de un discurso moralista.

En resumen

La tarta del presidente no es una película para todos los públicos. Si buscas algo fácil y ligero, esta no es tu historia. Sin embargo, si quieres echar un vistazo a otra realidad, a otra cultura, con todo lo que eso significa, la ópera prima de Hasan Hadi te ofrece esa oportunidad. Proyectada en Cannes con gran éxito, para muchos espectadores (como ha sido mi caso) es el primer contacto con el cine de un país casi invisible en los grandes circuitos.

Más allá de que podamos debatir sobre su fidelidad histórica, estamos ante una película que provoca un innegable golpe emocional. La tarta del presidente nos recuerda, que aún en los peores momentos, los niños siguen siendo niños: discuten, juegan e imaginan. Esa inocencia es a veces, todo lo que les queda. Por eso, darte de bruces con una película como está resulta a la vez tan aleccionador como incómodo. Sobre todo, porque miras de frente a esa realidad que tan alejada de tu día a día.

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