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«La gran ambición»: cine político con alma

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Fernando L. Simó
Fernando L. Simó
Miembro fundador de mundoplus.tv, seriefilo, cinefilo, devorador de libros y en pleno redescubrimiento de los cómics. Amante de la cultura (pop) y de la Historia, y ministérico de corazón.
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En una época en la que hacer política se ha convertido en ofrecer vergonzantes enfrentamientos dialecticos, con debates en los que el respeto por las ideas se ha olvidado, y se persigue con saña la inteligencia, resulta sorprendente (para bien) el estreno en cines de una película como «La gran ambición». La cinta que desembarcó en nuestras salas, de la mano de Filmin, el pasado 1 de agosto, marca un acontecimiento poco frecuente en la cartelera de cine actual: el regreso del cine político con mayúsculas. Además, en un panorama dominado por secuelas, franquicias y narrativas de consumo rápido que se olvidan fácilmente, Andrea Segre nos ofrece una propuesta que, apuesta por la reflexión, la memoria histórica (aprender del pasado es necesario) y el idealismo ético encarnado en una figura desconocida fuera de Italia: Enrico Berlinguer.

Este drama histórico, con un ritmo pausado, no es solo una reconstrucción minuciosa de los años más decisivos del líder comunista italiano, sino un alegato a favor de una forma de entender la política que hoy parece impensable. Entre 1973 y 1978, en los llamados «años del plomo», mientras Italia se tambaleaba entre el terrorismo, la inflación y el miedo al autoritarismo, Berlinguer intentó lo impensable: tender puentes entre ideologías irreconciliables para evitar un golpe de estado como el ocurrido en Chile contra Salvador Allende, si su partido llegaba al poder. Su «compromiso histórico» con la Democracia Cristiana no solo pretendía gobernar, sino proteger la democracia misma.

La gran ambición, además de narrar algunos aspectos clave de la carrera política de Berlinguer como secretario general del Partido Comunista Italiano, también explora con sencillez y sin estridencias, su vida familiar, junto a su esposa e hijos. Es en este momento, en el que la película traza una línea divisoria entre el político y el hombre de familia, pero mostrando a una persona que no cambia quien es, ya sea pronunciando un discurso delante de cientos de personas, o yendo a navegar con sus hijos. El filme recorre estos años, desde su viaje a Moscú en el que su discurso sobre otra vía para el comunismo no fue bien recibido, pasando por sus mítines ante trabajadores de diferentes fábricas del país transalpino, hasta llegar al momento histórico que estuvo a punto de producirse en 1978. En plena agitación del país, el acuerdo de una alianza con la Democracia Cristiana podía haber significado que el Partido Comunista de Italia llegará al poder. Sin embargo, el secuestro y asesinato de Aldo Moro (narrado en la magnífica serie Estado noche), líder de los democristianos, frustró un momento que hubiese cambiado la historia del país y del equilibrio geopolítico en todo el mundo.

En estos tiempos en los que ser político se ha vaciado de matices y se ha convertido en la profesión perfecta para medrar y conseguir dinero y poder sin esfuerzo, La gran ambición devuelve profundidad y humanidad a un oficio que ha perdido hoy en día su sentido de servicio público. Lo hace sin caer en la idealización, pero con la claridad de quien entiende que no hay presente sin un pasado del que aprender. Y lo logra gracias a una puesta en escena sobria, que se sirve de imágenes de archivo para mostrar momentos puntuales de aquellos años, y a una interpretación deslumbrante de Elio Germano, merecedor del David di Donatello por encarnar con rigor y sensibilidad tanto el aura moral como la fragilidad humana de Berlinguer.

Además de un retrato biográfico, la película plantea preguntas incómodas y necesarias: ¿Qué lugar queda para los ideales en la política actual? ¿Puede la ambición, entendida como compromiso colectivo, ser todavía motor de cambio? ¿Dónde está hoy la izquierda capaz de soñar sin renunciar a la democracia? El propio director, Andrea Segre, lo resume así: «Berlinguer es un símbolo global de un desafío y una elección: poner en práctica el socialismo en una sociedad democrática e independiente». No es casualidad que el público italiano haya respondido con entusiasmo: más de medio millón de espectadores y 3,5 millones de euros en taquilla revelan un interés por relatos que nos reconcilien con la idea de que otra política fue —y tal vez aún pueda ser— posible.

En resumen

En una época en la que impera el discurso del odio, con las redes sociales como campo de batalla ideológico y en el que los discursos están vacíos de contenido, La gran ambición no es solo una película que te hace reflexionar, si no que también es un recordatorio de que hubo un tiempo en que los líderes pensaban en el bien común por encima del rédito electoral. Visto en perspectiva, hoy en día parece impensable que personajes del talante de Aldo Moro o Enrico Berlinguer pudieran tener tuviera cabida en la escena política actual. Es por eso que el cine, además de ser entretenimiento, también puede ser comprometido con la historia, y así mismo abrir caminos para entender mejor el presente. Puede ser una ingenuidad pretenderlo, pero nunca está de más intentarlo

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