En las calles ásperas y frías de un Madrid salvaje que se desangra entre la codicia y la memoria, Daniel Guzmán erige con «La deuda» un monumento de carne y luz. Un relato amargo con algunas luces de esperanza. No dirige: conjura. No interpreta: se entrega en cuerpo y alma con la fiereza de quien ha caminado esas mismas aceras y conoce el peso exacto de cada mirada perdida. Descubrió a la inolvidable Rosario García —la anciana de hierro y ternura con la que comparte este periplo— después de una larga audición visitando distintas residencias de la tercera edad. Guzmán hizo el mismo trabajo de búsqueda, concienzudo y detallista, que realizó cuando localizó a Miguel Herrán, el protagonista de su ópera prima «A cambio de nada» (al parecer, se entrevistó antes con más de mil chavales). Después, Herrán se convirtió en Río para «La casa de papel» y en Christian para «Élite». Guzmán encontró una pepita de oro: a él le valió el Goya al mejor director novel y a Herrán, el de mejor actor revelación. En «La deuda», Guzmán teje un tapiz de culpa, redención y resistencia que trasciende el thriller para convertirse en una epopeya íntima. El género del personaje que, por culpa de la desesperación económica, busca dinero fácil es un subgénero en sí mismo: ese personaje le lleva a espirales irreversibles de malas decisiones y atajos que rara vez acaban bien.
Lucas (Daniel Guzmán) y Antonia (Rosario García), por circunstancias, llevan juntos toda la vida. Antonia cuidó de Lucas tras el fallecimiento de sus padres y se ocupó de él. Ahora que es una anciana con problemas respiratorios graves y ambos sobreviven gracias a la pensión de ella, Lucas siente la responsabilidad de cuidarla, protegerla —como ella hizo con él— y salvarla del desahucio inminente provocado por la gentrificación del barrio. Un fondo de inversión ha comprado el edificio donde viven y, si no ponen al día con el banco las cuotas de la hipoteca, tendrán que irse a la calle. En este planteamiento de exponer a estos dos seres humanos al borde del abismo reside la grandeza del cine de Guzmán: en esa terca dignidad de que, aun cuando el mundo nos explote o nos desahucie, el corazón puede seguir habitando su propia casa invencible.
Probablemente sea el trabajo más brillante de Guzmán realizado hasta la fecha. Aunque él está pensando en dar su brazo a torcer —le he oído en alguna entrevista que es la última vez que dirige—, lo que sería un tremendo error, porque no es solo que su cine rebose audacia y talento a partes iguales: es que comparte una manera de hacer cine con figuras legendarias de Hollywood. A mí La deuda me parece que tiene muchos puntos de encuentro y aristas con una historia como Gran Torino, de Clint Eastwood. Y, para mí, está más cerca de Costa-Gavras incluso que de Ken Loach. Precisamente porque Guzmán ha vivido muy pegado a la realidad del barrio y de lo que ocurre en la calle, es capaz de narrar una realidad social, transmitirla y transformarla en un thriller épico e íntimo, en el que se denuncien diferentes injusticias o desigualdades con una verdad genuina y una autenticidad sorprendente. Y lo consigue. Desde luego que lo consigue.
Lo que no entiendo es por qué esta película ha sido mirada de soslayo por los académicos y no ha recibido las nominaciones que merecía, sin duda, en este año tan peculiar para el cine español. He visto la inmensa mayoría de las películas candidatas y, en mi humilde opinión, no merecen esas atenciones habiendo largometrajes tan potentes como este. No es el único, ¿eh? Para mí, Los tigres, de Alberto Rodríguez, o la olvidada y casi ninguneada Golpes, de Rafael Cobos, merecían candidaturas. Creo que, como pasa en los Óscars de Hollywood, hay una corriente esnobista dentro de la Academia que vota siempre historias que nada tienen que ver con un cine auténtico, vivo, interesante o entretenido.
De todas formas, La deuda, que se ha defendido en unas 180 o 200 salas de cine en España y se estrenó el pasado mes de octubre compitiendo con las grandes producciones hollywoodienses, no solo ha tenido una taquilla bastante digna, sino que, gracias a un buen boca – oreja, le fue bastante bien: un recorrido trabajado y prolongado gracias al esfuerzo de Guzmán, que ha estado presente en distintas salas para hacer coloquios después del visionado de la película. No está mal este éxito relativo en taquilla para un filme de denuncia social que habla de la precariedad que vivimos en nuestros días. Hablamos de una película con una factura impecable, filmada entre Madrid y Sevilla en unas 10 semanas y con el doble de localizaciones que suele tener una producción española habitualmente. Daniel Guzmán no solo ha estado delante y detrás de la cámara: al ser productor y director, se ha visto enfrascado en la edición, en la mezcla, en la toma de decisiones de la banda sonora… Se nota la implicación máxima de un tipo intenso y apasionado en querer hablar de las cosas que importan, de qué es lo que estás dispuesto a hacer por la persona que más quieres o la que cuidó de ti.

Ahora tenemos la oportunidad de verla en Movistar Plus+ sin coloquio, pero tenemos la suerte de disfrutar en casa de esta gran película, que no solo habla del poder de sacrificio, también de la culpa y de lo jodido que es escapar del sustrato social. Y aún más a contrarreloj.
El elenco es espectacular y de gran calidad; también se nota el eficiente y profundo trabajo que se ha hecho con las actrices y los actores que componen la trama: maravillosa Susana Abaitua (Mara), desgarradora Itziar Ituño (Gabriela), aterradores personajes malvados como Luis Tosar (Jero) o Mona Martínez (Sorina) —que, por cierto, una vez me crucé con ella en un viaje en AVE y pude felicitarla por lo maravillosa actriz que es—. Y especial reconocimiento al actor Carlos Olalla (encarna al abogado de Lucas), siempre tan certero, y al que me gustaría seguir viendo en teatro, cine y televisión por su credibilidad y convicción para encarar todos los papeles que se le imponen, siempre en oficios ilustres como médicos, jueces o abogados. Qué gran actor y qué maravilla que esté en La deuda.
Tengo debilidad por esta película. Por este actor y director. Porque después de haberla visto me he dado cuenta de la suerte que tenemos de tenerle. Más allá de las garantías actorales que ya desgranó en Menudo es mi padre, Aquí no hay quien viva y en las películas de Fernando León de Aranoa, Álex de la Iglesia e Icíar Bollaín. Tifón — como así le llamaban en su pasado como grafitero cuando tenía catorce años— merecía recoger su tercer Goya este año como director, actor o guionista, pero no pasa nada: si no es en esta ocasión, será en los próximos años. Necesitamos artistas tan versátiles como él, capaces de manejar con talento la cámara, la escritura, la interpretación, pero siempre pegado a la realidad y a las injusticias que siguen latiendo hoy en día en nuestra sociedad. Al final, esa denuncia de pintar grafitis en los muros de Aluche será hermosamente trasladada a pintar denuncia en el celuloide.
Muchas gracias por este relato, Daniel. Muchas gracias por todo este esfuerzo. Estoy convencido de que ha merecido la pena… y de que tu voz, tan necesaria, seguirá resonando en cada calle, en cada deuda no pagada y en cada corazón que se niega a ser desahuciado