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«Jurado Nº 2»: juicio sin jurado

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Carlos Muñiz Vidal
Carlos Muñiz Vidal
Intento huir de las películas y las series, pero ellas me persiguen. Desde mis estudios de audiovisuales a mi trayectoria profesional en canales temáticos, puede que sea yo el que las persiga a ellas. Fascinado por las historias desde siempre, sean éstas a través del cine, la literatura, el teatro o la televisión, en esta época de plataformas intento buscar esa fascinación oculta en el algoritmo que nos impide descubrirlas.
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Clint Eastwood en la dirección, estupendo reparto, película de juicios, género que ha dado películas estupendas… ¿Qué puede salir mal? Pues a nivel argumental, algo clave en una película como ésta, bastantes cosas, me temo. Empezando porque tiene un argumento de amagar y no dar, algo que parece ser la tónica de Eastwood en sus últimas películas, a partir de «Gran Torino» y «Más Allá de la Vida», su última gran película (de 2010). «Cry Macho», «Richard Jewell» o «Mula» pecaban al igual que «Jurado Nº2» de un planteamiento pretendidamente original que Eastwood no seguía hasta el final, quedándonos siempre la sensación de que la historia o bien no daba para más, o no se han exprimido a los personajes lo suficiente, y está claro que el casting de esta película le daba a Eastwood el suficiente talento para explotar mucho más sus posibilidades dramáticas.

Aquí tenemos a Nicholas Hoult, el niño de aquella película en donde Hugh Grant estaba bien, Un Niño Grande, y el fantástico guerrero ansiando el Valhalla de Mad Max: Furia en la Carretera. El reparto acierta de pleno con Hoult, actor con una trayectoria numerosa y solvente, que aquí da vida a un inocente que no lo es tanto utilizando para ello su mirada cargada de culpabilidad, acompañada por su capacidad para la ambigüedad con miradas o gestos, y su intento de transformar el típico aspecto de padre reciente en alguien mucho más turbio.

También está Tony Collette quién hace de fiscal con la reconocida solvencia con la que interpreta cualquier papel que elija desde su irrupción en La Boda de Muriel, un J. K. Simmons al que casi no le dan la oportunidad de intervenir (la manera en como desaparece este personaje es una de los grandes fiascos argumentales de la película), y está incluso Jack Bauer… bueno, perdón, Kiefer Sutherland, quién realiza otro papel a medias, un personaje que tendría toda la fuerza del mundo como azote moral del protagonista (es su padrino en Alcohólicos Anónimos y, por si no fuera suficiente, también es su abogado), pero sus diálogos siempre terminan con un «si me necesitas, aquí estoy», y su cara más o menos dice lo mismo, y resulta sorprendente que un actor de esta categoría y trayectoria no pese más en la trama, sea uno de esos papeles secundarios del que olvidamos el nombre del actor que lo interpreta. Señor Eastwood, que es Jack Bauer…

Esta dejadez con los personajes secundarios o con los personajes que llevan las indagaciones, que sustentan los recovecos de la historia, es una tónica de las últimas narraciones de Eastwood, y el colocar a grandes actores (Sam Rockwell, Olivia Wilde y Kathy Bates en Richard Jewell, Bradley Cooper, Michael Peña y Dianne West en Mula) como aquí interpretando a esos personajes vacíos que orbitan entorno a la trama principal, es todo un desperdicio de talento.

La historia guarda algún parecido con la trama sobre jurados por excelencia, 12 hombres sin piedad, película clásica de 1957 protagonizada entre otros por un sublime Henry Fonda y dirigida, de forma no menos sublime, por un Sidney Lumet en estado de gracia. Si el propósito de ésta película era volver a ver la clásica, en mi caso lo ha conseguido, convirtiéndose en el único atractivo de verla. Al principio, casi es idéntica, solamente uno de los miembros del jurado cree en la inocencia de la persona juzgada por asesinato, en contra del resto, para luego alternar con secuencias fuera del juzgado que la alejan completamente de su predecesora, con la única excepción del dudoso testigo ocular, del que casi duplican las deliberaciones de la original (afortunadamente, no lo hacen). El conflicto moral solamente alcanza la superficie durante el planteamiento de un caso excesivamente plano, sin matices ni complicaciones, explicado una y otra vez en sucesivos flashbacks como si fuera realmente difícil de seguir, cuando no lo es.

Incluso en un caso como éste, si se repitiera el esquema de la obra maestra de Lumet y no asistiéramos al juicio, solo a las deliberaciones, podría resultar hasta interesante; pero es que aquí, además, tenemos previamente el juicio, en dónde se nos cuenta con pelos y señales todo, con los testimonios de los testigos, los alegatos iniciales y finales, etc.

El caso prácticamente lo resuelve el personaje de J. K. Simmons, un expolicía, en el primer tercio de la película (para que luego, insisto, el personaje desaparezca), y lo único que nos resta es ver qué hace la fiscal con esa información, preguntándonos todo el rato por qué ella misma no se hizo esas preguntas previamente. Este personaje de Simmons podría ser perfectamente el antagonista, alguien que forzara que las situaciones ocurrieran, pero aquí simplemente se echa a un lado, en otra de las características de las últimas películas de Eastwood, la falta de villanos, de antagonistas, de personajes que confronten. Cada personaje de sus últimas obras se enfrenta a las circunstancias y a cierto deber moral, pero sin que nadie le fuerce con sus actos a enfrentarse. Parece como si el propio Eastwood, a base de tanto duelo pistola en mano, haya decidido como en Sin Perdón”, retirarse a una granja de cerdos y evitar combatir argumentalmente en sus películas.

La última y evidente muestra de ahorro dramático para el espectador es cuando el protagonista, acorralado, debe de convencer al resto de miembros del jurado de lo que más le interesa a él.
Cuando ves que las circunstancias hacen que va a ser inevitable un cambio en el personaje durante las deliberaciones, cuando te preguntas cómo va el personaje a argumentar todo lo contrario a lo que ha ido defendiendo durante la primera parte de la película, de repente, hay una bonita elipsis, y tenemos el veredicto. Se nos oculta todo el conflicto en la sala del jurado, el auténtico meollo de cualquier película como ésta.

Jurado Nº2, como obra de corte clásico, dirigida por un mito de Hollywood, y solventemente fotografiada, montada, musicalizada e interpretada será seguro candidata a varios premios en su trayectoria de nominaciones del año próximo, nominaciones que se apoyarán en el prestigio de los nombres que sustentan la película. Pero viéndola, en lo que realmente piensas es en 12 Hombres Sin Piedad, disponible en Filmin. Y cuando gracias a esta película, la vuelves a ver, no te puedes creer lo buena es.

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