«Don Quijote de la Mancha» es la novela más leída de todos los tiempos y un estandarte de la cultura y el arte españoles y universales. El éxito indiscutible de una de las mayores obras literarias de todos los tiempos implica poner a su autor, Miguel de Cervantes, en el lugar que le corresponde en la historia de la literatura. Por ello, embarcarse en un biopic sobre su figura parece sólo al alcance de los cineastas más importantes del panorama español. Alejandro Amenábar es el guionista y director de «El cautivo», que narra los años de cautiverio del escritor en Argel, mucho antes de escribir su gran obra.
La principal crítica al film, a partir de su reciente paso por el festival de Toronto, es que ficcionaliza demasiado la historia y se aleja sin pudor de la realidad de la vida del autor. Es cierto que, especialmente en su último tercio, el film tiende a un melodrama que juega en contra de lo construido en la primera mitad. Sin embargo, queda patente a lo largo del metraje que, más que una narración veraz y contrastada, estamos hablando de una película sobre el poder de los relatos. Cervantes se convierte en una especie de Sherezade al entablar una relación de sumisión, pero también de confianza, con el gobernante que tiene presos a los cristianos españoles.
Amenábar insiste, en los mejores momentos del film, en el poder de la ficción, la mentira y el relato como herramienta para todo, que sirve a Cervantes tanto para salvar su vida, como para dar esperanza a sus compañeros. Su insistencia por el poder de los cuentos, antecesores de las novelas e incluso de las películas, recuerda a otra película construida a través de narraciones y relatos como es la magnífica e injustamente denostada Tres mil años esperándote, de George Miller.
El problema de la película no es su visión o el punto de partida, sino un ensimismamiento en la trama que termina por boicotear su propio mensaje. Todo el peso narrativo que Amenábar otorga a los relatos y la picaresca de Cervantes se desdibuja demasiado en un tercer acto en el que convierte a «El Manco» en una especie de mesías de la cristiandad y en un mártir para sus compañeros. El cineasta busca poner a Cervantes como centro de una historia coral que pierde fuelle y cuyos personajes no consiguen estar a la altura de la magnitud narrativa.
El reparto, en su totalidad, está solvente y todos los personajes consiguen remar a favor de la construcción narrativa, a pesar de ser algo planos en su diseño. Quizá el eslabón más débil sea Fernando Tejero, con un papel más caricaturesco que termina siendo más una iteración de sus populares roles televisivos que un villano convincente. Los aspectos artísticos y los valores de producción sí están a la altura de una película de esta magnitud y la recreación de Argel y, especialmente, el diseño de vestuario, le dan al film un aire hollywoodiense del que, sin duda, se beneficia.
En resumen
El cautivo es una interesante aproximación al personaje de Cervantes como estandarte de la ficción y el relato, aunque pueda venderse como una película biográfica. Los guiños recurrentes al Quijote distraen de una trama con potencial que Amenábar no consigue elevar por encima del guion. Lejos queda el joven y atrevido director de Tesis o Abre los ojos y estamos acostumbrándonos a un Alejandro Amenábar con propuestas más conservadoras. No es una película que sorprenda visualmente (a pesar de ser muy competente) ni que maraville por su narrativa o interpretaciones. Con todo, nos recuerda que el ser humano necesita historias para vivir y no hay mejor personaje que Miguel de Cervantes para dejarlo claro.