El cine de terror está pensado para generar miedo, tensión, incomodidad o repulsión en el espectador. El fan del género busca siempre experiencias nuevas con las que «disfrutar» y pasar un buen mal rato. Sin embargo, no siempre se encuentra esa película que te haga recorrer esa montaña rusa de emociones. Ya no es una moda, sino casi una norma, que buena parte del género busque asustar al espectador a base de golpes de efecto. Sin embargo, cada vez es más difícil encontrar películas que consigan incomodarte poco a poco, y que te mantengan en tensión hasta el final. «Dollhouse: Muñeca maldita», que se estrenó este martes 12 de mayo en Movistar Plus+, juega precisamente en ese terreno. Y lo hace con una propuesta que pone las cartas sobre la mesa desde el principio, consiguiendo algo cada vez más difícil de encontrar: generar una inquietud constante, que no te abandona ni cuando aparecen los créditos.
Shinobu Yaguchi, un director asociado tradicionalmente a relatos luminosos y optimistas, con historias inspiradoras sobre superarse y encontrar la propia voz, realiza aquí un giro tan inesperado como efectivo. Su aproximación al terror no es la del susto fácil ni la del exceso visual que distraiga nuestra atención, sino la de la atmósfera. Dollhouse: Muñeca maldita es, ante todo, una película sobre el duelo. Sobre el vacío que deja en nosotros una pérdida imposible de asumir y sobre las formas —a veces perturbadoras— que adoptamos para sobrevivir a ella. La muñeca no es solo un objeto maldito: es un refugio emocional, una ilusión peligrosa, una grieta por la que se cuela lo sobrenatural.
De esta forma, Yaguchi se une al denominado J-Horror que hizo furor en medio mundo a finales de los 90 del siglo XX y principios de los 2000. Uno de los grandes exponentes de aquellos años fue Hideo Nakata, uno de los directores japoneses de mayor repercusión internacional y que cuenta en su filmografía con éxitos como Ghost Actress (1996), Ringu (1998), Ringu 2 (1999) o Dark Water (2002). Tampoco hay que olvidar a Takashi Shimizu que dirigió Ju-on: The Grudge, que al igual que ocurrió con las películas de Nakata, tuvo su adaptación norteamericana. Eran películas centradas en gran medida en el terror psicológico y la tensión, con fantasmas, maldiciones y poltergeists como motores de la amenaza. En resumidas cuentas, historias con capacidad para hacerte pasar un mal rato, gracias a su atmósfera inquietante y a la certeza de que algo iba a pasar. Un estilo que Yaguchi consigue recuperar en gran medida, con una película capaz de alcanzar niveles de tensión extremos.
La historia arranca con una tragedia devastadora que marca a la protagonista y define el tono de todo lo que vendrá después. La desaparición y muerte de su hija no solo rompe a la familia, sino que deja una herida abierta que el filme no tiene prisa en cerrar. Curiosamente, es en ese proceso de duelo donde Dollhouse: Muñeca maldita encuentra una fortaleza inesperada. En esta parte de la película, uno podría pensar que está ante un drama íntimo, contenido, incluso delicado. Una historia sobre la pérdida, el dolor y la lucha por seguir adelante. Y funciona. Funciona porque el dolor está tratado con una sensibilidad poco habitual dentro del género.
Pero entonces aparece Aya.

La muñeca, con ese inquietante parecido a la niña fallecida, introduce un elemento profundamente perturbador que no podremos quitarnos de la cabeza. No es el típico juguete que se mueve o ataca de forma explícita. Olvidaos por tanto de M3gan o Chucky. Es algo mucho más incómodo: una presencia. Yaguchi entiende que el verdadero terror no está en lo que vemos, sino en lo que tememos que ocurra. Cada plano de la muñeca, inmóvil, aparentemente inofensiva, está cargado de tensión. Es solo un juguete, pero sabes que algo va a pasar. No sabes cuándo. Y eso es lo que te mantiene en guardia.
La comparación con figuras icónicas del género es inevitable. Si en su momento Samara o Mitsuko se colaron en nuestras pesadillas, Aya tiene todos los ingredientes para ocupar ese mismo espacio reservado para los que temen apagar la luz. No porque haga más, sino porque hace menos. Porque su amenaza es más sutil, más psicológica, más ligada a lo espiritual. Aquí no hay inteligencia artificial ni posesiones al uso. Hay tradición, ritual, y una carga simbólica que conecta con el folclore japonés en torno a los objetos y las almas.
Más allá de la inquietud que genera la presencia de Aya y su mala costumbre de regresar, a pesar de los intentos por deshacerse de ella, esa base cultural que encontramos en Dollhouse: Muñeca maldita hace que la película se sienta diferente. El filme bebe de tradiciones japonesas reales como los rituales funerarios para muñecas, lo que le da un poso de autenticidad que refuerza su impacto. No es una simple historia de terror: es también una reflexión sobre la memoria, la culpa y la imposibilidad de dejar ir.
Dollhouse: Muñeca maldita no es una película perfecta, sobre todo por un tramo final que se alarga en exceso hasta desembocar en un clímax algo diluido tras tanta tensión acumulada. Aun así, Yaguchi nos ofrece algo que muchas propuestas del género no consiguen: permanecer contigo. No por sus sustos, sino por su atmósfera. Por esa sensación constante de que algo no está bien, de que el peligro acecha en los lugares más cotidianos. Y por esa muñeca, Aya, que probablemente te hará mirar de otra manera cualquier objeto aparentemente inofensivo. Películas como esta demuestran que, cuando el terror se aleja del exceso de artificio, se concentra en crear una atmósfera inquietante y sostiene una amenaza constante, no necesita mucho más para dejar huella.