Estamos acostumbrados a recordar con cariño los viejos buenos tiempos donde fuimos más felices. Aunque realmente no fueron tan buenos, pero nuestra mente suele recordar y potenciar siempre lo mejor. Sólo tienes que hacer la prueba y ver una serie de tu adolescencia-niñez, como por ejemplo «El gran héroe americano» o «Ulises 31». Los mandamases lo saben y juegan con ello, trayendo de vuelta series y películas con mayor o menor fortuna. Una de esas series que vuelve es «El internado. Las cumbres».
No hay ninguna duda de que esta continuación-remake viene dada por el éxito mundial de Élite de Netflix, sobre todo entre el público juvenil. Para ello utilizan de gancho a la serie que triunfó en Antena 3 hace poco más de una década. Consiguió mantenerse en emisión durante varios años utilizando elementos que esta nueva versión casi ha calcado. En ambas tenemos un par de hermanos que llegan nuevos a un internado perdido en medio del campo. En la original esos hermanos eran Marcos (Martín Rivas) y una niñita rubia encantadora e inquietante, Paula. Aquí a la nueva Paula le han añadido unos añitos más y así se le puede añadir algún interés amoroso, para darle más enjundia.

El rebelde y díscolo que antes era Yon González ahora tiene un aire a Daniel Arias, el hijo de Imanol Arias y Pastora Vega. La Carolina a la que dio vida la ahora hollywodiense Ana de Armas bien podría ser la conflictiva Amaia o la chica que no recuerda nada de su pasado. Blanca Suárez junto con Yon González hicieron un breve cameo en la primera temporada contando su historia de supervivencia en el internado de Laguna Negra en un genial guiño a la vieja generación.

Siguiendo con la comparación, la estricta ama de llaves a la que daba vida la eterna Amparo Baró, ahora tiene su réplica en otra dama del teatro, Natalia Dicenta. El preocupado y comprometido profesor que interpretó Luis Merlo, ahora se ha convertido en el monje Alberto Amarilla que esconde muchas cosas debajo de la toga y que parece seguir los pasos de su predecesor. Pero también hay que recordar a la siempre solvente Natalia Milán, a la debutante Elena Furiase, al incombustible cocinero que hacía Raúl Fernández de Pablo, Marta Hazas, Lola Baldrich, Fernando Tielve…
Quizás el personaje que no han calcado es el de María, esa madre coraje a la que interpretó Marta Torné en su transición de presentadora a actriz. Aunque si hay un personaje con buenas intenciones es el de Mina El Mani, que al aparecer sin el pañuelo que siempre luce en Élite puede costar más reconocerla.

Como en la serie original, hay muchas muertes violentas y cambio constante de profesores. Los que entran traerán muchos más misterios que los que salen, casi siempre en extrañas circunstancias. Por supuesto tiene pasadizos secretos, persecuciones, padres que ocultan secretos… Pasamos de experimentos y crímenes ejecutados por Nazis, a estudios farmacéuticos y una antigua logia, caracterizada por un cuervo. La ubicación es mucho más espectacular: un viejo monasterio en una cumbre, que tiene más de castillo o de vieja prisión, con unas vistas espectaculares cortesía de los efectos especiales.
En el Laguna Negra se coqueteó con elementos sobrenaturales. Incluso apareció una escotilla a lo Perdidos, justo en su primera temporada, cuando parecía ponerse intereante. Lamentablemente decidió seguir por un lado mucho más mundano, terminando por convertirse en un culebrón para todos los públicos. Las Cumbres muestra sus armas sin tapujos desde el principio. Quiere ser una Élite, pero con algo menos de sexo y un poco más de casquería. Siguiendo con la analogía lostie, algunos pensábamos que incluso iba a tener su propio humo negro. Al final es sólo un espejismo de una historia diseñada para seguir enganchando durante mucho tiempo. Mención aparte merece la magnífica canción final de Natalia Lacunza, Corre, que es lo que más hacen los protagonistas, sobre todo en el inicio de esta segunda temporada.