Hace ya un par de años os hablé aquí en una de mis primeras críticas de «Men», la anterior película de Alex Garland y en la que, si bien seguía manteniendo un nivel notable, se notaba cierto bajón en esa película respecto de sus primeras obras.
El tiempo ha pasado y Alex Garland ha decido alejarse de la ciencia ficción y del terror para acercarse a algo mucho más realista -aunque técnicamente es una distopia- para regalarnos Civil War, una enorme película donde no sólo tenemos al mejor Garland, sino que tenemos una de las grandes películas del año.
Civil War parte de la premisa de que en Estados Unidos se ha desatado una terrible y cruenta guerra civil. Hay una serie de estados que se han sublevado ante el gobierno y su presidente y están intentando tomar el control de la capital -y eliminar al presidente actual- para pasar a gobernar ellos. Lo primero que debemos saber de esta cinta es que, a diferencia de otras que tratan conflictos bélicos, aquí no vamos a ver la perspectiva de los soldados, sino que Garland pone el foco en un grupo de periodistas que tienen que cruzar una gran parte del país en busca de una entrevista al presidente antes de que acabe la guerra. Así que tiene un esquema de «road movie» en algunos momentos, pero, obviamente, introduciendo la crudeza, el terror y el peligro que provoca una guerra de este estilo en un viaje como ese.
La película, gracias a esta decisión en el quién, pero también el cómo va a narrar la historia, consigue construir una narración tremendamente dura y de ritmo altísimo apoyándose en estos reporteros de guerra y en las decisiones que muchas veces tienen que tomar mientras se juegan la vida para contar qué es lo que está pasando y llevar a cabo las tareas propias de su profesión.
Considero que uno de los puntos fuertes de Civil War es su capacidad para quedarse un poco al margen de las motivaciones del conflicto en sí, para darle el peso a las consecuencias del conflicto. Durante la cinta nos damos cuenta que no tenemos nada claro quién es quién en esta guerra. Cuáles son los bandos o qué es lo que lo ha detonado todo. Y esa decisión de guion de dejarnos a oscuras es la muestra de que a Garland no le interesa el quienes sino que le interesa el por qué. La forma como la narración va avanzando, los momentos absolutamente terroríficos -como el que protagoniza Jesse Plemons que con cinco minutos se adueña de la película- o esos momentos de incomprensión total sobre lo que está ocurriendo como el que está relacionado con un francotirador nos demuestran que estamos ante una cinta que denuncia lo irracionales que son las guerras y lo arbitrarias que pueden llegar a ser. La gente se dispara porque sabe que, sino lo hace, el enemigo lo hará y para ello difumina en su cabeza a ese enemigo como si fuese un ente y no una persona de carne y hueso como son ellos. Despersonalizando al enemigo para que le resulte más fácil vivir con la violencia y la muerte que se están desatando a cada segundo. Creo que este pilar donde se apoya la cinta es tan firme que todo el resto de la película puede apoyarse encima sin temor a que vaya a caer.
Por otra parte, la cinta no se queda solo ahí, sino que también tiene otro fuerte pilar al que agarrarse para narrar la complejidad de un conflicto tan total como este. Y es que también nos habla de hasta que punto podemos ser capaces de llegar para llevar a cabo lo que creemos que debemos hacer. La persecución de la imagen perfecta, de poder narrar lo que ocurre a toda costa hasta el punto de ponerte en riesgo tanto tú mismo como a tus compañeros y el hecho de ir traspasando pequeñas líneas rojas buscando hacer tu trabajo es la otra gran trama de la cinta y se refleja especialmente en los personajes de Kirsten Dunst y Cailee Spaeny -ojo a esta chica que apunta alto a pesar de ser tan joven- cuyos papeles retratan el descreimiento de quien lleva toda una vida haciendo esto en comparación a la idealización de la juventud del que comienza y es capaz de convertir el miedo en energía para llevar a cabo el trabajo. Consiguiendo, a la postre, que ambos personajes sean las dos caras de una misma moneda que está dando vueltas en el aire constantemente.
Todo esto Garland lo adereza con una dirección a la altura de un maestro y un uso del sonido particularmente llamativo con el que es capaz de provocar hasta algún «jump scare» sin ser esto una película de terror -aunque sí es terrorífico todo lo que se narra-. Consiguiendo, a la postre, que estemos ante una cinta con un guion cuidadísimo, que no da puntada sin hilo, pero cuyas formas en las imágenes que crea a veces se imponen a ese guion buscando la metáfora no solo en lo que se dice sino en cómo se rueda y se muestran algunas escenas. Esto nos lleva, para mí, al único pequeño punto negativo de la película y es que, sin entrar en spoilers, creo que hay una escena hacía el final donde Garland quiere ejemplificar tanto desde lo visual su mensaje que acaba por construir una escena de una forma que pierde un poco el realismo y la lógica que tiene todo el resto del metraje. Esto no quiere decir que la cinta se caiga por ello, pero si que me ha resultado francamente llamativa esa decisión de puesta en escena para conseguir llegar hasta el final en su planteamiento.
En resumen
En cualquier caso, y como ya he dicho anteriormente, creo que estamos ante una película del nivel de Ex machina -que para mí es decir muchísimo-, que no tiene ningún miedo a ser cruda cuando debe, reflexiva cuando necesita bajarle el ritmo a la acelerada narración y terrorífica cuando el espectador se para a pensar en que lo que está viendo, por triste y duro que sea, ocurre en muchos lugares del mundo de forma habitual. Excelente película.