«Baltimore» no es solo una película de “polis y cacos”, es mucho más, es un análisis de cómo ciertas situaciones pueden empujar a un personaje a delinquir, pero sobre todo es una gran incógnita que deja al espectador: «¿Los fines justifican los medios?, ¿sí?, ¿no?, ¿por qué?, y ¿hasta qué punto?».
Los directores irlandeses Joe Lawlor y Christine Molloy nos han entregado su último proyecto, Baltimore, un largometraje en el que aprendemos sobre la historia de Rose Dugdale (Imogen Poots), una mujer criada bajo una educación aristocrática contra la que se revela tras militar en varios partidos republicanos, después de vivir las crueldades dadas en «El domingo sangriento» en Irlanda del norte en 1972.
En el primer visionado de la película es fácil advertir la belleza y cariño dejado en cada plano. El frio y nublado país irlandés juega como acompañante de nuestra misteriosa protagonista, la cual nos presentan como una femme fatale que anda disfrazada para cometer sus fechorías. Con peluca y falso acento francés, poco a poco descubrimos quien realmente es.
Con un uso de flashbacks y ensoñaciones, que al principio pueden ser confusas pero pronto se tornan contundentes, llegamos a conocer a la protagonista; Una mujer que quiere luchar por un mundo mejor para su presente y para las futuras generaciones. Pero ¿Cuándo la protesta pasa de ser una lucha colectiva a una lucha personal?.
Lawlor y Molloy nos dejan claro en esta película, que los «delincuentes» tienen una razón (o varias) más o menos justificada para ser como son y para saber el por qué de las elecciones cometen.
Conocer los mecanismos de la mente de personas alejadas a la sociedad siempre es interesante y por esa razón diría que Baltimore no pasará inadvertida por los ojos de los que deseen disfrutarla.
Yo pluralizaría el galicismo «Femme fatale» (que es lo correcto en francés)…Baltimore: Las femmes fatales también sueñan despiertas … igual que si se utilizase por ej. el anglicismo…París: Las Bad Girls también sueñan con su Príncipe azul.