El cine tiene esa universalidad que hace que signifique multitud de cosas diferentes según lo interpretamos cada uno. El séptimo arte lleva más de 100 años haciéndonos soñar, reír, llorar y emocionarnos, ya sea en la oscuridad de la sala de cine o ahora, en el salón de casa o en el asiento del bus. Hay historias grandilocuentes, blockbusters millonarios que buscan arrasar en taquilla, pero también hay espacio para las historias sencillas que buscan llegar al corazón del espectador. Unas y otras no son excluyentes, ya que uno se puede emocionar viendo a tres tíos en mallas saltando por los tejados de Nueva York, pero también puede sentir un cosquilleo en el corazón viendo una historia actual y ambientada en una ciudad desconocida para el gran público como Melilla. Esto último es lo que nos ofrece «Alegría», película dirigida por Violeta Salama que tras su paso por el Festival de Sevilla se estrenó en cines el pasado 10 de diciembre. Una película sencilla (en sentido nada peyorativo) que nos adentra en la historia de tres mujeres, muy diferentes entre sí, pero con algo en común, el valor para vivir sin esconder quienes son.
Violeta Salama debuta en la dirección de un largometraje, tras años curtiéndose en ayudantías de dirección, con una historia en la que conocemos a Alegría (Cecilia Suárez), quien vive de espaldas a sus raíces judías, y que parece peleada con el mundo, en una especie de huida hacia delante hacia ningún lugar. En esa escapada se mudó a Melilla, y se instaló en la casa familiar, aunque la tarea dejar atrás su pasado es nada fácil. Y, es que al enterarse que su familia se traslada a su casa para organizar la boda de su sobrina Yael (Laia Manzanares) con Jacobo (Emilio Palacios), un joven melillense, su vida se pone patas arriba. Sus planes de soledad programada se verán ensombrecidos, aunque contará con ayuda: en casa, de la joven marroquí Dunia (Sarah Perles), y fuera, de su mejor amiga, Marian (Mara Guil), siempre dispuesta a escuchar.
A pesar de los inconvenientes, la posibilidad de reencontrarse con hija provoca que Alegría haga de tripas corazón (no sin cierta mala leche) la invasión de su conquistada soledad. Sin embargo, nada saldrá como estaba previsto y lo que se previa como una celebración irá derivando en tensiones que harán aflorar las visiones antagónicas de estas mujeres sobre el mundo, iniciando un viaje en el que irán descubriendo que siempre hay más cosas que las unen de las que las separan.
Alegría es una película optimista con la ciudad de Melilla integrada como un personaje más de la historia. Una ciudad española y africana, crisol de culturas y de tradiciones que sirve como telón fondo de esta fábula sobre el autodescubrimiento y el valor de afrontar el cambio. A lo largo de la cinta vemos como las tres protagonistas principales se han autoimpuesto unas limitaciones, ya sean emocionales (esconder los sentimientos para que no te hagan daño) o personales (influidas por el miedo al fracaso y el cumplimiento de las tradiciones). Esas limitaciones se irán salvando, dejando atrás los miedos, la soledad y el dolor, y descubriendo que la vida, aunque no es sencilla, hay que vivirla sin medias tintas.
En Alegría destaca la presencia de Cecilia Suárez, a la que muchos os sonarán por su papel en La casa de las flores de Netflix, y aquí da vida con soltura (y un acento increíble) a una mujer que se ha querido alejar de todo, pero que a lo largo de la película irá descubriendo que esconderse no es la solución, y que sentir es maravillosa, aunque a veces duela. Junto a la actriz mexicana, encontramos en el reparto a Laia Manzanares (Merlí, Estoy Vivo), Sarah Perles (El Cid, Sofía), Mara Guil (Caronte) y a Leonardo Sbaraglia.
En resumen
Alegría (el título de la película y de la protagonista) aunque nos adentrará en los preparativos de una boda judía-sefardí, no es una película sobre religión. Así que tranquilos, la película de Violeta Salama no pretende ser una cosa que no es. Aunque si es cierto, que a través de los preparativos de la boda se nos recordará que todas las tradiciones tienen más en común de lo que parece a simple vista. Porque a veces tendemos a olvidar que las tres grandes religiones convivieron en nuestro país durante siglos, y forman parte de nuestra historia en común, aunque al hombre se le olvide y a lo largo de la historia haya hecho florecer el odio en lugar de la concordia.
La película no es ajena tampoco, y así lo transmite en sus primeros compases, a la tensión y la desconfianza entre judíos y musulmanes, incluso con la mención de un atentado, pero la narración no busca la confrontación sino el entendimiento, generando una corriente positiva que ira creciendo hasta el final. Con un tono intimista y optimista a partes iguales, Alegría es de esas películas que una vez se enciendan las luces de la sala de cine te reconciliarán con el ser humano, y harán que te sientas mejor contigo mismo.