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«El Castillo»: Empresarios de la noche

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Si quisieras hacer una serie sobre la historia de la prostitución en España, que es de lo que trata «El Castillo», la última serie de producción propia de Movistar Plus, tendrías que hacerla fea y sórdida. Tendrías que ponerte en la piel de una de esas chicas colombianas que, huyendo de la pobreza, llegaron a una España en la que esta actividad delictiva no solo no estaba mal vista, sino que se había integrado perfectamente en nuestra geografía a través de esos neones con el nombre de Club, al igual que hoy las tiendas que regentan ciudadanos de origen chino tienen un cartel de frutos secos.

Cuando empieza una serie como esta, y el color pierde su intensidad, y no hay música, y todo es rancio y caduco, el primer impulso es de rechazo, de querer verte otra cosa. Lo malo de crear obras de prestigio, obras con rigor, fieles a la historia que te quieren contar, de hacer las cosas con un mínimo de autoría, es que puede salirte algo poco atrayente, algo tan desagradable que no te apetezca verlo.

Y si algo tiene la creadora de esta serie, Isabel Peña, es prestigio, coherencia y autoría (El Reino, As Bestas, Antidisturbios).

¿De qué otra manera se podía contar esta historia? Las mafias, la trata de personas, la desesperación de quienes llegan de otros países buscando un futuro mejor y terminan atrapadas en una deuda que nunca acaban de pagar, los clubes de carretera, los clientes, los chulos de toda la vida, ahora autodenominados “empresarios de la noche”. La palabra importa. Porque llamarse empresario es también una manera de presentarse ante el mundo, de reclamar un lugar respetable, de convertir lo que uno hace en una actividad económica como cualquier otra.

Todo pide a gritos esa sordidez, esa fealdad que muestra la serie.

Ese lenguaje indirecto del “empresario”, con su “usted ha venido para ayudar a su familia, claro que si”, de una sutileza que te desarma por puro cinismo, no podía dar como resultado una serie bonita. Tampoco podía tener el gancho de la violencia, porque aquí la violencia está soterrada. Ni el del sexo, que no es explícito a pesar del tema que trata. Tampoco el de las grandes investigaciones policiales. Todo son conversaciones entre policías, declaraciones, procedimientos, problemas con unos jueces insensibles a la trata de personas, a los que sólo les preocupa si las puertas del local están abiertas o no, como demostración de que no están allí retenidas, que son libres.

Cuando para la chica colombiana protagonista (una magnífica Valentina Vidal) llega la hora de subir a la habitación con su primer cliente, la cámara no se fija en ella, no nos muestra como se quita la ropa, o se coloca en la cama; se fija en el cliente. Sigue su mirada lasciva, su falta de remordimientos, su deseo, su reafirmación. Y comienza con un buen cliente, uno amable, porque los que llevan tiempo dirigiendo este tipo de negocios saben como tratar a las chicas que empiezan. Saben que lo mejor es sonsacarles cosas de la vida en su país, como el nombre de su hijo, para después mencionarlo cuando toca recordarle cuál es su trabajo, por qué está aquí, por qué ha venido y a qué ha venido.

Y la serie continúa por esa senda de calidad, de autenticidad. Si esta era la historia que había que contar, tenía que contarse así. ¿No te gusta? Cambia de historia. Si lo haces, te perderás una de las mejores interpretaciones del año: la de Raúl Arévalo.

Su personaje no es un genio del crimen. No necesita serlo. Es otro “empresario” que trata de usted a las chicas, que habla con educación, que procura dejar las cosas claras. Un tipo serio, de esos que parecen preocuparse por sus empleados y por sus clientes. Hablando con un socio de sus rivales, los proxenetas rumanos, le dice “¿Tú tienes menores? ¿Tú rajas a tus empleados? ¿Tú eres un empresario serio o qué?” El negocio es el negocio, y él está ahí para gestionarlo.

«El castillo» es una producción de Movistar Plus basada en el libro de no ficción ‘El Proxeneta’, de Mabel Lozano

Arévalo es “el suizo”, el listo, el poco efusivo, el que dice «usted no me va a empezar a dar problemas ahora» cuando las chicas amenazan con irse. No necesita mostrarse como un depredador, le basta con ese aire paternal, con ese falso formalismo que convierte la explotación en una transacción legítima. Yo pago por un servicio, usted presta un servicio. ¿Dónde está el problema? Seguro que, si le preguntaran, diría que lo que hace es un bien a la sociedad. Y se sacaría algún argumento sobre la legitimidad de su negocio. No le costaría demasiado. Para ello los proxenetas crean hasta una imagen de marca, con su logotipo, y una asociación (que sigue hoy en día).

La mano maestra está no solo en la puesta en escena, sino fundamentalmente en la escritura de Isabel Peña. Los diálogos recuerdan a El Reino, a esa manera de hacer que las palabras parezcan dichas sin importancia, sin énfasis, mientras debajo de ellas se acumula una carga dramática devastadora. No hay música que te avise de lo que debes sentir, la única música que suena es la de los locales. Los personajes hablan con naturalidad, como si lo que estuvieran contando no tuviera nada de extraordinario. Y quizá esa sea la clave: para ellos, efectivamente, no lo tiene.

También hay algo de Crematorio en esta historia. En esa manera de mostrar cómo se construyen los imperios, cómo el dinero y el poder levantan sus propias reglas y cómo quienes participan en el negocio encuentran la forma de convivir con ellas. Otro imperio construido sin esperanza. No hacen falta grandes discursos ni personajes que se sean malvados. Basta con que cada uno ocupe su lugar y haga lo que tiene que hacer.

Hay algo de esa misma normalidad en El Castillo. El olor está ahí. Todo el mundo lo conoce. Todo el mundo sabe de qué va el asunto. Pero una cosa es entrar en uno de esos lugares y otra preguntarse qué significa que existan, quiénes los sostienen y qué vidas quedan atrapadas en ellos. El problema no es que nadie sepa nada. El problema es que saberlo no parece obligar a nadie a hacer demasiado.

La prostitución es prostitución, la explotación sexual es otra cosa, y entre una definición y otra cabe un mundo. “Usted dice explotación sexual, yo digo señoras que prefieren prostituirse a limpiar escaleras”. Lo dice un juez, podría decirlo casi cualquiera en esa época, ante la sorpresa del personaje de Laia Marull, cuya resignada mirada planea por toda la serie. La frase resume una manera de entender el negocio y, sobre todo, de defenderlo. Basta con cambiar las palabras para que la explotación se convierta en una decisión individual y el explotador desaparezca de la ecuación.

Las situaciones, puestas así, con los ojos y la sensibilidad de hoy, se desnudan. Se muestran con una crudeza que desarma. No porque la serie descubra algo que desconocíamos, sino porque nos obliga a mirar de otra manera aquello que llevábamos demasiado tiempo aceptando como parte del paisaje.

Y quizá por eso cuesta tanto verla. Porque El Castillo no te ofrece la comodidad de una gran investigación policial, ni la satisfacción de descubrir a un culpable, ni siquiera la certeza de que, una vez terminado el episodio, las cosas estarán un poco mejor. Te deja en ese lugar incómodo en el que las personas hacen su trabajo, los negocios siguen funcionando y la vida continúa al otro lado de los neones.

Porque el negocio sigue abierto.

En No habrá paz para los malvados, la jueza Chacón llega a uno de esos clubs de las afueras de Madrid en el que se ha cometido un doble homicidio. Le pregunta a uno de los inspectores por el olor del local. Él responde: “Estos sitios huelen así”.

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Carlos Muñiz Vidal
Carlos Muñiz Vidal
Intento huir de las películas y las series, pero ellas me persiguen. Desde mis estudios de audiovisuales a mi trayectoria profesional en canales temáticos, puede que sea yo el que las persiga a ellas. Fascinado por las historias desde siempre, sean éstas a través del cine, la literatura, el teatro o la televisión, en esta época de plataformas intento buscar esa fascinación oculta en el algoritmo que nos impide descubrirlas.

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