Luces, multicámara y brilli-brilli. En esta cinta, el espectador no sabe si coge asiento para ver dos horas de experiencia religiosa o un viaje al backstage de la gira mundial de una celebrity del pop. Así transcurren los primeros minutos que nos trae David Lowery para hablarnos de las luces (muchísimas) y las sombras (un buen puñado de tamaño elefante) de la una vez más cantante ficcional Anne, que ya nos ha demostrado en muchas ocasiones que, si ella tiene que ponerse en la piel de una madre, vender todo su cuerpo y raparse el melenón para ganarse unas monedas, ella estará allí, llorosa y descompuesta, para darlo todo.
La cinta tiene un ritmo irregular que desconcierta. ¿Era necesario tener un diálogo con la actriz coprotagonista, Michaela Coel, de más de 20 minutos mientras revisan los puñales que se lanzaron? Yo digo sí.
Los personajes buscan la palabra perfecta para describir estados y/o emociones, para dar identidad a lo que sienten o al estado en que se encuentran. La conversación íntima y el diálogo británico-americano se palpan y se cortan (algunos dirían que hay una tensión psicosexual no resuelta; otros dirían que la amistad que se rompe por probar otras cosas deja una huella indeleble). ¿Cuántas veces tienes que disculparte por los errores del pasado para que sea honesto? Os invito a contarlo.
Confieso que es fácil meterse en la historia de éxitos de una diva del pop (porque se llama Mother Mary, pero en mi cabeza solo veía el híbrido Lady Madonna; igual uno ha consumido mucho pop y ahora tiene la cabeza trastocada). Pero la cuestión es que ver a la protagonista lucir piernas kilométricas, que ni sacadas de los diseños de Naoko Takeuchi (autora de Sailor Moon), y unos vestidos que harán las delicias de los fans del glam y la alta costura (guardaré en secreto las referencias que mencionan en la cinta para los que no quieran el spoiler) tiene su aquel.
La protagonista necesita reinventarse y sentir la claridad que ha perdido en esta última etapa. Que, oye, una buena corona/halo de virgen te da un extra de diva (porque ya sabemos el dicho: «Una diva nunca se priva»).
Y ojo, todo podría quedar en un asuntillo que hablar entre amigas, pero, sin comerlo ni beberlo, se encuentran de lleno abriendo puertas que no toca y, claro, las cabezas ya no rigen como toca y hay que ponerse a arreglar el malestar interno haciendo rituales que no se esperaba nadie (a buen entendedor verá la referencia «más allá»).
Como mínimo, entretenida, con una fotografía que quita el hipo, una Anne Hathaway que parece vivir últimamente probando todos los palos, poniéndose todos los trajes de pasarela en el menor tiempo posible y una historia que nos da la satisfacción de pensar que los ricos también lloran.
¿Será este año el más prolífico de Anne Hathaway? Yo digo que, como mínimo, de los más variados, porque aún quedan unos cuantos proyectos por ver.