Hay películas que empiezan queriendo contarte una historia y otras que directamente se presentan con tres, varias décadas de diferencia, una Guerra Civil de por medio y la intención de que tú te sientes tranquilamente en la butaca y confíes en que en algún momento todo aquello va a tener sentido. «La Bola Negra» pertenece claramente al segundo grupo.
Los Javis, Javier Calvo y Javier Ambrossi, construyen tres vidas atravesadas por la homosexualidad, el deseo, la familia, la guerra y por esa sensación tan incómoda de que uno puede cambiar de época, de ropa y hasta de aplicaciones para ligar, pero hay determinados miedos que encuentran siempre la manera de colarse por algún sitio.
Y en medio de todo esto aparece Sebastián, interpretado por un sorprendente y sensible Guitarricadelafuente, que directamente se come la cámara. Hay algo en su fragilidad, en cómo observa y en cómo parece estar continuamente intentando ocupar el menor espacio posible que hace que uno entienda al personaje casi antes de que él mismo tenga que explicarse. Es curioso que alguien que ya tiene una identidad tan marcada encima de un escenario consiga hacer desaparecer al cantante hasta dejar solamente al personaje delante de nosotros.
La película hace un dibujo de la homosexualidad que, por un lado, deja bastante claro cuánto hemos mejorado en visibilidad y libertad y, por otro, te planta delante algo mucho menos cómodo: el terror a la exposición continúa existiendo hoy y la soledad dentro del colectivo puede ser absolutamente brutal incluso en una época en la que puedes abrir una aplicación y tener aparentemente a medio mundo a unos metros de distancia.

Porque estar visible no significa necesariamente sentirse acompañado.
Y La Bola Negra vuelve una y otra vez a esa idea de ser señalado por algo que pertenece exclusivamente a tu intimidad. La mofa de ser homosexual. No ser suficientemente hombre. Estar incompleto. No estar a la altura. El amaneramiento convertido en motivo para señalarte y la ocultación como método de supervivencia para poder pasar desapercibido y vivir en sociedad.
Que algo meramente personal llegue incluso a ponerse en tela de juicio mediante una votación por deshonra dice bastante de lo absurdo y de lo monstruoso del mecanismo. Tu vida convertida en asunto público y los demás decidiendo si eres suficientemente digno para continuar formando parte de algo.
Y entonces está la guerra.
Aquí tampoco se intenta vestir demasiado la atrocidad. Hay sangre, muerte y cadáveres transportados en carretillas. La Guerra Civil aparece como lo que fue: un lugar en el que la muerte deja rápidamente de ser excepcional porque termina formando parte del paisaje.
La paleta de color acompaña perfectamente esa sensación. Es fría como la guerra y creo que necesita serlo para retratar lo que está ocurriendo. Pero cuando los personajes bajan las defensas, cuando aparece la intimidad y empiezan a revelar su fragilidad, la película encuentra otro color. No necesariamente porque cambie todo lo que vemos, sino porque cambia nuestra manera de mirar a quienes tenemos delante.

Y aquí entra una de las cosas que más disfruté de toda la película: la música.
La banda sonora es increíble y para mí es un aspecto vital de La Bola Negra. Pocas veces he salido tan contento de una película por una selección de piezas tan bien escogidas y, sobre todo, tan bien colocadas. Que además uno de sus protagonistas sea intérprete de canciones de la propia película le da todavía otra dimensión. No parece que la música acompañe simplemente a la historia; forma parte de ella.
Y claro, si tenemos música también podemos tener a Penélope Cruz apareciendo como una belleza salida directamente de los años 30 para entretener a los soldados.
¿Era necesario un número musical con tono castizo, aire chulesco y un Madrid casi chulapo entrando por la puerta? Yo digo sí. Porque precisamente necesita ese punto de carácter para funcionar y Penélope Cruz lo clava. No intenta hacer que el número parezca contemporáneo ni suavizarlo para el espectador actual. Se mete en ese registro y lo lleva hasta el final.

Algo parecido ocurre con Lola Dueñas, aunque desde un lugar completamente distinto. La película juega mucho con la familia y con cómo cambia el trato según la época, pero también deja claro que no todo depende exclusivamente del año en el que hayas tenido la desgracia o la suerte de nacer. Hay personas capaces de comprender y otras que probablemente no lo harían aunque les dieras cien años más de evolución social.
Y Lola Dueñas aparece una vez más para hacer una de esas cosas que empieza a parecer peligrosamente normal en ella: meterse en un personaje hasta que dejas de estar viendo a Lola Dueñas. No hay gesto para llamar la atención sobre la actriz ni esa sensación de “mira qué interpretación”. Está el personaje. Y punto. Parece fácil cuando lo hace ella y evidentemente no debe serlo en absoluto.
Pero hay algo que para mí está por encima de casi todo lo demás que pueda decir de La Bola Negra. La película me rompió. Y no lo digo como esa expresión que utilizamos alegremente cada vez que una película nos emociona un poco. Me pasé una parte importante intentando aguantar las lágrimas y, aproximadamente a partir de la mitad, ya llorando desconsolado porque no podía soportar el dolor de ver a personajes que sabes que probablemente no van a poder escapar de su destino mientras ellos continúan soñando con que quizá sí.
Hay algo especialmente doloroso en observar a alguien mantener la esperanza cuando tú, como espectador, empiezas a entender que aquello se está convirtiendo en una visión catastrófica de la que probablemente no va a haber escapatoria.

Y creo que aquí la película puede tener una lectura mucho más fina y mucho más oscura para el colectivo LGTB. Porque no solamente estás viendo lo que les ocurre a unos personajes. Estás viendo mecanismos que reconoces.
La necesidad de medir cómo hablas, cómo te comportas, cuánto enseñas de ti mismo, cuándo puedes decir algo y cuándo quizá es mejor callarte. Evidentemente no vivimos en la España que retratan determinadas partes de la película y sería absurdo fingir que nada ha cambiado. Ha cambiado muchísimo.
Pero algunas heridas reconocen perfectamente a sus familiares. Y en mi propia piel como homosexual, La Bola Negra me dejó muy herido.
Quizá porque detrás de toda la distancia histórica, de la Guerra Civil, de los uniformes, de las canciones y de los cambios de época queda algo bastante sencillo y bastante terrible: personas intentando que las quieran siendo exactamente quienes son.
Y entonces llega esa última frase que lo deja todo suspendido: «El corazón de un maricón es un océano lleno de secretos».


Un fresco de la España negra en la q asesinaron a mi abuelo y dejaron huérfana a mi madre antes de nacer. Dolor q se prolonga durante generaciones. Me dejó bastante afectado el primer tercio de la película. Esa España miserable de Los Santos inocentes, La casa de Bernarda Alba, Luces de Bohemia q sigue entre nosotros bajo otra fachada, entre Macs, patinetes eléctricos,… q nunca se ha ido.
Penelope Cruz nunca había lucido como lo hace interpretando Nene. La cabaretera con una máscara para sobrevivir. Sonríe para fuera, devastada por dentro.
Una buena película.
PAT no creo que le guste mucho esta pelicula el es mas de Torrente y mandar a las mujeres a la cocina con el ojo morado
Otra pelicula sobre la guerra civil donde unos son muy malos y los otros no muy buenos, y ya antes de verla se sabe quien es quien, nada nuevo en las peliculas de este tipo.
Haz tú una peli como de las que te gustan pero en Alemania. A ver si consigues que sea legal, pat.
Es que si no, no cobran subvención del amado líder.
¿Lo dices por la peli en la que actuó Gallardón?
A La de Gallardón/Luis Herrero y a la del Campechano I, amiguete del amado lider de 82-96.