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«El testamento de Ann Lee»: la música como motor de revolución espiritual

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Miguel Arroyo Monge
Miguel Arroyo Monge
Realizador y productor audiovisual, creativo en constante exploración
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Las secuencias musicales de «El testamento de Ann Lee» (2025) están profundamente atravesadas por un misticismo desbordado. Mona Fastvold (The Brutalist, El mundo que viene) construye un musical inquietante y profundamente sensorial, donde sonido y música se convierten en los vehículos principales de la experiencia espiritual. Los cánticos y rituales se expanden escena tras escena, generando una atmósfera cada vez más perturbadora que envuelve al espectador en la intensidad casi hipnótica de las ceremonias.

Contexto histórico

La película se sitúa en el siglo XVIII, en el nacimiento del movimiento religioso de los Shakers, surgido en Inglaterra antes de consolidarse en Nueva Inglaterra, en los actuales Estados Unidos. El filme explora cómo este movimiento —a medio camino entre comunidad espiritual y secta— nace de la represión del deseo carnal, pero también de la fe, el dolor y la culpa. La espiritualidad de los Shakers aparece como una forma de canalizar esas tensiones a través del cuerpo.

La nueva Mesías

En el centro del relato aparece Amanda Seyfried dando vida a Ann Lee, figura clave en el origen del movimiento de los Shakers. La actriz, conocida por trabajos como Mamma Mia! (2008) o Les Misérables (2012), se aleja de registros más ligeros para construir un personaje dominado por la intensidad espiritual y el peso del sufrimiento. La película recorre algunos de los episodios que marcaron su vida —la pérdida de sus hijos, la persecución social o su reclusión— para componer el retrato de una mujer cuya fe se fortalece precisamente en medio de la adversidad.

© 2025 Searchlight Pictures All Rights Reserved.

Más allá de ser una líder religiosa, Ann Lee es presentada como la Jesús femenina destinada a aparecer, completando así la dualidad de lo sagrado. Como se dice en la película, “Dios es hombre y mujer a la vez”, y Ann representa la aparición de la divinidad femenina que estaba destinada a surgir para guiar y transformar a sus seguidores.

Los rituales de la comunidad funcionan como el corazón físico de la película. A través de cánticos repetitivos y movimientos colectivos que rozan el trance, los creyentes buscan purificar sus pecados y desprenderse del deseo terrenal, abrazando el celibato como forma de redención. En ese contexto emerge el conflicto con su marido Abraham, interpretado por Christopher Abbott, cuya presencia introduce una tensión constante entre espiritualidad y deseo. Su personaje encarna la resistencia a esa renuncia absoluta del cuerpo, transformando el matrimonio en un espacio de fricción donde fe, pasión y resentimiento chocan de manera inevitable.

Detrás de cámaras

Esta película fue rodada en 70 mm y concebida para su proyección en formato analógico. Esa textura visual, ligeramente áspera y muy física, puede resultar desconcertante en los primeros compases, pero termina encajando con el universo espiritual que propone la película.

Fastvold enfatiza la dimensión corporal mediante coreografías cuidadosamente construidas: los planos de los rituales suelen ser circulares, insistiendo en movimientos de redención que evocan un orden cósmico, como si el cuerpo humano girara dentro de un mundo igualmente circular y el movimiento de los creyentes sostuviera el planeta bajo la mirada de Dios. Esa misma atención al cuerpo se extiende a la maternidad de Ann —partos, lactancia y su vulnerabilidad física—, filmada con una crudeza casi observacional poco habitual en el cine histórico. En contraste, los rituales de los Shakers irradian una energía completamente distinta: el montaje, la música y el movimiento colectivo transforman las ceremonias en auténticos estallidos coreográficos, donde la espiritualidad se manifiesta a través del ritmo y el trance.

En conclusión

El resultado es una obra que no intenta acomodarse al espectador. Fastvold apuesta por un biopic que rehúye la narrativa convencional y se acerca más a la experiencia sensorial que al relato biográfico tradicional. No es una película diseñada para agradar a todo el mundo, pero sí una propuesta de gran personalidad cinematográfica: intensa, incómoda y profundamente singular.

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