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«La isla de la Belladona»: Todo tiene un principio y un final

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Fernando L. Simó
Fernando L. Simó
Miembro fundador de mundoplus.tv, seriefilo, cinefilo, devorador de libros y en pleno redescubrimiento de los cómics. Amante de la cultura (pop) y de la Historia, y ministérico de corazón.
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Aprovecha el momento. Vive el ahora. No mires más allá del hoy. Son algunas frases que te repites como un mantra cuando llegas a cierta edad, mientras miras hacia atrás y piensas que el pasado no puede corregirse. Desde el pasado 16 de enero se puede ver en cines «La isla de la Belladona», una de esas películas que plantea cuestiones difíciles sobre la fragilidad del ser humano, la dependencia y el deseo de seguir siendo dueños de nuestra propia vida. Dirigida por Alanté Kavaïté, estamos ante uno de esos filmes alejados del ruido mediático, pero que invitan a reflexionar y que te remueven por dentro.

La película se presenta envuelta en una premisa tan sugerente como inquietante, que ofrece la oportunidad de abrir debates incómodos y necesarios. Sobre todo, en un momento como en el que nos encontramos, en el que se alzan voces en contra de los pensionistas y sus méritos contraídos. Cuando se olvida el pasado y se justifica la sinrazón en favor de quienes tiene un altavoz más potente que los que se encuentran indefensos, la sociedad se derrumba en favor de quienes solo vomitan rencor. Por eso, películas como La isla de la Belladona son importantes para recordarnos que un simple gesto, una palabra amable, una sonrisa, una mano en el hombro, son importantes para mantener la llama de quienes nos antecedieron en este mundo.

Aquí, la historia nos traslada hasta un futuro cercano, a una isla aislada, un mundo, donde conoceremos a un grupo de personas mayores apartadas de la sociedad. Un punto de partida sugerente, que plantea una interesante reflexión social, de plena actualidad. Todo envuelto en halo de misterio y una atmósfera perturbadora, que potencia la sensación de irrealidad que planea a lo largo de la película.

Alanté Kavaïté (Fissures, Summer), escribe y dirige La isla de la Belladona, una película que nos lleva a ese futuro en el que los ancianos deben estar recluidos en centros especiales. Obligados al olvido, sin otra esperanza que sobrevivir un día más. Sin embargo, la película nos presenta a Gaëlle (Nadia Tereszkiewicz), una mujer de 30 años que se dedica en cuerpo y alma al cuidado de ocho ancianos confinados en esa isla, un espacio cerrado, fuera del tiempo. Cada uno de ellos abocados a una rutina mecánica, absorbente y asfixiante, que les permite sobrevivir sin transitar el camino de la degradación. Pero ¿es esto suficiente? ¿La vida se acaba llegado un punto y solo queda mirar al vacío esperando lo inevitable?

Alanté Kavaïté escribe y dirige está película sobre la soledad, la comunidad y la vida

La película de Kavaïté nos plantea preguntas que no queremos hacernos, y lo hace proponiendo un drama con aroma de fábula inquietante, ambientado en esta isla aislada donde Gaelle cuida de estos ancianos. Ella misma, centrada en su bienestar físico, también ha olvidado vivir, convirtiéndose en una mera cuidadora. Todo cambiará con la llegada de un velero, cuyos ocupantes irrumpirán como un soplo de vida que devuelve la alegría a la isla… hasta que empiezan las muertes.

La isla de la Belladona parte de un punto de partida que sugiere una historia intimista sobre la vejez y la rutina, que va evolucionando hacia un relato que se mueve entre el thriller y la fábula aleccionadora. Kavaïté insiste en un tema que atraviesa toda la película: la infantilización de las personas mayores. La directora plantea una mirada incómoda pero necesaria sobre cómo la sociedad —y también quienes cuidan— tienden a despojar a los ancianos de su condición de adultos. Como ella misma señala, “seguimos teniendo esta tendencia natural a infantilizar a las personas mayores, a despojarlas de su condición de adultas”, una reflexión más cercana de lo que me gustaría reconocer.

En resumen

La isla de la Belladona es de esas películas que más que ofrecer respuestas, plantean preguntas incomodas. ¿Hasta qué punto cuidar implica decidir por el otro? ¿Dónde está la línea entre protección y control? ¿Quién tiene derecho a decidir cómo vivir —y cómo morir— cuando el cuerpo ya no responde como antes? Kavaïté no juzga, pero nos permite observar, haciendo que estas preguntas resuenen en nuestra mente. Porque casi sin pretenderlo, estamos ante una de esas películas que seguramente no van a copar los titulares de prensa, pero que cuentan con una historia que te llega al corazón.

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