Todo a nuestro alrededor emana vida. Vivimos en la era de las redes sociales, de la hiperconexión, donde la historia más inverosímil y nimia pasa a ser el acontecimiento del siglo si los likes la respaldan. Cada post es una celebración exacerbada de la vida, dando a entender que vivimos en una fiesta sin fin donde todo hay que difundirlo. Por otro lado, la muerte es inconcebible. Es el gran temor invisible de un mundo que vive para vivir.
La vida de Chuck retrata la vida en retrospectiva de Charles «Chuck» Krantz, un contable mundano sin una gran historia a sus espaldas. Tan simple como esto es el argumento de la nueva película de Mike Flanagan, responsable de obras como Misa de medianoche, Doctor sueño o La maldición de Hill House.
A través de tres actos en orden inverso, La vida de Chuck retrata los episodios que forman a un hombre en nuestro mundo. La trascendencia de su existencia no es extrapolable a nada más que sí mismo, por lo que la película no pretende nada más que retratar todo aquello que construye una identidad. Su sensibilidad para plasmar el desarrollo vital de un adolescente recuerda a una de las grandes obras del Spielberg reciente: Los Fabelman. La pasión, el deber, la influencia, el amor, el miedo a sí mismo, el horror ante lo desconocido… sentimientos abstractos que dan forma a la mirada de un personaje que enternece por su intrascendencia.
Durante La vida de Chuck nos sentimos como su protagonista porque somos como él: pequeños e insignificantes en comparación del universo. El vértigo que provoca ese sentimiento tan solo puede ser acallado si le damos la vuelta a la tortilla. Sí, el universo que nos rodea es inmenso e inabarcable, pero nuestro universo interior no es más finito. Lejos de comprar la vitalidad desbordada del presente, La vida de Chuck nos recuerda que vivimos para morir. Esta fábula humana, emotiva y crudamente real es una de las mejores películas de 2025 y un retrato fidedigno de la vida en su estado más puro.