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«Anzu, gato fantasma»: Miyazaki es inalcanzable

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Gerard Garrido Duch
Gerard Garrido Duch
Divulgador científico y cultural, además de apasionado del cine y de la crítica. Soy un barcelonés devorador de películas, estudioso de los Oscar y devoto de Billy Wilder y Scorsese. Capaz de desviar cualquier conversación hacia el cine, también encuentro refugio en el fútbol, la música y la gastronomía.
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El impacto que ha tenido, durante décadas, Hayao Miyazaki en el cine de animación es comparable al de muy pocos autores. Su universo de aviones, naturaleza y criaturas fantásticas es, para mucha gente, su primer contacto con el mundo del anime. No es de extrañar, pues, que muchos cineastas vean en la obra de Miyazaki una inspiración para crear mundos, personajes y, en definitiva, películas.

Así pues, cualquier espectador reconocerá elementos del estudio Ghibli ya en los primeros minutos de Anzu, gato fantasma (Yôko Kuno, Nobuhiro Yamashita). La película sigue a Karin (Noa Gotô), una niña que se ve obligada a pasar unos días con su abuelo en un templo mientras su padre resuelve los problemas con sus acreedores. Durante sus tardes de aburrimiento conoce a Anzu (Mirai Moriyama), el gato fantasma e inmortal que vive en el templo. Si la referencia del cine de Ghibli es evidente, Anzu poco tiene que ver con Totoro; pues para nada es un afable ser fantástico que sirve de apoyo emocional y guía espiritual de la joven protagonista. Anzu es mucho más irónico; una especie de Doraemon sin bolsillo ni gorrocóptero, que convive con su entorno como un ciudadano más. Este ser que da nombre al film es el elemento más carismático del mismo, ya que combina de forma entrañable el mundo animal y el humano; es decir, que igual está lamiéndose en la puerta del templo como gastándose su sueldo de masajista a domicilio en el Pachinko.

La película – que desfiló por las alfombras rojas de Cannes, Annecy y Sitges – está plagada de ideas, pero le resulta difícil entrelazarlas de forma fluida. Entre las peripecias que tienen lugar en poco más de noventa minutos tenemos a unos espíritus del bosque tan herederos de El viaje de Chihiro (Hayao Miyazaki, 2001) como de Más allá del jardín (Nate Cash, 2014); dos chicos, embelesados por la presencia de Karin, que quieren montar una banda callejera; un dios de la pobreza en forma de anciano en taparrabos que acosa a las almas miserables o la entrada al mismísimo infierno a través de la taza de un váter público de Tokyo. Todos estos conceptos llegan a funcionar por separado, pero son como las piezas de un puzzle encajadas a la fuerza, a falta de un buen diseñador de rompecabezas. Sus principales carencias son de ritmo y tono, pues se construye a través de viñetas irregulares que quizá habrían funcionado mejor como miniserie, dando más espacio para profundizar en cada episodio, en lugar de acelerar los acontecimientos para encajarlo todo en un largometraje.

Lo mejor de la película es el diseño de los personajes, pues permite explotar el potencial de imaginación e inventiva de sus autores. La animación es en general excepcional y muestra una gran atención a los escenarios sin olvidar la expresividad facial y corporal que caracteriza a la ficción animada japonesa.

Anzu, gato fantasma es una experiencia imperdible para los aficionados al anime y a un cine familiar menos paternalista, pero la herencia del estudio Ghibli puede pesar demasiado en algunos momentos. Si algo demuestra la inspiración evidente en Miyazaki es que la alquimia narrativa y visual del estudio de Mi vecino Totoro (1988) y El castillo ambulante (2004) es imposible de reproducir. En cualquier caso, es una película de aventuras fantásticas bastante estimulante con pequeñas dosis de humor y emotividad que la convierten en un visionado simpático y muy disfrutable.

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