Léa Mysius ya tenía una más que solvente carrera como guionista en el país vecino demostrando, en películas como «París distrito 13» (la cual os recomiendo mucho ver), que se le da francamente bien explorar los sentimientos y la psicología de sus personajes (aquí compartía escritura con la brillantísima Celine Sciamma, directora y guionista que me gusta siempre reivindicar). Y no fue hasta hace cinco años donde se lanzó a dirigir y lo hizo con la más que solvente «Ava». Una cinta que hablaba de la adolescencia y la enfermedad temprana y donde se atisbaban ya muchísimos buenos recursos a nivel visual y de pulso narrativo.
El pasado 21 de octubre llegó a nuestras pantallas su nuevo largometraje, titulado Los cinco diablos en el que demuestra que su aparición en el cine francés no es flor de un día, sino que la realizadora francesa ha llegado para quedarse.
Los cinco diablos narra la historia de una niña, extraña y bastante solitaria, con problemas en el colegio que tiene una habilidad muy particular. Mediante los aromas de otras personas es capaz de transportarse a los recuerdos vitales de esas mismas personas. Un poco al estilo del recurso de las fotografías en El efecto mariposa pero sin entrar tantísimo en las intrincadas tramas espacio-temporales que sucedían en la película americana. Ya que a la directora francesa no le interesan tanto los juegos temporales como le interesan sus personajes.
Y es que, aunque abrazada muy fuertemente al fantástico, creo que esta película está mucho más interesada en hablarnos de las personas trazando muy bonitas metáforas sobre la vida y cómo la vivimos. Y, además, el guion es certero y demuestra que quiere hablarnos del pasado y de cómo interactuamos con él y de cómo lo gestionamos en el presente cuando ese pasado vuelve a nosotros. Ya sea en forma de recuerdos o de una persona que hace mucho que salió de nuestra vida y ahora vuelve a introducirse en la misma.
Los cinco diablos es una película con una brillante puesta en escena -otro punto positivo para la realizadora francófona- y que juega desde su plano de apertura (que es el mismo que el del poster promocional de la película) con el suspense y el melodrama de una historia preciosa y triste, a partes iguales. De amor y pérdida. De dolor y felicidad. Y es que, si algo hace francamente bien esta cinta es transportarte a ese pequeño pueblo y convivir con sus habitantes.
Además, la película cuenta con una Adèle Exarchopoulos (La vida de Adele) que está absolutamente fantástica en el papel de la madre de la pequeña Vicky y que sostiene buena parte de la trama dramática de la película.
Creo, sinceramente, que estamos ante una película que es mejor por lo que calla que por lo que expresa. Que juega con el espectador a que se introduzca en esa pequeña matrioshka de historias entrelazadas de la que iremos obteniendo las piezas poco a poco. Llegando a un precioso final que creo que cierra a la perfección todo lo que se ha ido abriendo antes.
En resumen
Quizá no sea una película excesivamente común de esas que llenan las salas a porrillo. Y puede que esto aleje a algunos espectadores de ella que no quieran abrazar el fantástico que esta película te «obliga» a abrazar.
Pero, al mismo tiempo, pienso que si algo hace bien el cine es transportarnos a otras realidades y jugar con esas realidades y la ficción en sí misma. Entrelazando ambas en una pequeña trenza que debemos ir desentrañando poco a poco.
A mí, particularmente, me parece una película muy especial. Sutil cuando debe, explicita cuando lo requiere y que te atrapa y enamora desde sus minutos iniciales. Muy recomendable que vayáis al cine a verla si tenéis la oportunidad de hacerlo.
